miércoles, 16 de abril de 2014

Carta III

30/May/01


III


Madrid-Burdeos




Ya estamos en Francia. Dejamos salvajemente temprano Madrid con dirección a Burdeos. Subimos al camión y se lo dejamos todo a Juan, el chofer. Nuestro sueño era aplastante, se han combinado las largas caminatas madrileñas, con el cambio de horario y eso nos ha noqueado. El camino sería muy largo, nueve horas de carretera. Un día de estar en el camión. Pensamos que visitar Europa significaría museos y catedrales, como ya estuvimos en el Prado, pero hoy fue carretera, camino, carretera, camino, la nada.

Pasamos por algunos poblados y ciudades españolas que no dejamos de visitar por encimita: Burgos, fue la que más me impresionó y en donde más impotencia sentí, pues no nos dejaron bajar del autobus ni al Oxxo. Nos detuvimos frente a la Catedral en donde se encuentra la tumba del Cid Campeador. Yo me mordía la manga de la desesperación por no poder visitarla, estando tan impresionantemente cerca. Por favor, le decía a la guía. No, no, ya vamos tarde y no está dentro del itinerario, argumentaba. De modo que mi actitud cambió a partir de ese momento. Me hice el muerto y no hablé con nadie durante el resto del camino. Mi cuerpo ahí estaba, huesudo, ocupando un espacio, pero no había nada dentro, ni mi alma, ni mis pensamientos, ni nada. Fue mi forma de comunicarme con el Cid, enterrado a pocos metros, tal como él hizo en aquella batalla contra los moros, con su presencia sin vida.

Pasamos por San Sebastián, ubicado en una zona montañosa cubierta de niebla y túneles. El camión penetraba por los túneles y era como si las montañas, tan inmensas, nos tragaran por un lado y escupieran a la vez por el otro. Me gustó la sensación.

Llegamos a la frontera y pasamos como Manuel, Adrián, Andrés y Agapo por su casa. No nos pidieron absolutamente nada de papeles, sellos o algo, sólo nos vieron pasar.

Burdeos ha sido una grata sorpresa. La hemos conocido caminando por algunas calles, pues era menester estirar las piernas, que estaban a nada de dejar de funcionar. Estamos aquí más como una parada técnica que turística, ya que nuestro objetivo principal es París, a la que llegaremos mañana. Pero Burdeos tiene encanto, muestra una Francia antigua. Está construido a las orillas del río Garona, uno de los cinco más importantes del país. Sus construcciones son añejas, de piedra caliza blanca, muy sucia. Los edificios blanquinegros y esto es maravilloso porque le dan un aspecto medieval.

El hotel, junto con sus habitaciones, son casi una broma. Son demasiado pequeños. Manuel y yo chocamos de frente todo el tiempo y lo mismo les sucede a Adrián y Andrés. Ya no digamos a Efemérides, que ya vimos que por aquí anda, aunque no sabemos de bien a bien en qué habitación se hospeda. En el cuarto hay espacio de movimiento mínimo, apenas uno, dos o tres pasos, y ya. El baño, una aventura aparte: tuve que decidir entre entrar yo o mi ropa, ya que acostumbro a cambiarme dentro. Parece una cápsula espacial, de modo que por esta vez tuve que hacer todo sobre mi cama: desodorante, peinarme, chones...

Por la noche fuimos a cenar a un restaurante con todo el tour. Hemos encontrado gente muy agradable. Como te comenté, son casi todos sudamericanos y algunos más de México. Pero todos, absolutamente todos, viejitos. Y me parece que les recordamos a sus nietos y familiares que dejaron en su tierra, o les da ternura nuestra juventud, porque nos han tratado muy amablemente y nosotros, bien educaditos, no hemos dejado de corresponderlo. Buen trabajo, de mi abuela, buen trabajo. Entre ellos hay algunos personajes interesantísimos, que te iré presentando poco a poco más adelante.

El vino blanco es tan barato en Burdeos que se nos pasó la mano. Más barato incluso que el agua o el refresco. Fueron tres botellas las que bebimos y salimos últimos del local, pues nuestros viejitos se retiraron temprano a dormir. Adrián quería rematar la noche con cerveza y la verdad es que yo mataba por una. O dos. O tres, claro. Ya nos encontrábamos muy alegres. Estabamos en Burdeos y habíamos bebido tinto y sabíamos que esto era muy cercano a lo que los sabios tibetanos llaman vivir. Había un sitio al que entramos sin saber muy bien cómo. Nos encontramos a una chica en la calle y en un confuso francés, que no entendemos, nos sugirió seguirla. Y como venimos de un rancho perdido en el norte de México, como guarachines y guarachones que somos, la seguimos. Entramos al local, iluminado de rojo y amarillo. Cuatro muchachas atendían. Muy bellas. Eran las únicas y nosotros éramos los únicos. Nos emocionamos. Andrés me apretó el brazo comunicando un elegante “ya chingamos”. Comenzamos  hablar en inglés, pero no lo entendieron. Tampoco el español y nosotros no hablamos francés. Qué lío, comenzamos con las señas, como si estuvieramos en pleno Neolítico. Comprendimos por fin que querían que les compráramos una botella de champaña, más cien francos, para que pasáramos a la otra habitación “a ser más amigos”, según pudimos apreciar. Nos reímos, ellas riéron y nosotros volvimos a reír. Adrián supo explicar que no, que no teníamos ese dinero, que éramos de México y sólo buscábamos beber cerveza. Ellas, amables, lo entendieron, pusieron cara de decepción, pero fueron por sendas y hermosas botellas de Corona. Dijeron que éramos tiernos (en efecto, lo somos) y que nos acompañarían con algunas cervezas también, que si se las invitábamos. Dijimos que sí y pasamos una noche arábiga. Aquello era una especie de burdel. Descubrimos que las cuatro eran africanas, de piel blanca y que vivían en Burdeos buscando oportunidades. Con quien hablé era de Argelia y era muy sonriente. Me encantó. Le pedí un beso, pero no me lo quiso dar. Le insistí, pero ella insistió que no. Que hacían todo, menos besos. Que los besos eran cosa del amor. Tenía razón. Parece que mi nueva obsesión será poder besar a una mujer argelina. De hecho, ya no puedo sacarlo de mi cabeza: besar una argelina, besar una argelina, besar una argelina. Dieron las dos de la mañana y nos invitaron a salir, con la cuenta en mano, pues ya era hora de cerrar. Nos salió (bastante) caro, pero siendo nuestro tercer día europeo sí traemos dinero. No quiero ni pensar en el futuro inmediato, dentro de veinte días, pues según esto traemos un presupuesto diario.

Batallamos muchísimo para encontrar el hotel, pues no memorizamos el camino, no traemos mapa y no había a quién preguntarle nada en ningún idioma. Las calles estaban vacías. Andrés, borracho, se pegó en la cabeza con un poste de la calle y comenzó a dar vueltas. No paraba de hacerlo. Adrián Manuel y yo comenzamos a aplaudir y a ver como Andres giraba sobre su propio eje, cual globo terráqueo.




Buscamos el río y éste nos llevó al hotel, que reconocimos de inmediato. Una vez en el cuarto, comenzó la batalla entre habitación y habitación. La nuestra está ubicada exactamente arriba de la de Andrés y Adrián. Manuel abrió la ventana para que entrara algo de aire, pues sentíamos calor y casi de inmediato recibimos por nuestra ventana un papel de baño volador, seguido de un torrente de risas subterráneas. Nosotros respondimos con una botella de agua como proyectil que nuevamente dio en la cabeza a Andrés. A partir de ese momento la artillería tuvo de todo. De ventana a ventana volaron más botellas de plástico, calcetines, cheetos, cucharas de plástico, plumas, galletas, basura, papeles, fichas, más rollos de papel de baño y en fin.

Fue una chingonada de noche.


Y mañana, impaciente, París nos espera.







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