martes, 15 de abril de 2014

Carta II

29/May/01


II


Madrid


- ¿Güey?

- Mhh...

- ¿Quién eres?

- Manuel

- ¿Manuel mi primo?

- Que sí…

- ¿En dónde estamos?

- En Madrid.

-A chinga, neta.

No nos fue tan difícil despertar, pero yo batallé para aterrizar mi realidad. Amanecer en Euorpa me movió mi humile realidad aldeana. Llevaba años despertando en Torreón, una ciudad perdida en medio de la nada, en el corazón del más árido desierto ¿qué hacía de repente en Madrid? Pero logré calmar mis pensamientos, recordar el por qué de las cosas, el viaje en avión, a mis primos, a mi abuela y su delicioso regalo y hasta en mi antiguo trabajo como comentarista de futbol, ahora perdido. En muy poco tiempo mi presente había cambiado. De obrero a turista, ¿cómo? ¿de dónde? ¿para qué? Era yo sólo un juguete del destino. Pensé en vomitar, pero no había nadie con quién hacerme el sufrido (Manuel ya se sabe todas mis mañas y ya no me compra nada) y concluí en que no valdría la pena tanto teatro.

Bajamos a desayunar al restaurante del hotel. Ahí nos había citado el tour y teníamos que estar desde las ocho. Comenzamos a observar a los que serían nuestros compañeros de viaje: argentinos en su mayoría, también chilenos, colombianos y unas mujeres mexicanas. Pero todos son señores, matrimonios, ancianos. Ninguna posible conquista. Nadie de nuestra edad: alguna elegante mujer, o jovencitas de rosadas mejillas, o solteras ávidas de aventura, o alguna bella divorciada que buscara el encanto europeo, todas entrarían en el menú, pero no, nada. Mi abuela nos conoce. No iba enviar a Los Cuatro García a un campo de amapolas. Casi nos envió a un apostolado. Nos jugó una lujosa broma, la abuela. La imagino con su puro, como Sara García, riéndose de nosotros, lejos de casa, nosotros en Europa, rodeados de gente mayor sin ninguna yang que compenetre a tan laguneros yings. Daremos catecismo a los viejitos, sí, eso haremos.

Llegó la guía y se presentó: Carmen, española, será nuestra madre en los siguientes treinta días. Nos explicó interminables cosas, hasta habló de San Pedro y que con nuestra conducta ganaríamos o no las llaves del Paraíso, y al final tomó lista. Estábamos todos: viejitos, viejitas y laguneros. Abordamos el camión y escogimos bien los lugares, porque ésos serán nuestros asientos durante todo el mes. Arrancó el chofer, Juan, de Zaragoza, quien también se presentó ante nosotros, viejitas, viejitos y laguneros y esta historia comienza.

Madrid se nos presentó muy interesante. Casi inmediatamente al iniciar el recorrido, ahí estaba: grande, majestuosa, de piedra, antigua, sola: La Puerta de Alcalá.

-       ¡Mírala, mírala, mírala, mírala, mira´lá! – dije a Manuel sarandéandolo. 

-       ¡¿Qué cosa?!- preguntó molesto.

-       La Puerta de Alcalá, mírala, mírala, mírala, mira´lá.

-       Payaso a bordo- alcanzó a decir.

No describiré detalladamente todo lo que vimos. Sobre todo construcciones antiguas, pero sí te contaré que me sentí un poco frustrado. Una semana antes de iniciar este viaje leí un libro sobre Historia del Arte en Europa, según yo para poder distinguir una cosa de otra, en especial en catedrales, monumentos y estilos arquitectónicos. Lo leí con interés y entusuiasmo. Pero ahora sé que no sirvió de mucho. Digo, claro que sirvió, es bagage cultural, pero lo hice con el proósito de reconocer rápidamente lo gótico, lo románico, lo árabe (ese sí lo reconozco con facilidad, cualquiera lo hace), lo renacentista, lo barroco y todo ha sido un rotundo fracaso. Veo contrucciones, me quedo con la boca abierta, trato de recordar, comparar y concluir, y nada. Estoy en blanco. Maldita sea. Leo y de nada me sirve. He estudiando tanto y sigo sin saber nada de historia, ni de arte, ni de catedrales, ni de pintura. En la práctica soy un fiasco. No distingo las cosas, estoy a nada de inventar la rueda, de descubrir el fuego y rascarme las rojas nalgas, confuso. En fin, pienso que avanzo y sólo retrocedo.


Paseamos por las calles más importantes. Insisto que sería muy cansado para mi y muy pesado para ti describirte cada palacio y/o monumento que vimos. Pero Madrid es muy Madrid. Tiene su personalidad bien definida y mucha belleza. También visitamos por fuera el Estadio Santiago Bernabeu y la Plaza de Toros, ésta última impresionante, con estilo mudéjar (¿Ah…, qué tal? ¿No que no servía leer?).




La tarde la tuvimos libre y decidimos ir al Museo del Prado, por recomendación de la guía y la verdad es que todos los del tour tomaron la misma decisión. Manuel y yo nos deteníamos mucho en cada cuadro, lo que ocasionó que Adrián y Andrés nos dejaran muy atrás.



Me impresionó Rubens, a quien no conocía, sobretodo por su temática bíblica y sus pasajes mitológicos, que tanto me gustan. De Ribeira fue majestuoso, temas religiosos con una fuerza y oscuridad tremendas. Caso aparte fue Velázquez, no lo conocía bien y me dejó boquiabierto. Vimos sus famosas Meninas con detenimiento, es impresionante estar frente a la obra. Goya, pues es Goya: fuerza, ira, oscuridad, miedo. Pasamos más del tiempo necesario frente a su famosa Maja Desnuda. A El Greko no creo haberlo entendido, pero su uso de los colores y sus personajes estriados me fascinaron. Boticelli, ¿qué hace aquí Boticelli? como siempre, espectacular y colorido, aunque no deja de verse antiguo. Rafael, sin duda, lo mejor. Sólo tres cuadros de él, pero en particular me inclino por el Renacimiento y para eso, Rafael se pinta solo (¡Dah!).

Hubo más pintores, muchos, muchos más. En total pasamos cuatro horas y media dentro de El Prado y no lo alcanzamos a ver todo. Comimos ahí mismo, paella. Al final del recorrido, no aguantábamos los pies, ni los chamorros, ni el cuello, todo nos ardía. De escultura no entiendo mucho, creo más bien que no entiendo nada, pero me gusta verlas: tan vivas, grandes, pesadas, blancas, tan antiguas. Algunas incluso del siglo I o II antes de Cristo. También estaba el Tesoro del Delfín: utensilios de uso diario, hechos de oro, diamante y demás piedras preciosas.

Salimos finalmente. Pero sólo para entrar a otro museo, pues tenemos poco tiempo y mientras más podamos conocer de Madrid, mejor, ya que mañana nos vamos. Uno especial para los españoles Picasso, Dalí y Miró. La verdad es que me decepcionó un poco. No estaban las obras más importantes de ningunno los tres. A Picasso no lo entiendo, pero me agrada su rebeldía. Dalí, increíble: loco, desesperado, demente, atrevido, simplemente genial. Miró, no acaba por gustarme, es un hecho que yo soy un ignorante, pero su pintura sigue sin comunicarme nada. Aunque me gusta que su pintura se ve muy moderna.

Sin pies, sin fuerzas, sin sentidos, sin ánima, encontramos la salida. Caminamos hasta el hotel llenos de arte, pero vacíos de energía. Descansamos una hora en la que dormimos roncando con estrépito. Mis ronquidos despertaban a Manuel y los de Manuel a mí. Supongo lo mismo pasó en el otro cuarto.
Ya descansaditos, por la noche fuimos a cenar y después de compras al Corte Inglés, visita obligada, pues es un cielo de tres pisos atestado de libros y películas difíciles de conseguir. Aunque normalmente gasto lo que no tengo en literatura, cine y música, esta vez adquirí únicamente un llavero con mi apellido, su escudo y su historia detrás: los Buendía. Madrid me ha encantado.


Mañana dejamos España, tan rápido, y seguramente extrañaremos el lenguaje. Mientras eso sucede, tenemos unas seis o siete horas para dormir, pues bien portaditos, sin posible conquista a la vista, lo tenemos más que merecido.





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