28/May/01
I
Torreón-México-Paris-Madrid.
Fue una bonita imagen subir al avión. Abordamos por la parte de
atrás y fuimos los únicos que lo hicimos así. Algo tétrico significaba, en el
fondo lo sabíamos, pero aún así subimos. Era muy temprano en el vuelo Torreón –
Distrito Federal. Una hora más tarde llegamos al aeropuerto de México con muy
buen tiempo, me di incluso algunos minutos para comprar un libro de Charles
Bukowski, autor que sólo puedo conseguir en la capital, pues mi ciudad es casi una
aldea remota. A mi regreso dentro de un mes seguramente conseguiré más. Estoy
muy interesado en leer toda su obra, pues descubrí al fin un escritor que me
habla directamente. Que entiende mi realidad.
El creativo de la aerolínea europea etiquetó mi maleta de la
siguiente forma: México-Paris-México-Madrid. De modo que la pobre de mi maleta,
tan inmaculada, inocente y pura, iba a cruzar el Atlántico en dos ocasiones en un
solo día. Afortunadamente me di cuenta, más por casualidad (estaba sin qué
hacer, sentado, a minutos de ingresar a la sala de espera, pensando, cuando me
le quedé viendo fijamente a la etiqueta y reaccioné con un fino ¡achirrión!) de
modo que logré resolverlo. El empleado se rió de su torpeza. Yo también reí,
cosa que me hizo sentir idiota, pues él merecía inslutos. Pero no comenzaríamos
con pleitos de ningún tipo tan pronto.
Viajo con mis primos. Manuel, Adrián y Andrés. Sólo Andrés tiene
nombre de apóstol. Me gustaría viajar con otros doce y que todos tuviéramos
nombres bíblicos, sería maravilloso, original, hasta místico, pero no, la vida
es muy injusta conmigo. Tienen nombres romanos y eso me molesta un poco. Ningún
Jesús que nos guíe. Me siento perdido. Yo soy Agapo. Agapo Buendía. Me llamo
Agapo Buendía y viajo por el mundo. Escribo lo que viajo y ésa es mi función en
la vida. Ésta es la cruz de todos ustedes, familiares míos, que se ven
obligados a leer estas humildes Cartas. Vamos a Europa. Vamos un mes. Vamos a
nueve paises en treinta días. Lo pienso y me mareo, no sé cómo lo lograremos.
Pero somos cuatro, tenemos alrededor de veinte años y ninguno conoce el Viejo
Continente. Nos envía la Abuela. Nos dijo: “Conozcan Europa, yo se los pago”.
Entonces brincamos de emoción y gritamos algo parecido a la palabra gol y luego
nos abrazamos. Eso fue hace tres meses. Yo renuncié a mi trabajo para poder
venir, pues no quisieron darme un mes de permiso, los muy méndigos. Era
comentarista de futbol en el Canal 9. Dos años ahí y de repente renuncié,
cuando las cosas iban tan bien. “Me voy a Europa” les dije. Fui en chanclas a
renunciar. En short. Fui con arrogancia. Llegué, avisé y me fui. Supera eso
Julio César. Ahora no tengo trabajo ni futuro, pero tengo una abuela que paga
viajes y eso por el momento parece funcionar.
Tras documentar bien las maletas, llegamos a la sala de espera y
compramos refrescos, para esperar la salida de nuestro avión. Manuel comentó
que entre nosotros había un ente, alguien que estaba, más no en materia, pero
su presencia era más que suficiente para tomarlo en cuenta. Que estaba ahí,
junto a nosotros, que simplemente estaba ahí. Yo volteé a todos lados, sin ver
nada. Pero le creí. A Manuel le creo todo, desde que somos niños, es mi primo
mayor y siempre le he creído todo. He viajado tanto con él, sobrevivido a
tantas cosas a su lado tan lejos de casa, que no puede más que tener razón.
En el monitor apareció que había un cambio en nuestro vuelo, de
modo que Manuel y yo fuimos a averiguar a qué hora sería nuestra nueva salida.
En el aeropuerto hay pasillos eléctricos y tú sólo te paras y te mueves solo.
Ahí íbamos.
Manuel dijo:
- Esta presencia también nos acompañará en el viaje, Agapo. Pero
debemos bautizarla, si no, podemos perderla, ¿cómo le llamaremos?
- Mmmh, ¡Efemérides!- contesté.
- Perfecto, Efemérides sea.
Así que ya éramos cinco: Mis primos Adrián, Andrés y Manuel; Efemérides
y yo.
Cuando por fin llegó la hora, tras esperar dos horas más de las
establecidas, nos formamos listos para entregar a la señorita nuestro boleto y
abordar. Íbamos a Europa.
-Su boleto, por favor, con pasaporte en mano- dijo en tono amable.
-Aquí tiene- contesté.
-¿Éste es usted? – preguntó observando curiosamente mis
documentos.
- Así es señorita, yo soy yo.
- Qué extraño que a usted le haya tocado ser usted.
- ¡En efecto! Toda mi vida lo he pensado. Lo mismo sucede a
Efemérides.- dije señalando a la nada.
- ¿Quién es Efemérides?- preguntó buscando en la nada.
- ¡Es éste!- señalé hacia mi lado derecho, vacío (aparentemente)
de presencia alguna.
- Lo siento- dijo- pero Efemérides no puede pasar.
- ¡Señorita! ¡Efemérides no necesita papeles! No necesita una
nación, ni un dios o alguna religión. No necesita siquiera un cuerpo para
existir- respondió Manuel, mientras los cuatro sosteníamos en el aire los
boletos en la mano, con cara de preocupación, en apoyo a nuestro nuevo amigo. De
pronto llegó una especie de gerente.
- Ya pasen, están deteniendo la fila- sentenció algo molesto.
Por fin subimos. Otra vez fuimos los últimos, aunque esta vez no
lo hicimos por atrás. No había subido a avión tan grande. Tres asientos en cada
lado y cuatro en medio. Además de una pantalla gigante cada diez filas
horizontales.
-Señores pasajeros- se escuchó la voz de la bella azafata- un
foquito no prende, el vuelo se demorará diez minutos.
Pasaron veinte minutos.
-Señores pasajeros, el foquito sigue sin prender, pero en quince
minutos nos vamos.
Pasaron veinte minutos más.
-Señores pasajeros, el foquito parece que nunca va a prender, pero
mejor ya vamonos.
Con una (otra) hora de retraso, finalmente despegamos. Eso significaba
que estaríamos perdiendo nuestro siguiente vuelo de París a Madrid. Ya lo
arreglaríamos después. Nos dieron audífonos para escuchar música o la película.
Pantuflas y antifaz. Coca cola, cerveza, vino, wiskey, vodka, de todo había y
de todo probamos aunque fuera un poco.
Muy pronto apareció la noche: el Océano Atlántico debajo de
nosotros y no había nada más qué hacer. Manuel y Andrés durmieron casi todo el vuelo.
Leí cuarenta páginas de mi libro nuevo, lo cerré cuando no pude más y volteé a
con Adrián: ojos abiertos, como los míos. Propuso ir a la cola del avión a
beber algo y a tratar de conciliar sueño. Me pareció buena idea y fuimos.
Bebimos dos cervezas cada uno hablando de lo que dejábamos atrás con la
decisión de este viaje, pues él también renunció a su trabajo para poder venir.
Regresamos a los asientos e intentamos dormir de nuevo. Nada. Adrián y yo
igual. Amaneció tan rápido como anocheció. Fue espectacular, era un arco iris
horizontal que dividía el cielo del mar: naranja, verde, azul, morado,
amarillo, era un artístico lienzo que la ventanilla nos regalaba a los
sonámbulos.
Aterrizamos en París. Antes de bajar del avión, Manuel y yo buscamos
desesperadamente a Efemérides, pero no le encontramos. Desconocemos si abordó
en México, si se quedó escondido dentro de la nave, si a mitad de vuelo decidió
saltar del avión y suicidarse en el trayecto al mar. Lo buscamos, gritamos su
nombre, ¡Efemérides, Efemérides! Pero nada, no estaba, desapareció. Nos había
abandonado. Concluímos que estaba en depresión y no pudo más. Adiós,
Efemérides, adiós.
De la nada, porque sí, cuando la gente descendía lentamente y
todos esperábamos en un difícil ejercicio de paciencia desalojar el avión,
Andrés gritó como desesperado, fuera de sí:
- ¡Efemérides no está y necesito salir de este avión! ¡Todos
estábamos equivocados!
Pero nadie contestó ni dijo nada. ¿Quién lo haría?
Salimos. Por fin. En efecto, nuestro avión a Madrid tenía décadas
de haber partido. Misma situación vivieron dos chavas españolas, que se
agregaron a la comitiva de huérfanos de transporte
-Os ha jodido el retraso, eh- dijo.
- ¡Hombre, hombre, jolines, vengá!, que sí- contesté.
Nos proporcionaron otro vuelo que saldría dentro de dos horas. Éste se demoró otras dos. ¿Qué pasaba? ¿Por
qué los dioses intentaban impedir nuestro destino? ¿Y Efemérides? Era lo que
más me preocupaba. Utilizamos el tiempo para platicar lo mismo, decir las
mismas bromas, leer sin ganas, ver aparadores ya vistos. No había nada mejor
qué hacer. O mejor dicho: no había nada qué hacer. Una noche sin dormir pesa y
las fuerzas en las piernas y la concentración comenzaban a traicionarme.
Finalmente llamaron del avión, pero todo era confuso y en francés, no sabíamos
a qué puerta dirigirnos. Adrián decidió consultar a una señorita encargada de
la aerolínea y ésta, antes de que mi primo terminara de formular la pregunta,
respondió:
- TE- LE VI- TION!
Señalando una televisión con los horarios y vuelos. Se acercó otra
persona y, lo mismo, sin dejarlo hablar:
-TE-LE-VI-TION!
No se podía hablar con ella. Cinco, seis, siete personas perdidas,
desesperadas, con boleto en mano. Siete respuestas iguales:
-TE-LE-VI-TION!
Pero ella no comprendía que nuestro caso era distinto porque
habíamos perdido el vuelo a Madrid por culpa de la aerolínea. Yo no podía
hablar porque me ganaba la risa al imaginar lo que me iba a contestar. Andrés
se acercó:
- Madame…
-TE-LE-VI-TION!
- Excuse moi!- quiso insistir, con razón.
- TE- LE-VI-TION !
Manuel, Adrían y yo nos retorcíamos de la risa. Andés sólo veía
angustiado el dedo de la francesa señalando al monitor, totalmente castrado por
la dureza de sus palabras. Obedeció, el muy obediente y se puso a realizar
cálculos. Tras largos minutos, descubrió nuestra salida:
- ¡Manuel, Agapo, ya se cuál es nuestra puerta!
- TE – LE – VI_ TIÓN! – respondió Manuel.
- ¡Adrián, vámonos, ya sé por dónde es!
- TE- LE- VI- TIÓN! – sólo contestó.
Pero bien que sí lo seguimos.
Decía que había que ir a la puerta F22, de modo que fuimos a la F22. Las
españolas seguían con nosotros tratando de entender nuestro humor y entender de
bien a bien quién era Efemérides. Pero tuve que interrumpir.
- Te ayudo con la maleta- dije a la española.
- ¡Gracias!, ¡me encantan los mexicanos!
- Casi todos son odiosos- respondí.
- Sí- contestó entusiasmada.
Subimos al tercer avión de nuestro viaje. Ella fue a su asiento y
yo al mío. Dormimos todos profundamente, por fin, las dos horas de vuelo.
Aterrizamos en Madrid y el descenso del avión fue muy rápido. Me dieron ganas
de vomitar. Nada malo del estómago, vomitar de nervios. Mi sueño era estar en
Europa y ahora ya estaba y yo quería vomitar. Comencé a buscar un baño como
desesperado.
- ¿A dónde vas, qué os pasa?- preguntó la española.
- A vomitar- dije- necesito vomitar.
Y era cierto, apenas entrando en un sanitario, vomité. Salí tiempo
después y la española ahí seguía, como preocupada, esperándome.
- ¿Estás bien?
- Sí, no te preocupes, vomito cuando conozco gente nueva, no lo
tomes a mal, no es por ti, eres muy bonita, y es por eso, me pongo nervioso y
vomito. Es algo que tengo controlado y que sé hacer muy bien. Tengo
experiencia. No ensucio nada, incluso mi boca apenas toca el vómito. Me sucede
cuando estoy tenso. A menudo estoy tenso. Pero es por conocer chicas, como tú,
eres muy bonita, me haces vomitar, ¿lo ves? Pero entonces es mejor hacerlo y
todo mejora. Respiro mejor, me siento alegre, incluso hago chistes y sonrío a
la gente.
La española no dijo nada. No sabía si estaba bromeando o era un
prófugo de algún psiquiátrico. Sólo se me quedó viendo entre asustada y empática.
- ¿Es tu nueva forma de ligar?- preguntó Adrián.
- Sí, Esta no puede fallar.
- Pues la española ya se va. No parece que quiera esperarnos.
- ¿Alguien ha sabido de Efemérides?- respondí en cambio, mientras
caminábamos a recoger nuestro equipaje.
Las maletas se perdieron. Las de todos. De nada sirvió tomar
precauciones trasatlánticas. Esperamos una hora y media más para obtener razón
de ellas. Finalmente las localizaron en el otro extremo del aeropuerto y era
imposible ir por ellas. Que las enviarían al hotel. Qué va, que lo hicieran. A
este punto yo ya no entendía nada. Ni siquiera por qué era yo hombre, mexicano,
moreno, escritor, lagunero, vivo, santista, todo se me escapaba del raciocinio.
Ya no haré más larga esta Carta, llegamos al hotel sin maletas, que
aparecieron hasta la noche. Quedé de escribirle a la española, pero me olvidé
de pedir su correo. ¡Vaya detalle! En fin, se fue y no creo volver a verle.
El hotel es sumamente pequeño, pero muy cómodo. Dormimos una hora
como vampiros, pues afuera resplandecía la luminosidad del día. Tenemos dos
cuartos, en uno están Adrián y Andrés y en otro Manuel y yo. Cuestión de
compatibilidad de caracteres. Aunque todos primos hermanos, no nos imaginamos a
Manuél con Andrés, sería una bomba de tiempo. De modo que recuperábamos fuerzas
hasta que un tétrico ronquido de Manuel me
despertó y decidí levantarme. Enseguida comenté, despertándolo con el pie:
- Bueno, estamos en Madrid, ¿qué hacemos acostados?
- Vámonos- dijo. Y en seguida fui a llamar a la puerta de mis otros
primos.
Nos bañamos, rasuramos y cambiamos de ropa, que era la misma,
sentíamos, desde las últimas 89 horas. Salimos. Calles, calles, calles.
Arquitectura nueva, paisaje nuevo, balcones, ventanas, esculturas, coches,
gente, ruido, árboles, monumentos, ¡Madrid!
"En Madrid está lloviendo y todo sigue como siempre"-
Recordé.
Entramos a la Plaza de Madrid y nos deleitamos con sus jardines, pequeñas
cascadas, lagos y arroyos. Vimos con atención las esculturas blancas de todos
sus reyes, desde la época Visigoda, incluso, que posan sobre columnas antiguas.
Sin embargo, el cambio de horario nos pesó y decidimos llegar a cenar después
del vistazo general que bien realizamos. Encontramos un pequeño local y comimos
como los cerdos que sí somos. Volvimos al hotel. Mañana nos uniremos al tour y
comenzará formalmente nuestro recorrido.
Madrid, ya estamos aquí.

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