miércoles, 23 de abril de 2014

Carta IX


06/Jun/01


IX


Londres




Inglaterra me ha gustado, nos ha recibido como lo esperaba, pero después de saborear París, no puede ser lo mejor del viaje. Es del todo interesante, aunque abrumador. Quiero decir: vamos en el camión y en cada lado pasó algo importante o vive alguien famoso, pero se mezclan muchísimos tiempos. En una sola cuadra ves algo del siglo XIX, la Primera Guerra, la Reina Victoria, Lady Di, la Segunda Guerra, La Reina Isabel, Enrique VIII, etc. Todo es una mezcolanza de nombres, fechas y anécdotas que termino por ya no poner atención a nada y me limito a ver por la ventanilla del autobus sin comprender ya.

Particularmente a nosotros cuatro, muchahotes jóvenes y sanos, nos ha pasado que apenas nos sentamos en el camión para iniciar el recorrido de la mañana y nos quedamos dormidos de inmediato en el asiento. En el trayecto la guía explica lo que vamos a visitar, sus características, su importancia histórica, cultural, artística, etc... para que nos vayamos familiarizando con lo que estamos por conocer. Y cuando llegamos a dicho sitio, nosotros venimos de babear con la boca abierta y soñar con nuestras bellas laguneras que de algún modo ya extrañamos, de modo que despertamos con un largo bostezo haciendo las mismas preguntas, adormecidos:

-¿Qué es aquí?

-¿Aquí qué?



Lo que no le parece mucho al guía, que se esmeró por explicarlo. Pero sucede que el guía de Inglaterra tiene una voz hipnótica, cual Taurus du Brasil. Apenas comienza a hablar y los ojos se nos cierran, los párpados comienzan a pesar, el cuerpo se relaja y no sabemos más. No sé si te lo había mencionado, pero en el tour tenemos una guía general, es como nuestra coordinadora, Carmen su nombre. Luego un guía especial en cada país, pero Carmen nos acompaña todo el viaje. Al pobre tipo de Inglaterra, es decir, al guía, no se le dan para nada los chistes. Los cuanta con tremendo entusiasmo, pero la comedia no es lo suyo, en el camión nos quedamos callados cuando finaliza alguno, todos. Por supuesto que a nosotros cuatro sí que nos da mucha risa esta situación, su fracaso como comediante, pero tampoco dejamos escapar la hilaridad para que no piense que nos dio risa su chiste y comience a inspirarse contando más. De modo que hemos decidido mantener el silencio denso.

El buenazo del guía de Inglaterra nos comentaba en uno de los trayectos que como es sabido por todos, las vacas hacen, muuuu; las ovejas, beeeee; y los caballos con su relincho, jjhiijhii. Pero no sucede así con los animales de la Reina Isabel. Si estuviéramos dentro de las granjas reales y nos topáramos con alguna de sus vacas, en vez de producir su esperado mugido, el animal, con toda su majestad y alcurnia, nos saludará con un muy británico: Hi!

Bueno, en fin. Paramos en el Palacio de Bukingham, impresionantemente amarillo erigido a orillas del Támesis. Y claro, la elegantísima torre que se encuentra a un lado, el famoso Big Ben. Buscamos en las alturas a Peter Pan, sacamos fotos y nos fuimos pronto.



Finalmente llegamos al Castillo de Windsor. El lugar está a las afueras de Londres. Es muy grande. Hoy por hoy, es en donde vive la Reina Isabel, de la que por cierto, no puedes hablar mal mientras estés pisando suelo británico. Así que la gente, toma una caja de madera o de cartón, se sube en ella y comienza a hablar mal de la reina, para evitar penalización alguna. Pensamos que era otro de los pésimos chistes de nuestro guía, pero nos aclaró una y otra vez que este dato jurídico es muy cierto.

Lo que más me impresionó del castillo fueron los soldados en guardia. Ésos que tienen un largo sombrero negro. ¡No se mueven nunca! Parecen de cera o maniquíes. Me quedé viendo a dos guardias cerca de veinte minutos y no mueven ni la boca. ¿Y si les pica la nariz?, ¿O sienten comezón por allá o por acá? ¿Qué tal una mosca? El caso es que son inmóviles y reales. No me gustaría nada ser uno de ellos, porque la gente se les acerca, los ve, se ríen, les hacen gestos para ver si se mueven y luego de tanta fanfarria, se toman una foto a su lado, los muy crueles. Aunque bueno, yo también saqué mi foto con los miembros de la guardia británica.



Sigamos con el castillo. La vista desde dentro hacia fuera, increíble. Bosques coloridos hacia todos lados. Decenas de tumbas de piedra de gente importante, aunque ya muy antiguas, de antepasados de la aristocracia británica. Tesoros con un dispositivo de seguridad, que hasta miedo da el sólo mirarlos. Armas, de todos los tipos, las clases y épocas. Armaduras. Pinturas de Van Dyck, Leonardo y Rubens; adornos sumamente elegantes, muebles, en fin. Estoy hablando de el castillo de la reina más poderosa de la actualidad que pertenece al país más sofisticado y elegante de todos. Y el común denominador de la visita fue ese: elegancia, lujo y antigüedad.

En el estacionamiento, después de las compras al final del recorrdo y de tomar algunas fotos, esperábamos al resto del tour para regresar al hotel. Casi siempre somos por mucho los primeros porque caminamos más rápido que nuestros adorados viejitos, de modo que decidimos comprar un baloncito de fútbol entre los cuatro, para no aburrirnos mientras esperamos. Comenzamos a patear, a imporvisar, a dominar la pelota y divertirnos. Todo iba muy bien hasta que Andrés de repente pateó el balón con un potente disparo hacia quién sabe dónde que fue a dar directamente en el rostro de una jovencita de unos quince años. ¡Chin! Ésta, tras recibir tremendo balonazo en la cara, tomó la pelota y la aventó mucho más lejos, lejísimos, arrojándola con toda su furia. Andrés, con muchísima pena, tuvo que ir por el balón hasta donde ella lo había dirigido, pero cuando estaba a punto de llegar a recogerlo, la chiquilla lo alcanzó en un arranque de velocidad y nuevamente tomó el balón y lo aventó más lejos todavía para provocar que Andrés caminara lo doble o triple y hacerle entender que sí se ofendió por el trancazo. ¡Ay Andrés! ¿Cómo es que te pasan tantas cosas? Juan, nuestro chofer y fiel testigo de la escena, pues distraído nos observaba jugar, no se daba a vasto por la sorpresa y su hilaridad, se encontraba doblado en el suelo de la risa. Y como es la autoridad después de nuestra guía, decidimos reírnos con él, de Andrés, a la par.

Tras haber pedido sinceras disculpas en inglés y llenar de zapes al inocente Andrés, finalmente arribaron los viejitos, subimos y dejamos Windsor para volver al hotel.

Dos horas más tarde salimos a caminar en busca de algo para beber, pues ya era noche y con tanto rey y reina, se nos antojaban unas Coronas. Encontramos una licorería y en lo que mis primos escogían y compraban las botellas, yo fui a un sitio cercano y barato a revisar mi email.

Tenía un mensaje de Estela, con quien tengo un año sin hablarme, situación que me ha dolido.  Su carta era breve, decía que extrañaba nuestras conversaciones, que ponto se iría a vivir a Estados Unidos y que sinceramente quería hablar conmigo e intentar recuperarme. El corazón me comenzó a latir, el sudor en mi frente se hizo presente y comencé a mover el pie de la emoción. Yo la regué, y gacho. Y ella no tuvo más remedio que alejarme de su vida. Ahora me lanzaba una cuerda, desenrrollaba un puente en el que quizá podríamos toparnos en vida de nuevo. Por supuesto pensé de inmediato en el Río Sena, allá en París, y el deseo que pedí aquella gélida noche cuando cruzamos el puente dorado más parisino de la historia de la arquitectura: "Sólo una oportunidad. Una vez más en la que podamos hablar. Quizá sea la última, pero necesito..."

Mi deseo estaba cumplido. ¡Qué mágico París! Pues era seguro que ella y yo hablaríamos a mi regreso. Nadie sabía de la existencia de la petición de un segundo deseo, que hice a muy largo plazo, pero te adelanto que los personajes éramos los mismos. Eso había que festejarlo. Eso y que estábamos en Londres. Eso y que habíamos conocido las vacas de la reina que saludaban con un amable “Hi!” Eso y que estábamos juntos, en Europa. Eso y que teníamos vino y que habíamos tomado una buena promoción de tres botellas por dos. Y que estábamos vivos en el Siglo XX, que reíamos, sufríamos, extrañábamos y de cuando en cuando le dábamos un balonazo en la cara a una coqueta turista inocente.

Tomamos, cantamos, reímos, nos abrazamos. La tremenda y fuerte hermandad que sólo se haya entre primos y más cuando se está tan lejos de casa. Son ellos unos cracks.


Ahora Manuel duerme, y yo te escribo, pues no puedo pegar el ojo.




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