domingo, 27 de abril de 2014

Carta XII

09/Jun/01

XII


Amsterdam-Volendam-Marken.



Supongo sabes que hay días en los que uno simplemente se levanta de genio y hoy fue uno de esos. Creo por lo largo del día de ayer, la caminata nocturna y oscura en el centro de Amsterdam, y todavía la desvelada en aquél bar en donde vimos tantas cosas. Pero el tour no da tregua, es levantarte temprano sin importar qué hayas hecho la noche anterior y heme aquí, como cadaver con vida. Anhelando conocer esta tulipanesca tierra, pero casi sin poder moverme y eso en definitiva enervó mi humor.

Viajan en nuestro tour tres señoras de Puerto Rico. Una de ellas se queja impresionantemente todo el tiempo, a cada cosa le encuentra pero y tal actitud la hemos tomado como algo gracioso que comentamos cada mañana al escucharla hablar. Se dirige a nosotros para hacer sus reclamos: comienza con el mal servicio del hotel, que su equipaje, ahora la comida, que el cansancio, que el botones. Se desahoga, expresa y muy pronto nos cansa, de modo que Adrián, Andrés y yo decidimos distraernos deliberadamente y le dejamos toda la carga a Manuel, que al ser más educado que nosotros, no tiene forma de mostrarse indiferente o cortante y se tiene que aguantar las letanías de esta insatisfecha señora. Muy gorda y muy fea, por cierto.

Pero hoy me interceptó sólo a mi. Yo me servía el desayuno. Ella también. Apenas me vio y comenzó a decir:

- Nene, que no me gusta el pan, ¿por qué lo ponen así? ¿qué caso tiene así? Y no dormí nada anoche y tengo sueño y mira yo comiendo pan y no me gusta el pan, y con el sueño que tengo, no se puede dormir aquí, todo el tiempo es de día y yo con este pan, y con sueño, en Puerto Rico duermo muy tranquila, aquí sólo como pan todo el día y no puedo dormir, mírame nene, mírame cómo como el pan, no me gusta el pan".

Mi actitud no fue amable. Me hablaba, moviendo los brazos, quejándose y yo ni siquiera la volteé a ver. Serví mi jugo, mi desayuno (llamarlo así es un decir, pues en parte la puertoriqueña tiene razón con la comida) y ella seguía hablando, esperando a que yo dijera algo o al menos sonriera. Pero como si ella no existiera, fui a sentarme sin decir palabra alguna, sin levantar la cara, indiferente al mundo holandés. No hablé con mis primos, ni con los viejitos, ni con la guía, ni con Juan el chofer, ni con nadie. No quería. No me importaba. No crucé ni siquiera miradas durante el desayuno, sólo veía el plato muy de cerca mientras comía.

Hay otra cosa que comentó la quejumbrosa señora y que es una gran verdad: aquí en Holanda todo el día es de día. Como es verano y por la situación geográfica en que nos encontramos, más bien al norte, el sol se mete cerca de las once de la noche y sale a las cuatro de la mañana y eso nos ha destanteado mucho. Anoche me despertó un rayo de sol, directo a la cara, pensé que era hora de levantarse y volteé al reloj, marcaba 4:17 am.

Sin embargo y a pesar de mi mal genio, el día comenzó muy bien. Dimos la clásica visita panorámica por la ciudad. Te lo he comentado ya: molinos, edificios antiguos, palacios, centenares de puentes y canales. Amsterdam es llamada la "Venecia del Norte".



Llegamos, para mi sorpresa, a lo que fue la casa de Ana Frank. Ahí mismo en donde se escondió con su familia por dos años, lo que le permitió escribir su famoso diario. Holanda fue quien más judíos perdió en la Segunda Guerra Mundial. Hitler y Alemania hicieron tan grande daño a este país. Previendo la invasión nazi, el padre de Ana Frank se preparó: en su oficina había una biblioteca giratoria que conducía a otra casa escondida, que no eran mas que dos pisos pequeños con sus habitaciones. Cuando empezó a ponerse grave la cosa con los judíos, tuvieron que esconderse ahí. Los padres de Ana Frank, su hermana y ella; otro matrimonio con su hijo; y un señor. Ana tenía doce años y duraron escondidos dos, del 42 al 44. Tenían que hacer poco ruido, comer poco y vivir con un miedo agudo a no ser descubiertos.

En octubre del 44, alguien traiciona el escondite (quizá por celos y/o sospechas pasionales) y son capturados. Ana Frank y su hermana son llevadas a un lejano campo de concentración en Polonia. Al año siguiente, en abril del 45, son ejecutadas. Un mes después, en mayo, Holanda es liberada por el ejército de Estados Unidos. Un mes. Un maldito mes. El mundo y la historia perdieron (¿o ganaron?) a una gran literata que escribió a los doce años un documento histórico de incalculable valor.

Lo vimos, pensamos, reflexionamos, imaginamos y dejamos el sitio. Particularmente del genio pasé a la depresión. Me movió la historia que acabo de contarte. Más porque si has leído el diario, te darás cuenta que Ana escribe mucho de sus sueños y metas que tiene para cuando sea libre otra vez y de sus inmensas ganas por vivir. Objetivos que no cumplió. Murió a los catorce años.

En fin, pasemos a cosas más agradables y vaya que hubo algo que lo fue. En seguida nos dirigimos al museo del gran, pero gran, gran gran, Vincent Van Gogh. ¡Y es espectacular! Cuando ves los cuadros de Van Gogh, es como si estuvieras viendo los cuadros de Van Gogh.

Vas a pensar que lo que acabo de decir es una reverenda estupidez. Y lo es.

Pero a lo que voy, es que no he visto otros colores de fuego como ésos en otro pintor, y menos la magistral manera de combinarlos. Sea pintura, realidad o fotografía, no hay nada semejante a sus formas, puntos, tonos y paleta que hacen de Van Gogh a mi pintor favorito. Tiene un cuadro que se llama La Recámara y que es mi preferido, así que compré el poster.



Teníamos la opción de tomar la tarde libre en Amsterdam, o tomar el tour a las afueras de la ciudad y visitar las pequeñas poblaciones holandesas. Adrián y Andrés decidieron quedarse. Manuel y yo pagamos el tour opcional. Y era momento de conocer la verdadera Holanda: sus campos y canales. Sus mujeres con el traje típico, incluyendo los zapatos de madera, los llamados y tan famosos zuecos. 

Arribamos primero a Volendam. Es un pequeño pueblo a orillas del Mar del Norte. Y en donde la vida, las casas y las cosas parecen de juguete. Las muñecas de madera, con sus trajes típicos y sus zuecos integrados, son tradicionales en esta región, de modo que decidí comprarle una a Estela. Ahí estaba, con su falda larga y negra, tirantes, su gorrito blanco y sus pequeños zuecos. Es pequeña y algo frágil, pero al menos cabe en mi maleta. Espero que le guste. Hice también algunas compras para mí.



Comimos un delicioso y diferente pescado con papas a orillas del mar. Manuel y yo conversamos y vimos el horizonte nórdico. Terminó el descanso y la indicación era subir de nuevo al camión para dejar Volendam y llegar a Marken. Este pequeño poblado Marken es aún más chico y aún más de juguete. Como si por alguna siniestra razón se hubiera quedado suspendido en el tiempo y nada hubiera cambiado desde hace años. O, también lo sentí, si a nosotros, pobres laguneros extraviados por el mundo, nos hubieran hechizado y hecho diminutos y nos hubieran metido a una pequeña villa de juguete. No me gustó porque lo sentí demasiado bonito, como si todo estuviera rodeado de casas de muñecas. Hasta comencé a ponerme chipil.



Transcurrió la tarde con caminatas de juguete y llegó la hora de regresar a la gran ciudad de Amsterdam. Holanda nos ha consumido. Cuando llegamos por la noche al hotel, después de todavía recorrer un rato la ciudad y visitar la Plaza Rembrandt, tocamos en el cuarto de Adrián y Andrés: muertos, como nosotros. Ellos rentaron una bicicleta de agua, muy románticos, para pasear por los canales, pero muy pronto se perdieron y no podían regresar al punto de partida. En un callejón forcejearon con un ladrón por la cadena de Andrés, y para acabarla, se extraviaron en el barrio gay.

En fin, nos hizo bien volver a vernos y estar reunidos los cuatro de nuevo, de modo que decidimos bajar a cenar pizza. Nos reímos y bromeamos de nuestro cansancio y aventuras flamencas mientras comíamos. Y al final, tras unas cervezas bien merecidas, pagamos.

Yo te escribo desde mi cama, a punto de rendirme después de bañarme en la tina con agua muy caliente.


Tal como me gusta.



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