06/Jun/01
IX
Londres
Inglaterra me ha gustado, nos ha recibido como
lo esperaba, pero después de saborear París, no puede ser lo mejor del viaje.
Es del todo interesante, aunque abrumador. Quiero decir: vamos en el camión y
en cada lado pasó algo importante o vive alguien famoso, pero se mezclan
muchísimos tiempos. En una sola cuadra ves algo del siglo XIX, la Primera Guerra,
la Reina Victoria, Lady Di, la Segunda Guerra, La Reina Isabel, Enrique VIII,
etc. Todo es una mezcolanza de nombres, fechas y anécdotas que termino por ya
no poner atención a nada y me limito a ver por la ventanilla del autobus sin
comprender ya.
Particularmente a nosotros cuatro, muchahotes
jóvenes y sanos, nos ha pasado que apenas nos sentamos en el camión para
iniciar el recorrido de la mañana y nos quedamos dormidos de inmediato en el
asiento. En el trayecto la guía explica lo que vamos a visitar, sus características,
su importancia histórica, cultural, artística, etc... para que nos vayamos
familiarizando con lo que estamos por conocer. Y cuando llegamos a dicho sitio,
nosotros venimos de babear con la boca abierta y soñar con nuestras bellas
laguneras que de algún modo ya extrañamos, de modo que despertamos con un largo
bostezo haciendo las mismas preguntas, adormecidos:
-¿Qué es aquí?
-¿Aquí qué?
Lo que no le parece mucho al guía, que se esmeró
por explicarlo. Pero sucede que el guía de Inglaterra tiene una voz hipnótica,
cual Taurus du Brasil. Apenas comienza a hablar y los ojos se nos cierran, los
párpados comienzan a pesar, el cuerpo se relaja y no sabemos más. No sé si te
lo había mencionado, pero en el tour tenemos una guía general, es como nuestra
coordinadora, Carmen su nombre. Luego un guía especial en cada país, pero
Carmen nos acompaña todo el viaje. Al pobre tipo de Inglaterra, es decir, al
guía, no se le dan para nada los chistes. Los cuanta con tremendo entusiasmo,
pero la comedia no es lo suyo, en el camión nos quedamos callados cuando
finaliza alguno, todos. Por supuesto que a nosotros cuatro sí que nos da mucha
risa esta situación, su fracaso como comediante, pero tampoco dejamos escapar la
hilaridad para que no piense que nos dio risa su chiste y comience a inspirarse
contando más. De modo que hemos decidido mantener el silencio denso.
El buenazo del guía de Inglaterra nos comentaba
en uno de los trayectos que como es sabido por todos, las vacas hacen, muuuu;
las ovejas, beeeee; y los caballos con su relincho, jjhiijhii. Pero no sucede
así con los animales de la Reina Isabel. Si estuviéramos dentro de las granjas
reales y nos topáramos con alguna de sus vacas, en vez de producir su esperado
mugido, el animal, con toda su majestad y alcurnia, nos saludará con un muy
británico: Hi!
Bueno, en fin. Paramos en el Palacio de Bukingham,
impresionantemente amarillo erigido a orillas del Támesis. Y claro, la
elegantísima torre que se encuentra a un lado, el famoso Big Ben. Buscamos en
las alturas a Peter Pan, sacamos fotos y nos fuimos pronto.
Finalmente llegamos al Castillo de Windsor. El
lugar está a las afueras de Londres. Es muy grande. Hoy por hoy, es en donde
vive la Reina Isabel, de la que por cierto, no puedes hablar mal mientras estés
pisando suelo británico. Así que la gente, toma una caja de madera o de cartón,
se sube en ella y comienza a hablar mal de la reina, para evitar penalización
alguna. Pensamos que era otro de los pésimos chistes de nuestro guía, pero nos
aclaró una y otra vez que este dato jurídico es muy cierto.
Lo que más me impresionó del castillo fueron los soldados en guardia. Ésos que tienen un largo sombrero negro. ¡No se mueven nunca! Parecen de cera o maniquíes. Me quedé viendo a dos guardias cerca de veinte minutos y no mueven ni la boca. ¿Y si les pica la nariz?, ¿O sienten comezón por allá o por acá? ¿Qué tal una mosca? El caso es que son inmóviles y reales. No me gustaría nada ser uno de ellos, porque la gente se les acerca, los ve, se ríen, les hacen gestos para ver si se mueven y luego de tanta fanfarria, se toman una foto a su lado, los muy crueles. Aunque bueno, yo también saqué mi foto con los miembros de la guardia británica.
Sigamos con el castillo. La vista desde dentro
hacia fuera, increíble. Bosques coloridos hacia todos lados. Decenas de tumbas
de piedra de gente importante, aunque ya muy antiguas, de antepasados de la aristocracia
británica. Tesoros con un dispositivo de seguridad, que hasta miedo da el sólo
mirarlos. Armas, de todos los tipos, las clases y épocas. Armaduras. Pinturas
de Van Dyck, Leonardo y Rubens; adornos sumamente elegantes, muebles, en fin. Estoy
hablando de el castillo de la reina más poderosa de la actualidad que pertenece
al país más sofisticado y elegante de todos. Y el común denominador de la
visita fue ese: elegancia, lujo y antigüedad.
En el estacionamiento, después de las compras al
final del recorrdo y de tomar algunas fotos, esperábamos al resto del tour para
regresar al hotel. Casi siempre somos por mucho los primeros porque caminamos
más rápido que nuestros adorados viejitos, de modo que decidimos comprar un
baloncito de fútbol entre los cuatro, para no aburrirnos mientras esperamos.
Comenzamos a patear, a imporvisar, a dominar la pelota y divertirnos. Todo iba
muy bien hasta que Andrés de repente pateó el balón con un potente disparo
hacia quién sabe dónde que fue a dar directamente en el rostro de una jovencita
de unos quince años. ¡Chin! Ésta, tras recibir tremendo balonazo en la cara,
tomó la pelota y la aventó mucho más lejos, lejísimos, arrojándola con toda su
furia. Andrés, con muchísima pena, tuvo que ir por el balón hasta donde ella lo
había dirigido, pero cuando estaba a punto de llegar a recogerlo, la chiquilla
lo alcanzó en un arranque de velocidad y nuevamente tomó el balón y lo aventó
más lejos todavía para provocar que Andrés caminara lo doble o triple y hacerle
entender que sí se ofendió por el trancazo. ¡Ay Andrés! ¿Cómo es que te pasan
tantas cosas? Juan, nuestro chofer y fiel testigo de la escena, pues distraído
nos observaba jugar, no se daba a vasto por la sorpresa y su hilaridad, se
encontraba doblado en el suelo de la risa. Y como es la autoridad después de
nuestra guía, decidimos reírnos con él, de Andrés, a la par.
Tras haber pedido sinceras disculpas en inglés y
llenar de zapes al inocente Andrés, finalmente arribaron los viejitos, subimos
y dejamos Windsor para volver al hotel.
Dos horas más tarde salimos a caminar en busca
de algo para beber, pues ya era noche y con tanto rey y reina, se nos antojaban
unas Coronas. Encontramos una licorería y en lo que mis primos escogían y
compraban las botellas, yo fui a un sitio cercano y barato a revisar mi email.
Tenía un mensaje de Estela, con quien tengo un
año sin hablarme, situación que me ha dolido. Su carta era breve, decía que extrañaba
nuestras conversaciones, que ponto se iría a vivir a Estados Unidos y que
sinceramente quería hablar conmigo e intentar recuperarme. El corazón me comenzó
a latir, el sudor en mi frente se hizo presente y comencé a mover el pie de la
emoción. Yo la regué, y gacho. Y ella no tuvo más remedio que alejarme de su
vida. Ahora me lanzaba una cuerda, desenrrollaba un puente en el que quizá
podríamos toparnos en vida de nuevo. Por supuesto pensé de inmediato en el Río
Sena, allá en París, y el deseo que pedí aquella gélida noche cuando cruzamos
el puente dorado más parisino de la historia de la arquitectura: "Sólo una
oportunidad. Una vez más en la que podamos hablar. Quizá sea la última, pero
necesito..."
Mi deseo estaba cumplido. ¡Qué mágico París!
Pues era seguro que ella y yo hablaríamos a mi regreso. Nadie sabía de la
existencia de la petición de un segundo deseo, que hice a muy largo plazo, pero
te adelanto que los personajes éramos los mismos. Eso había que festejarlo. Eso
y que estábamos en Londres. Eso y que habíamos conocido las vacas de la reina
que saludaban con un amable “Hi!” Eso y que estábamos juntos, en Europa. Eso y
que teníamos vino y que habíamos tomado una buena promoción de tres botellas
por dos. Y que estábamos vivos en el Siglo XX, que reíamos, sufríamos,
extrañábamos y de cuando en cuando le dábamos un balonazo en la cara a una
coqueta turista inocente.
Tomamos, cantamos, reímos, nos abrazamos. La
tremenda y fuerte hermandad que sólo se haya entre primos y más cuando se está
tan lejos de casa. Son ellos unos cracks.
Ahora Manuel duerme, y yo te escribo, pues no
puedo pegar el ojo.
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