29/May/01
II
Madrid
- ¿Güey?
- Mhh...
- ¿Quién eres?
- Manuel
- ¿Manuel mi primo?
- Que sí…
- ¿En dónde estamos?
- En Madrid.
-A chinga, neta.
No nos fue tan difícil despertar, pero yo batallé para aterrizar
mi realidad. Amanecer en Euorpa me movió mi humile realidad aldeana. Llevaba
años despertando en Torreón, una ciudad perdida en medio de la nada, en el
corazón del más árido desierto ¿qué hacía de repente en Madrid? Pero logré
calmar mis pensamientos, recordar el por qué de las cosas, el viaje en avión, a
mis primos, a mi abuela y su delicioso regalo y hasta en mi antiguo trabajo
como comentarista de futbol, ahora perdido. En muy poco tiempo mi presente
había cambiado. De obrero a turista, ¿cómo? ¿de dónde? ¿para qué? Era yo sólo
un juguete del destino. Pensé en vomitar, pero no había nadie con quién hacerme
el sufrido (Manuel ya se sabe todas mis mañas y ya no me compra nada) y concluí
en que no valdría la pena tanto teatro.
Bajamos a desayunar al restaurante del hotel. Ahí nos había citado
el tour y teníamos que estar desde las ocho. Comenzamos a observar a los que
serían nuestros compañeros de viaje: argentinos en su mayoría, también chilenos,
colombianos y unas mujeres mexicanas. Pero todos son señores, matrimonios,
ancianos. Ninguna posible conquista. Nadie de nuestra edad: alguna elegante
mujer, o jovencitas de rosadas mejillas, o solteras ávidas de aventura, o
alguna bella divorciada que buscara el encanto europeo, todas entrarían en el
menú, pero no, nada. Mi abuela nos conoce. No iba enviar a Los Cuatro García a
un campo de amapolas. Casi nos envió a un apostolado. Nos jugó una lujosa
broma, la abuela. La imagino con su puro, como Sara García, riéndose de
nosotros, lejos de casa, nosotros en Europa, rodeados de gente mayor sin
ninguna yang que compenetre a tan laguneros yings. Daremos catecismo a los
viejitos, sí, eso haremos.
Llegó la guía y se presentó: Carmen, española, será nuestra madre
en los siguientes treinta días. Nos explicó interminables cosas, hasta habló de
San Pedro y que con nuestra conducta ganaríamos o no las llaves del Paraíso, y
al final tomó lista. Estábamos todos: viejitos, viejitas y laguneros. Abordamos
el camión y escogimos bien los lugares, porque ésos serán nuestros asientos
durante todo el mes. Arrancó el chofer, Juan, de Zaragoza, quien también se
presentó ante nosotros, viejitas, viejitos y laguneros y esta historia
comienza.
Madrid se nos presentó muy interesante. Casi inmediatamente al
iniciar el recorrido, ahí estaba: grande, majestuosa, de piedra, antigua, sola:
La Puerta de Alcalá.
- ¡Mírala, mírala, mírala, mírala, mira´lá! – dije a Manuel
sarandéandolo.
- ¡¿Qué cosa?!- preguntó molesto.
- La Puerta de Alcalá, mírala, mírala, mírala, mira´lá.
- Payaso a bordo- alcanzó a decir.
No describiré detalladamente todo lo que vimos. Sobre todo construcciones
antiguas, pero sí te contaré que me sentí un poco frustrado. Una semana antes
de iniciar este viaje leí un libro sobre Historia del Arte en Europa, según yo
para poder distinguir una cosa de otra, en especial en catedrales, monumentos y
estilos arquitectónicos. Lo leí con interés y entusuiasmo. Pero ahora sé que no
sirvió de mucho. Digo, claro que sirvió, es bagage cultural, pero lo hice con
el proósito de reconocer rápidamente lo gótico, lo románico, lo árabe (ese sí
lo reconozco con facilidad, cualquiera lo hace), lo renacentista, lo barroco y
todo ha sido un rotundo fracaso. Veo contrucciones, me quedo con la boca abierta,
trato de recordar, comparar y concluir, y nada. Estoy en blanco. Maldita sea.
Leo y de nada me sirve. He estudiando tanto y sigo sin saber nada de historia,
ni de arte, ni de catedrales, ni de pintura. En la práctica soy un fiasco. No
distingo las cosas, estoy a nada de inventar la rueda, de descubrir el fuego y
rascarme las rojas nalgas, confuso. En fin, pienso que avanzo y sólo retrocedo.
Paseamos por las calles más importantes. Insisto que sería muy
cansado para mi y muy pesado para ti describirte cada palacio y/o monumento que
vimos. Pero Madrid es muy Madrid. Tiene su personalidad bien definida y mucha
belleza. También visitamos por fuera el Estadio Santiago Bernabeu y la Plaza de
Toros, ésta última impresionante, con estilo mudéjar (¿Ah…, qué tal? ¿No que no
servía leer?).
La tarde la tuvimos libre y decidimos ir al Museo del Prado, por
recomendación de la guía y la verdad es que todos los del tour tomaron la misma
decisión. Manuel y yo nos deteníamos mucho en cada cuadro, lo que ocasionó que
Adrián y Andrés nos dejaran muy atrás.
Me impresionó Rubens, a quien no conocía, sobretodo por su
temática bíblica y sus pasajes mitológicos, que tanto me gustan. De Ribeira fue
majestuoso, temas religiosos con una fuerza y oscuridad tremendas. Caso aparte
fue Velázquez, no lo conocía bien y me dejó boquiabierto. Vimos sus famosas
Meninas con detenimiento, es impresionante estar frente a la obra. Goya, pues
es Goya: fuerza, ira, oscuridad, miedo. Pasamos más del tiempo necesario frente
a su famosa Maja Desnuda. A El Greko no creo haberlo entendido, pero su uso de
los colores y sus personajes estriados me fascinaron. Boticelli, ¿qué hace aquí
Boticelli? como siempre, espectacular y colorido, aunque no deja de verse
antiguo. Rafael, sin duda, lo mejor. Sólo tres cuadros de él, pero en
particular me inclino por el Renacimiento y para eso, Rafael se pinta solo (¡Dah!).
Hubo más pintores, muchos, muchos más. En total pasamos cuatro horas
y media dentro de El Prado y no lo alcanzamos a ver todo. Comimos ahí mismo,
paella. Al final del recorrido, no aguantábamos los pies, ni los chamorros, ni el
cuello, todo nos ardía. De escultura no entiendo mucho, creo más bien que no
entiendo nada, pero me gusta verlas: tan vivas, grandes, pesadas, blancas, tan
antiguas. Algunas incluso del siglo I o II antes de Cristo. También estaba el
Tesoro del Delfín: utensilios de uso diario, hechos de oro, diamante y demás
piedras preciosas.
Salimos finalmente. Pero sólo para entrar a otro museo, pues
tenemos poco tiempo y mientras más podamos conocer de Madrid, mejor, ya que
mañana nos vamos. Uno especial para los españoles Picasso, Dalí y Miró. La
verdad es que me decepcionó un poco. No estaban las obras más importantes de
ningunno los tres. A Picasso no lo entiendo, pero me agrada su rebeldía. Dalí,
increíble: loco, desesperado, demente, atrevido, simplemente genial. Miró, no
acaba por gustarme, es un hecho que yo soy un ignorante, pero su pintura sigue
sin comunicarme nada. Aunque me gusta que su pintura se ve muy moderna.
Sin pies, sin fuerzas, sin sentidos, sin ánima, encontramos la
salida. Caminamos hasta el hotel llenos de arte, pero vacíos de energía.
Descansamos una hora en la que dormimos roncando con estrépito. Mis ronquidos
despertaban a Manuel y los de Manuel a mí. Supongo lo mismo pasó en el otro
cuarto.
Ya descansaditos, por la noche fuimos a cenar y después de compras
al Corte Inglés, visita obligada, pues es un cielo de tres pisos atestado de
libros y películas difíciles de conseguir. Aunque normalmente gasto lo que no
tengo en literatura, cine y música, esta vez adquirí únicamente un llavero con
mi apellido, su escudo y su historia detrás: los Buendía. Madrid me ha encantado.
Mañana dejamos España, tan rápido, y seguramente extrañaremos el
lenguaje. Mientras eso sucede, tenemos unas seis o siete horas para dormir,
pues bien portaditos, sin posible conquista a la vista, lo tenemos más que merecido.
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