30/May/01
III
Madrid-Burdeos
Ya estamos en Francia. Dejamos salvajemente temprano Madrid con
dirección a Burdeos. Subimos al camión y se lo dejamos todo a Juan, el chofer.
Nuestro sueño era aplastante, se han combinado las largas caminatas madrileñas,
con el cambio de horario y eso nos ha noqueado. El camino sería muy largo,
nueve horas de carretera. Un día de estar en el camión. Pensamos que visitar
Europa significaría museos y catedrales, como ya estuvimos en el Prado, pero
hoy fue carretera, camino, carretera, camino, la nada.
Pasamos por algunos poblados y ciudades españolas que no dejamos
de visitar por encimita: Burgos, fue la que más me impresionó y en donde más
impotencia sentí, pues no nos dejaron bajar del autobus ni al Oxxo. Nos
detuvimos frente a la Catedral en donde se encuentra la tumba del Cid Campeador.
Yo me mordía la manga de la desesperación por no poder visitarla, estando tan
impresionantemente cerca. Por favor, le decía a la guía. No, no, ya vamos tarde
y no está dentro del itinerario, argumentaba. De modo que mi actitud cambió a
partir de ese momento. Me hice el muerto y no hablé con nadie durante el resto
del camino. Mi cuerpo ahí estaba, huesudo, ocupando un espacio, pero no había
nada dentro, ni mi alma, ni mis pensamientos, ni nada. Fue mi forma de
comunicarme con el Cid, enterrado a pocos metros, tal como él hizo en aquella
batalla contra los moros, con su presencia sin vida.
Pasamos por San Sebastián, ubicado en una zona montañosa cubierta
de niebla y túneles. El camión penetraba por los túneles y era como si las
montañas, tan inmensas, nos tragaran por un lado y escupieran a la vez por el
otro. Me gustó la sensación.
Llegamos a la frontera y pasamos como Manuel, Adrián, Andrés y
Agapo por su casa. No nos pidieron absolutamente nada de papeles, sellos o algo,
sólo nos vieron pasar.
Burdeos ha sido una grata sorpresa. La hemos conocido caminando
por algunas calles, pues era menester estirar las piernas, que estaban a nada
de dejar de funcionar. Estamos aquí más como una parada técnica que turística, ya
que nuestro objetivo principal es París, a la que llegaremos mañana. Pero
Burdeos tiene encanto, muestra una Francia antigua. Está construido a las
orillas del río Garona, uno de los cinco más importantes del país. Sus
construcciones son añejas, de piedra caliza blanca, muy sucia. Los edificios
blanquinegros y esto es maravilloso porque le dan un aspecto medieval.
El hotel, junto con sus habitaciones, son casi una broma. Son
demasiado pequeños. Manuel y yo chocamos de frente todo el tiempo y lo mismo
les sucede a Adrián y Andrés. Ya no digamos a Efemérides, que ya vimos que por
aquí anda, aunque no sabemos de bien a bien en qué habitación se hospeda. En el
cuarto hay espacio de movimiento mínimo, apenas uno, dos o tres pasos, y ya. El
baño, una aventura aparte: tuve que decidir entre entrar yo o mi ropa, ya que
acostumbro a cambiarme dentro. Parece una cápsula espacial, de modo que por
esta vez tuve que hacer todo sobre mi cama: desodorante, peinarme, chones...
Por la noche fuimos a cenar a un restaurante con todo el tour.
Hemos encontrado gente muy agradable. Como te comenté, son casi todos
sudamericanos y algunos más de México. Pero todos, absolutamente todos,
viejitos. Y me parece que les recordamos a sus nietos y familiares que dejaron
en su tierra, o les da ternura nuestra juventud, porque nos han tratado muy amablemente
y nosotros, bien educaditos, no hemos dejado de corresponderlo. Buen trabajo,
de mi abuela, buen trabajo. Entre ellos hay algunos personajes
interesantísimos, que te iré presentando poco a poco más adelante.
El vino blanco es tan barato en Burdeos que se nos pasó la mano.
Más barato incluso que el agua o el refresco. Fueron tres botellas las que
bebimos y salimos últimos del local, pues nuestros viejitos se retiraron
temprano a dormir. Adrián quería rematar la noche con cerveza y la verdad es
que yo mataba por una. O dos. O tres, claro. Ya nos encontrábamos muy alegres.
Estabamos en Burdeos y habíamos bebido tinto y sabíamos que esto era muy
cercano a lo que los sabios tibetanos llaman vivir. Había un sitio al que
entramos sin saber muy bien cómo. Nos encontramos a una chica en la calle y en
un confuso francés, que no entendemos, nos sugirió seguirla. Y como venimos de
un rancho perdido en el norte de México, como guarachines y guarachones que
somos, la seguimos. Entramos al local, iluminado de rojo y amarillo. Cuatro
muchachas atendían. Muy bellas. Eran las únicas y nosotros éramos los únicos.
Nos emocionamos. Andrés me apretó el brazo comunicando un elegante “ya
chingamos”. Comenzamos hablar en inglés,
pero no lo entendieron. Tampoco el español y nosotros no hablamos francés. Qué
lío, comenzamos con las señas, como si estuvieramos en pleno Neolítico. Comprendimos
por fin que querían que les compráramos una botella de champaña, más cien
francos, para que pasáramos a la otra habitación “a ser más amigos”, según pudimos apreciar.
Nos reímos, ellas riéron y nosotros volvimos a reír. Adrián supo explicar que
no, que no teníamos ese dinero, que éramos de México y sólo buscábamos beber
cerveza. Ellas, amables, lo entendieron, pusieron cara de decepción, pero
fueron por sendas y hermosas botellas de Corona. Dijeron que éramos tiernos (en
efecto, lo somos) y que nos acompañarían con algunas cervezas también, que si
se las invitábamos. Dijimos que sí y pasamos una noche arábiga. Aquello era una
especie de burdel. Descubrimos que las cuatro eran africanas, de piel blanca y
que vivían en Burdeos buscando oportunidades. Con quien hablé era de Argelia y
era muy sonriente. Me encantó. Le pedí un beso, pero no me lo quiso dar. Le
insistí, pero ella insistió que no. Que hacían todo, menos besos. Que los besos
eran cosa del amor. Tenía razón. Parece que mi nueva obsesión será poder besar
a una mujer argelina. De hecho, ya no puedo sacarlo de mi cabeza: besar una
argelina, besar una argelina, besar una argelina. Dieron las dos de la mañana y
nos invitaron a salir, con la cuenta en mano, pues ya era hora de cerrar. Nos
salió (bastante) caro, pero siendo nuestro tercer día europeo sí traemos
dinero. No quiero ni pensar en el futuro inmediato, dentro de veinte días, pues
según esto traemos un presupuesto diario.
Batallamos muchísimo para encontrar el hotel, pues no memorizamos
el camino, no traemos mapa y no había a quién preguntarle nada en ningún idioma.
Las calles estaban vacías. Andrés, borracho, se pegó en la cabeza con un poste
de la calle y comenzó a dar vueltas. No paraba de hacerlo. Adrián Manuel y yo
comenzamos a aplaudir y a ver como Andres giraba sobre su propio eje, cual
globo terráqueo.
Buscamos el río y éste nos llevó al hotel, que reconocimos de
inmediato. Una vez en el cuarto, comenzó la batalla entre habitación y
habitación. La nuestra está ubicada exactamente arriba de la de Andrés y
Adrián. Manuel abrió la ventana para que entrara algo de aire, pues sentíamos
calor y casi de inmediato recibimos por nuestra ventana un papel de baño
volador, seguido de un torrente de risas subterráneas. Nosotros respondimos con
una botella de agua como proyectil que nuevamente dio en la cabeza a Andrés. A
partir de ese momento la artillería tuvo de todo. De ventana a ventana volaron más
botellas de plástico, calcetines, cheetos, cucharas de plástico, plumas,
galletas, basura, papeles, fichas, más rollos de papel de baño y en fin.
Fue una chingonada de noche.
Y mañana, impaciente, París nos espera.
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