lunes, 28 de abril de 2014

Carta XIII

10/Jun/01


XIII



Amsterdam-Colonia-Rhin-Frankfurt





Muy temprano dejamos Los Países Bajos, en lo que sería otro día de carretera. Y habría que añadirle que sería también una noche de despedia, y triste por ende. La mayoría de nuestros viejitos del tour se van mañana rumbo a República Checa y Hungría, mientras que nosotros lo haremos hacia Suiza y Austria. Así que ya te imaginarás en la cena todo el protocolo cuando esto sucede: despedidas, abrazos, besos, intercambio de direcciones, de correos electrónicos, promesas de volverse a ver y un sin fin de cosas que no se van a cumplir.

Ya estamos en territorio alemán. En territorio pueblerino rústico antiguo, pero a la vez en territorio urbano muy moderno. Alemania fue destruida en un gran porcentaje durante la Segunda Guerra, de modo que casi todas sus ciudades son nuevas.

Tal es el caso de Colonia, nuestro primer punto de visita esta mañana y en donde el principal atractivo es su inmensa catedral, de estilo gótico. Por dentro no es tan sorprendentemente como lo es por fuera: picos oscuros, picos y más picos. Creo es la construcción más voluminosa que he visto. Dos horas estuvimos ahí, las cuales aprovechamos para sacar fotos, entrar y salir al recinto, comer algo, conversar a las afueras, volver a entrar y volver a salir, pasear por los alrededores.





Volvimos al camión. Fue todo lo que conocimos de Colonia, su catedral. Nos quedaban aún otras dos horas de camino para llegar a nuestro segundo destino, de modo que las aprovechamos para dormir profundamente y comenzar el inevitable cabeceo. Es divertidísimo. Como yo voy del lado de la ventana, ya van dos ocasiones que me pego con ella. A ver si no me sale un chichón. Y cuando volteo atrás y veo tanto a Andrés como a Adrián cabeceando, y a la vez a Manuel a mi lado haciendo lo mismo, me quedo viéndolos esperando a que cualquiera de los tres se de el golpazo y se despierte asustado, cosa que tarde o temprano sucede.

A mitad de trayecto llegamos a una especie de puerto, pues navegaríamos un rato por el Río Rhín. Como nuestra pequeña embarcación aún no llegaba por nosotros, nos pusimos a fisgonear las tiendas que hay en esa misma explanada. Entramos a una donde atendía un señor alemán que estudió español en Cuernavaca. Así que nos trató de maravilla, porque dijo que a él en México lo habían tratado de la misma forma. Dijo que teníamos, sólo nosotros cuatro, el treinta por ciento de descuento en toda la tienda y luego nos pasó a una especie de cocina en donde había un refrigerador, sacó una botella de vino de durazno y nos dio a probarlo. ¡Vino delicioso! No había probado uno igual. Pero no teníamos intención de comprar nada, así que le dimos las gracias amablemente y nos despedimos en medio de sonrisas y saludos.

Claro, Andrés ya se había tardado y en medio de su descuido y despiste, se estaba llevando en una de sus manos un objeto de la tienda sin darse cuenta, todo hay que decirlo. Ya nos encontrábamos fuera caminando rumbo al barquito cuando vimos que el señor venía detrás de nosotros, persiguiéndonos, pues se dio cuenta que Andrés se había llevado el objeto sin pagarlo. Nos dio mucha pena, ya que se había portado demasiado bien con nosotros y se lo regresamos en medio de una y mil disculpas. De ahí en adelante, ya te imaginarás todos los apodos que le cayeron al pobre de Andrés referentes a los ladrones.

Bueno, por fin abordamos. Sería una hora de camino a través del Rhin. Fuimos hasta el último piso para sentir el aire y nos sentamos. El recorrido es muy atractivo para la vista. Casi todo el trayecto esta rodeado de murallas. Arriba, en las montañas, se logran ver torreones y castillos. Mucha vegetación. Viñedos, montones de viñedos y cabañas.





Debo confesar que también llegó a ser soso. Vimos las cosas y nos llamaron mucho la atención. Las disfrutamos, tomamos fotos, platicamos, dijimos algo, regresamos la vista a los paisajes y ya no llaman igual la atención como antes. A lo mejor es la falta de sueño, tan atrasado que lo traemos. Y más tu servidor, pues cuando todos duermen por la noche, yo te escribo. Sin embargo fue una grata y particular experiencia.





Dejamos el multimencionado barquito y el Rhin, para subir nuevamente al camión. En total fueron doce horas de camino las que hicimos durante el día. Avanzada la tarde arribamos a Frankfurt.

Frankfurt fue un noventa y cinco por ciento destruida durante la Segunda Guerra, por lo que es sumamente moderna, debido a su reconstrucción. Pero ése cinco por ciento restante, que sobrevivió a los bombardeos, es sumamente pintoresco. Muy alemán. Casas cuadriculadas de colores, con sus verde azul y rojo, iglesias y construcciones pequeñas. Parece una villa de las que venden en épocas navideñas. La gente con su vestimenta verde, muy rubios casi todos. Las señoras con unos brazos fuertes y ¡cerveza por doquier!

Es agradable Frankfurt.




Una vez instalados en el hotel, agotadísimos por el viaje, nos dimos cuenta de que había en el último piso alberca y sauna. Es un hotel más bien lujoso. No como el un metro por dos de Burdeos. Así que antes de cenar, decidimos ir a la alberca. Ya nos hacía falta hacer algo distinto a cuestiones arquitectónicas y culturales y despejarnos un poco.

De modo que nos dirigimos al elevador con nuestros trajes y toallas, lo pedimos apretando el botón rojo, esperamos algunos segundos, llegó y se abrió la puerta:

¡¡¡¡¡ANTONIO!!!!!

- ¡Hola chicos! ¿también van al Sauna?

-Sí – contesté pisando el pié de Andrés que comenzó a reírse porque Antonio llevaba puesta una tanguita. Antonio es más bien panzón. Está pelón y cachetón. No tuvimos otra opción que compartir elevador con él, de modo que subimos. Adrián y Andrés cerraron los ojos para no reírse frente a Antonio. Yo sólo deseaba que llegáramos ya. Pero era inevitable la tentación de voltearlo a ver, él en su tanga, presumiendo sus flácidas partes tan vanidosamente. Llegamos.

-¡Hey! Nos faltó Manuel, ¡regresemos por él!- dije.

-¡Sí, sí, sí, vamos, vamos!- dijeron Adrián y Andrés.

Salió Antonio del elevador, se cerraron las puertas con nosotros dentro y salió también un torrente de carcajadas malévolas llenas de veneno y de crueldad. Llegamos a nuestro cuarto casi corriendo y Andrés, literalmente, comenzó a brincar frente a Manuel:

-¡ANTONIO EN TANGA! ¡ANTONIO EN TANGA!

-Noooooooooooooooooooooooooo- dijo Manuel, del todo incrédulo pero con una seria ilusión de creerlo.

-¡Sí, sí, es en serio!- dijo Adrián.

-¡Esto lo tengo que ver!- contestó.

Así que volvimos a tomar el elevador, muy entusiasamados, para llegar al piso de arriba. Pero Antonio no estaba. Su tanga tampoco. Ni su panza ni sus cachetes. De modo que Manuel pensó que lo habíamos bromeado y no nos quedó de otra que meternos a nadar. Fue rápido porque nuestro principal objetivo era el sauna, pero queríamos estar bien empapados y con algo de frío para disfrutarlo más.

De modo que nos mojamos y tomamos algo de frío. Entramos al Sauna y ¡Antonio! ¡Estaba ahí! Boca arriba y su panza cayéndole por los dos lados. Con los brazos bajo su cabeza.

-¡Hola chicos!- saludó sonriendo.

Adrián sonrió como quien abre un juguete. Andrés dijo que mejor se regresaba a la alberca. No se escucharon sus risas, afortunadamente. Yo me puse en la misma posición que Antonio, pero yo sin panza, claro. Y cerré los ojos para no ver. Manuel, como siempre le toca al pobre, comenzó a platicar con él. Antonio comentó que se irá a la República Checa y a Hungría, lo que nos causó una severa tristeza, pues es quien nos hace reír en la carretera y a cada rato con lo que hace o dice.

Fuimos a secarnos y a ponernos ropa para ir a cenar. Era la cena de despedida. El matrimonio de viejitos argentinos, la familia chilena, los dos matrimonios mexicanos, todos ellos se irán, junto con Antonio y su madre, por el otro camino. Tendremos que hacer nuevos amigos con la gente que se unirá mañana al tour. Aunque el viejito gruñón se queda. Y las molestas puertorriqueñas también.

Por cierto que no han dejado de felicitarnos por lo buenos muchachitos que somos. Por tanta educación y buen uso del lenguaje. Por ser tan considerados y caballerosos. Y por la amabilidad que les hemos brindado. Nos felicitan y mandan felicitar a nuestros papás y hasta a los papás de nuestros papás. Eso sí, no han dejado de comentar un solo día durante las comidas y cenas, el suceso de la noche en Burdeos, cuando unos chamacos no los dejaron dormir en toda la noche por el ruido y los gritos y las cosas que entre ellos se aventaban de ventana a ventana. Lo recuerdan y les vuelve a dar coraje.


Ni se imaginan que fuimos nosotros.




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