10/Jun/01
XIII
Amsterdam-Colonia-Rhin-Frankfurt
Muy temprano dejamos Los Países Bajos, en lo que sería otro día de carretera. Y habría que añadirle que sería también una noche de despedia, y triste por ende. La mayoría de nuestros viejitos del tour se van mañana rumbo a República Checa y Hungría, mientras que nosotros lo haremos hacia Suiza y Austria. Así que ya te imaginarás en la cena todo el protocolo cuando esto sucede: despedidas, abrazos, besos, intercambio de direcciones, de correos electrónicos, promesas de volverse a ver y un sin fin de cosas que no se van a cumplir.
Ya estamos en territorio alemán. En territorio
pueblerino rústico antiguo, pero a la vez en territorio urbano muy moderno. Alemania
fue destruida en un gran porcentaje durante la Segunda Guerra, de modo que casi
todas sus ciudades son nuevas.
Tal es el caso de Colonia, nuestro primer punto de
visita esta mañana y en donde el principal atractivo es su inmensa catedral, de
estilo gótico. Por dentro no es tan sorprendentemente como lo es por fuera: picos
oscuros, picos y más picos. Creo es la construcción más voluminosa que he
visto. Dos horas estuvimos ahí, las cuales aprovechamos para sacar fotos, entrar
y salir al recinto, comer algo, conversar a las afueras, volver a entrar y
volver a salir, pasear por los alrededores.
Volvimos al camión. Fue todo lo que conocimos de
Colonia, su catedral. Nos quedaban aún otras dos horas de camino para llegar a
nuestro segundo destino, de modo que las aprovechamos para dormir profundamente
y comenzar el inevitable cabeceo. Es divertidísimo. Como yo voy del lado de la
ventana, ya van dos ocasiones que me pego con ella. A ver si no me sale un
chichón. Y cuando volteo atrás y veo tanto a Andrés como a Adrián cabeceando, y
a la vez a Manuel a mi lado haciendo lo mismo, me quedo viéndolos esperando a
que cualquiera de los tres se de el golpazo y se despierte asustado, cosa que
tarde o temprano sucede.
A mitad de trayecto llegamos a una especie de
puerto, pues navegaríamos un rato por el Río Rhín. Como nuestra pequeña
embarcación aún no llegaba por nosotros, nos pusimos a fisgonear las tiendas
que hay en esa misma explanada. Entramos a una donde atendía un señor alemán
que estudió español en Cuernavaca. Así que nos trató de maravilla, porque dijo
que a él en México lo habían tratado de la misma forma. Dijo que teníamos, sólo
nosotros cuatro, el treinta por ciento de descuento en toda la tienda y luego
nos pasó a una especie de cocina en donde había un refrigerador, sacó una
botella de vino de durazno y nos dio a probarlo. ¡Vino delicioso! No había
probado uno igual. Pero no teníamos intención de comprar nada, así que le dimos
las gracias amablemente y nos despedimos en medio de sonrisas y saludos.
Claro, Andrés ya se había tardado y en medio de
su descuido y despiste, se estaba llevando en una de sus manos un objeto de la
tienda sin darse cuenta, todo hay que decirlo. Ya nos encontrábamos fuera
caminando rumbo al barquito cuando vimos que el señor venía detrás de nosotros,
persiguiéndonos, pues se dio cuenta que Andrés se había llevado el objeto sin
pagarlo. Nos dio mucha pena, ya que se había portado demasiado bien con
nosotros y se lo regresamos en medio de una y mil disculpas. De ahí en adelante,
ya te imaginarás todos los apodos que le cayeron al pobre de Andrés referentes
a los ladrones.
Bueno, por fin abordamos. Sería una hora de
camino a través del Rhin. Fuimos hasta el último piso para sentir el aire y nos
sentamos. El recorrido es muy atractivo para la vista. Casi todo el trayecto
esta rodeado de murallas. Arriba, en las montañas, se logran ver torreones y
castillos. Mucha vegetación. Viñedos, montones de viñedos y cabañas.
Debo confesar que también llegó a ser soso.
Vimos las cosas y nos llamaron mucho la atención. Las disfrutamos, tomamos
fotos, platicamos, dijimos algo, regresamos la vista a los paisajes y ya no
llaman igual la atención como antes. A lo mejor es la falta de sueño, tan
atrasado que lo traemos. Y más tu servidor, pues cuando todos duermen por la
noche, yo te escribo. Sin embargo fue una grata y particular experiencia.
Dejamos el multimencionado barquito y el Rhin,
para subir nuevamente al camión. En total fueron doce horas de camino las que
hicimos durante el día. Avanzada la tarde arribamos a Frankfurt.
Frankfurt fue un noventa y cinco por ciento
destruida durante la Segunda Guerra, por lo que es sumamente moderna, debido a
su reconstrucción. Pero ése cinco por ciento restante, que sobrevivió a los
bombardeos, es sumamente pintoresco. Muy alemán. Casas cuadriculadas de colores,
con sus verde azul y rojo, iglesias y construcciones pequeñas. Parece una villa
de las que venden en épocas navideñas. La gente con su vestimenta verde, muy
rubios casi todos. Las señoras con unos brazos fuertes y ¡cerveza por doquier!
Es agradable Frankfurt.
Una vez instalados en el hotel, agotadísimos por el viaje, nos dimos cuenta de que había en el último piso alberca y sauna. Es un hotel más bien lujoso. No como el un metro por dos de Burdeos. Así que antes de cenar, decidimos ir a la alberca. Ya nos hacía falta hacer algo distinto a cuestiones arquitectónicas y culturales y despejarnos un poco.
De modo que nos dirigimos al elevador con
nuestros trajes y toallas, lo pedimos apretando el botón rojo, esperamos
algunos segundos, llegó y se abrió la puerta:
¡¡¡¡¡ANTONIO!!!!!
- ¡Hola chicos! ¿también van al Sauna?
-Sí – contesté pisando el pié de Andrés que
comenzó a reírse porque Antonio llevaba puesta una tanguita. Antonio es más
bien panzón. Está pelón y cachetón. No tuvimos otra opción que compartir
elevador con él, de modo que subimos. Adrián y Andrés cerraron los ojos para no
reírse frente a Antonio. Yo sólo deseaba que llegáramos ya. Pero era inevitable
la tentación de voltearlo a ver, él en su tanga, presumiendo sus flácidas
partes tan vanidosamente. Llegamos.
-¡Hey! Nos faltó Manuel, ¡regresemos por él!- dije.
-¡Sí, sí, sí, vamos, vamos!- dijeron Adrián y
Andrés.
Salió Antonio del elevador, se cerraron las
puertas con nosotros dentro y salió también un torrente de carcajadas malévolas
llenas de veneno y de crueldad. Llegamos a nuestro cuarto casi corriendo y
Andrés, literalmente, comenzó a brincar frente a Manuel:
-¡ANTONIO EN TANGA! ¡ANTONIO EN TANGA!
-Noooooooooooooooooooooooooo- dijo Manuel, del
todo incrédulo pero con una seria ilusión de creerlo.
-¡Sí, sí, es en serio!- dijo Adrián.
-¡Esto lo tengo que ver!- contestó.
Así que volvimos a tomar el elevador, muy
entusiasamados, para llegar al piso de arriba. Pero Antonio no estaba. Su tanga
tampoco. Ni su panza ni sus cachetes. De modo que Manuel pensó que lo habíamos
bromeado y no nos quedó de otra que meternos a nadar. Fue rápido porque nuestro
principal objetivo era el sauna, pero queríamos estar bien empapados y con algo
de frío para disfrutarlo más.
De modo que nos mojamos y tomamos algo de frío. Entramos
al Sauna y ¡Antonio! ¡Estaba ahí! Boca arriba y su panza cayéndole por los dos
lados. Con los brazos bajo su cabeza.
-¡Hola chicos!- saludó sonriendo.
Adrián sonrió como quien abre un juguete. Andrés
dijo que mejor se regresaba a la alberca. No se escucharon sus risas,
afortunadamente. Yo me puse en la misma posición que Antonio, pero yo sin
panza, claro. Y cerré los ojos para no ver. Manuel, como siempre le toca al
pobre, comenzó a platicar con él. Antonio comentó que se irá a la República
Checa y a Hungría, lo que nos causó una severa tristeza, pues es quien nos hace
reír en la carretera y a cada rato con lo que hace o dice.
Fuimos a secarnos y a ponernos ropa para ir a
cenar. Era la cena de despedida. El matrimonio de viejitos argentinos, la
familia chilena, los dos matrimonios mexicanos, todos ellos se irán, junto con
Antonio y su madre, por el otro camino. Tendremos que hacer nuevos amigos con
la gente que se unirá mañana al tour. Aunque el viejito gruñón se queda. Y las
molestas puertorriqueñas también.
Por cierto que no han dejado de felicitarnos por
lo buenos muchachitos que somos. Por tanta educación y buen uso del lenguaje.
Por ser tan considerados y caballerosos. Y por la amabilidad que les hemos
brindado. Nos felicitan y mandan felicitar a nuestros papás y hasta a los papás
de nuestros papás. Eso sí, no han dejado de comentar un solo día durante las
comidas y cenas, el suceso de la noche en Burdeos, cuando unos chamacos no los
dejaron dormir en toda la noche por el ruido y los gritos y las cosas que entre
ellos se aventaban de ventana a ventana. Lo recuerdan y les vuelve a dar coraje.
Ni se imaginan que fuimos nosotros.
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