02/Jun/01
V
Paris-Versalles
Otra vez despertamos muy temprano. Esta vez no batallé en
levantarme porque sabía que París nos esperaba afuera y el pequeño cuarto del
hotel está muy próximo a la caustrofobia, de modo que me urgía salir de ahí.
Tocó el turno de visitar París de día: casi los mismos lugares en los que
estuvimos ayer por la noche, pero ahora sin el pisacorre tan característico del
tour, con luz y mucha más calma. Hay cosas que se ven mejores de día, otras
mejores de noche y otras diferentes de día y diferentes de noche, pero ni
mejores ni peores.
Iniciamos con la Catedral de Notre Dame. No entramos, lo haremos
hasta pasado mañana ¿quién hace el itinerario del tour que decide que aunque ya
estemos ahí, todos, abajo, mejor volvamos otro día para ya ahora sí entrar? Se
me escapa de todo raciocino, pero poco me molestó porque la vista desde fuera
fue digno de deleite: tamaña catedral gótica, con sus detalles en las fachadas,
puertas y torres, nos robaron, a grandes y chicos, de inmediato la atención. Es
relativamente fácil reconocer algo gótico: pequeñas ventanas policromadas, un
gran ventanal en forma de círculo en la parte de enfrente, vistozas columnas
que sostienen la construcción, grandeza, oscuridad y, por supuesto, las
gárgolas. Amablemente saludamos a Cuasimodo que nos cerraba un ojo desde lo
alto y recordamos con tristeza la inesperada muerte de Esmeralda.
Fuera de Notre Dame, hay en el piso un círculo pequeño plateado.
Se supone que si te paras ahí, pisándolo, aseguras tu regreso a esta ciudad, es
la tradición. Yo me quedé en ese sitio como 3 o 4 minutos, sin importar que un
sin fin de turistas esperaban impacientes a que me moviera de una buena vez
para ellos hacer lo mismo y sacarse la foto. Pero no me importó, sé y necesito
asegurarlo, que tengo que volver a Paris muchas, muchas veces más en mi vida.
París ha amanecido muy frío. He comprado una elegante boina azul,
tú sabes, de las representativas de este lugar. Vistoza boina azul, fino sueter
azul, pantalones de vestir. Agapo Buendía parisino. Dicen nuestros viejitos del
camión que me he metamorfoseado en un amable francés con mi idumentaria. Ce bien, ce bien.
Ya que menciono a nuestros queridos viejitos, hay un señor
mexicano, ya grande, gordo, enojón y muy terco, que se sienta ¿deliveradamente?
en los lugares de los demás, acción que ya ha provocado uno que otro pleito y
reclamos airados con los demás pasajeros. A nosotros nunca nos ha invadido el
lugar, de suerte, pero hoy lo hizo con el de Antonio: éste subió al camión, vio
al viejito robaasientos sentado plácidamente en su sitio y quiso llamarle la
atención diciéndole algo, pero el viejito gruñón se anticipó y antes que
Antonio terminara si quiera su frase, con toda presencia e imponiendose en el
escenario, le gritó enfrente de todos, señalándolo con el dedo.
-¡Cállate idiota!
Antonio se calló de inmediato y nadie en el camión dijo pío. El
jovenzuelo conquistador de francesitas buscó otro lugar y se sentó en silencio.
Pobre Antonio. Más tarde, en la noche, nos burlamos nuevamente de él en nuestro
cuarto. Si Adrián decía algo, Manuel lo interrumpía: ¡cállate idiota!,
señalándolo con el dedo. Y yo a Andrés, Adrián a mi y así. La frase y el dedo
son nuestro nuevo chiste local.
Hoy hay que decir que corrieron a Andrés de una tienda de
perfumes. Fuimos después de comer en el Museo del Louvre, que como bien puedes
esperarte, y ya no voy a tratar de entender por qué se hacen así las
cosas, por hoy sólo comimos ahí, el
entrar lo haremos hasta mañana o el lunes. Hoy es sábado. El caso es que
llegamos a una famosa tienda de perfumes y todo el tour, incluidos Adrián,
Manuel y Andrés, estaban emocionados con tanta fragancia, olor y loción tan
baratos, pues querían aprovechar el impresionantemente ¿buen? precio.
Todos compraban, compraban y compraban. El ambiente se tornó
frenético. Yo sólo veía con cierta disimulada curiosidad. La verdad es que
traje poco dinero, estoy en Europa y no me voy a comprar una loción. Cuando
compro algo, no evito mentalmente hacer cuentas para ver si me quedará algo en
los últimos días. Además, traje mi loción, regalo familiar navideño y con eso
basta y sobra. (En el fondo me moría por comprar una, todo hay que decirlo,
pero no le hagamos mucho caso al subconsiente ahora) Creo que es muy importante
oler bien, pero no se debe de poner toda la esperanza en el aroma en vías de
una buena conquista. Jamás he pensado que el olor comprado en una tienda de
prestigio venza a una buena conversación adquirida por años y años de lectura,
aunque desafortunadamente hay mujeres que no lo ven así y se dejan impresionar
de inmediato por las cosas adquiridas. En fin, que yo seguía ahí parado,
esperando, con cara de que poco me importaba. Estábamos en la ciudad de las
catedrales y los museos y nos llevaban a comprar fragancias por horas
interminables. Qué buen moche se deben embolsar la guía y el chofer del camión.
Pero bueno, Andrés, por alguna extraña razón -quizá los nervios, aunque
realmente Andrés hace de la nada cosas muy extrañas- comenzó a reírse
inmediatamente después de comprar su loción. Su risa fue alarmantemente en
ascenso y todos lo veíamos con cara de “ah jijos”. De modo que el guardia de la
tienda reaccióno y dirigiéndose a él, muy alterado, le dijo:
- Ici (aquí) ¡No Ha! ¡No Ha!
- Excuse moi?- contestó Andrés
- ¡No Ha! ¡No Ha!- seguía gritando el guardia, a quien la
hilaridad mexicana le había herido el orgullo nacional.
- Pardón? – preguntó un ya asustando Andrés.
- GET OUT OF HERE! – resolvió el guardia de perfumes tan poco
risueño, a quien no le gusta batallar.
Y lo sacaron.
Los demás no parábamos de reír. Andrés era un fiel consumidor,
cliente, futuro portador de sus marcas, ¿por qué lo sacaban? vimos con mucha
emoción (y hasta sacando una que otra foto) cómo salía del local acompañado por
el guardia, mientras lo saludábamos con la mano. Y ahora él nos veía desde
fuera, asomado por la ventana, como asoma un vagabudno en las casas en navidad,
pero nosotros hacíamos como que no le veíamos.
Finalmente el camión llegó otra vez por nosotros para dirigirnos a
uno de los lugares que más me han impresionado en toda mi corta vida: El
Palacio de Versalles.
Claro está que la historia de Francia es fascinante: desde Carlo
Magno, los Reyes Malditos, Los Luises, Napoleón, su gran Revolución, hasta las
dos guerras mundiales. Desde que hago uso de un estudio consciente, siempre me
ha interesado su historia y la he intentado aprender, pero no imaginé la
magnitud y el significado de El Palacio de Versalles, tan digno de un Rey Sol,
como se creía Luis XIV. No estamos aquí para contar su historia, pues cuando
comienzo a platicar de estos temas, mis primos se voltean a ver con cara de “ya
va a empezar otra vez”, pero sí te cuento que observé con detenimiento sus
paredes de mármol rosa, blanco y sus acabados en rojo. Esculturas por todas
partes, de dioses y emperadores romanos. Hoja de oro en las rejas, en los
detalles, en las puertas, en las chapas, en los candiles. Jardines, enormes y
perfectamente geométricos, todos, laberínticos. Fuentes que representan
vivamente episodios mitológicos. La vista desde las diversas terrazas, el
paisaje con su casi atardecer, idéntico a algunas pinturas antiguas que había
visto en viejos libros de arte. Me sentí dentro de un lienzo antiguo, como si fuéramos personajes de alguna pintura
paisajista, clásica o romántica. Me encontraba dentro de mi libro de historia
de quinto grado, cuando vimos a Luis XIV. Dentro de mi examen extraordinario de
secundaria, que presenté por no poner atención a la Revolución Francesa.
Pasamos la tarde en el Palacio de Versalles, dentro y fuera de
ahí. Utilicé rollo y medio de fotos. Todo quería retratar, porque todo,
absolutamente todo, merecía ser retratado. Para saciar mi sed compré un libro
de Historia y Arte en París y Versalles, el cual servirá para ver o entender lo
que no pude, aunque sé bien que nunca será lo mismo leerlo en mi casa sin el
factor emoción/sorpresa de estar aquí y comprenderlo.
Al regreso, pedimos al chofer del camión, Juan, que nos dejara a
nosotros cuatro cerca del Barrio Latino, pues queríamos cenar de nuevo en el
restaurante griego para aventar nuestro plato a la pared (nos haya gustado la
comida o no, era lo de menos, lo que queríamos era ya destruir algo). Pero como
Manuel era el delegado de el mapa y Andrés preguntaba a la gente en francés,
pues terminamos, claro, en no sé dónde. Avanzó tanto la noche y nuestro
extravío, que decidimos cenar en un extraño puesto de cosas raras que sabían
como a miel. Después de un muy buen rato de caminata y renuncia, llegamos al
Barrio Latino, pero más por obra de la casualidad, ya que más bien buscábamos
el metro para regresar a nuestro hotel, pues nuestras piernas ya nos ardían del
cansancio.
El metro es un cuento y crucigrama aparte. No bastó con perdernos
en la ciudad, ahora el laberíntico metro se nos presentaba con sus escaleras,
puertas, pasillos, más escaleras, más
pasillos, abrir, cerrar, puertas, otras escaleras, subirlas, hasta llegar por
fin al tren, sentarse y otra vez a analizar el mapa para ver en dónde demonios
teníamos que bajar. Fue algo cansado pero a la vez algo nuevo. Y lo nuevo casi
siempre es interesante. Por mi parte, adoro el metro. Tenía casi un año sin
utilizarlo. Era mi medio de transporte diario cuando viví en Toronto en el 2000
y fue sumamente agradable experimentarlo de nuevo. ¡Ay, Toronto, ay París!
Tanto las amo y yo voy y nazco en Torreón.
Ya llegamos al hotel. Mis primos cayeron como pesadas piedras
inertes y casi de inmediato se pusieron a roncar. Yo me siento muerto, pero
demasiado emocionado por lo que estoy viviendo y muy agradecido con la vida.
Tenía que escribirte y contártelo, no importando que me haya extendido. Pero ya
hay que dormir. Sólo nos quedan dos días en la Ciudad de las Luces, antes de
partir a Inglaterra.
Y quiero pensar que aún nos queda mucho, pero mucho por conocer.
.




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