04/Jun/01
VII
París
Último día en París. Como mañana partimos muy
temprano a Inglaterra, ya nos preparamos mentalmente y hemos despedido este
maravilloso lugar con cierta nostalgia. Ha sido un grato regalo de la vida el
habernos permitido estar aquí cinco días. El último teníamos que cerrarlo con
broche de oro, de historia, de arte, y para eso, obviamente el Museo de Louvre.
El cansancio por tanta levantada tan temprano,
caminatas, cambio de comidas y horario, finalmente nos pegó y esta mañana de
domingo nos levantamos muy tarde, ya que nos tocó el día libre y pudimos
utilizarlo a nuestra entera disposición. En el desayuno, que casi fue comida,
Adrián regañó airadamente a Andrés por tardarse cuarenta minutos en la regadera
y Manuel a mí que porque en las noches me pongo a escribir y no apago mi
maldita luz. ¡Oh pos bueno! Fue hasta la una de la tarde cuando llegamos a
Louvre, tras tomar el gracioso metro parisino.
Recorrer todo Louvre en un día es imposible. Son
300,000 piezas de arte, colocadas en trece kilómetros de recorrido. El museo es
enorme con diferentes pisos. Antiguamente fue el palacio en donde vivieron la
mayoría de los reyes franceses con sus cortesanos, hasta antes de la
construcción de Versalles.
Hice una propuesta en la que, según mi dudoso
criterio, pudiésemos aprovechar mejor la visita: Comenzaríamos con la escultura
francesa, después todo el arte egipcio, pasaríamos a lo Mesopotámico para
continuar con Grecia, Etruscos y Romanos. De ahí, daríamos un enorme salto
hacia el Renacimiento.
La propuesta fue aceptada aunque no del todo
cumplida. Hasta Egipto todo iba muy bien pero nos dispersamos y nuevamente
Manuel y yo nos quedamos atrás, separados de Andrés y Adrián. Decirte lo
maravillado que estuve está de más, pero hubo un momento en el cual me bloqueé,
tanto y tanto arte por doquier llegó a abrumarme. Mi cerebro se nubló por
querer comprenderlo todo, cosa que por supuesto no conseguí. Al principio
quería tener el recorrido bajo mi control, aprovechar y disfrutar cada cosa al
máximo. Pero después simplemente me dejé llevar a donde sea, caminar y a ver
qué nos encontrábamos. Mandamos el mapa al diablo.
Cansado, interesado, enojado al darme cuenta de
mi enorme ignorancia ante todo y sobre todos los temas, de pronto mi
concentración se fijó en ella: ahí estaba, desnuda. Muy sola. Muy antigua.
Mirándome con ojos ausentes. Toda blanca y sólo para mi: La Venus de Milo. ¡Ahí
estaba!
Sucedió después con otras obras famosas, en la
que mi emoción fue mayor a mi bloqueo mental. Llegamos a la sala de Leonardo. A
él sí hay que ponerle mucha atención, detenerse y eso hicimos. Entramos a una
pequeña sala aparte en donde sólo había tres pinturas del artista. Y entre
ellas estaba La Gioconda. ¡La Monalisa! Rodeada de gente, de cámaras, de
flashes. Es muy pequeña, siempre pensé que sería más grande. Esta protegida por
un cristal, incluso. Por supuesto que admiro esa obra, y mucho más a Leonardo,
pero me tiré un pedo.
YO ME TIRÉ UN PEDO FRENTE A LA MONA LISA.
Fue magnífico.
Seguimos el recorrido: La Edad Media, Grecia,
Roma, El Renacimiento, y objetos varios del siglo XVII. En total, tres horas
dentro. Dolor de chamorros, espalda baja, cuello, párpados y oídos. Manuel y yo
comimos dentro del Louvre y descansamos un rato en unas bancas, hablando de
todo y nada y viendo nuestros pies. Se supone que nos encontraríamos a Andrés y
a Adrián en una de las puertas para visitar juntos el Arco del Triunfo, pero
nunca llegaron. De modo que decidimos abandonar el Louvre con serio
agradecimiento a los artistas que han formado parte de la humanidad y lo
hicimos gustozos. Para llegar al Arco del Triunfo desde el Louvre hay que atravesar
los Campos Elíseos y a ello nos abocamos.
- Los que saben, dicen que ésta es la calle más
hermosa del mundo- dijo Manuel.
- Más bien lo dicen los que dicen que saben-
contesté.
- ¿Qué? – preguntó Manuel.
- ¿Qué?- contesté a manera de pregunta, muy
desconcertado.
Sin embargo, claro que tenía razón. La caminata
por los Campos Elíseos resultó muy extravagante y agradable. Tiendas de lujo,
de las marcas más finas, de todo tipo. Árboles en las aceras en todas sus
formas. Gente paseando, comprando, viviendo, cruzando, miles de personas. Aparadores
y aparadores de las mejores tiendas de ropa, lentes, bolsas, perfumes, en fin,
moda.
Finalmente llegamos a la Plaza de los Inválidos.
Lugar construido por Luis XIV y que alberga la tumba de Napoleón. Arribamos
agotados. Tras caminar horas dentro del Louvre, mas otra hora por la calle más
famosa del mundo, confesé a Manuel que yo ya era un cadáver con vida y que si
hacíamos la visita me quedaría muerto junto al buen Napoleón. Manuél aplaudió
mi postura, pidió de inmediato un taxi y nos largamos de ahí, pues era nuestro
día de descanso.
El taxi nos dejó en la estación de metró más
cercana y buscamos la manera de llegar al hotel. Era tarde ya, puesto que había
oscurecido. Ahí estaban desde hace mucho Andrés y Adrián, recostados en su
cuarto. Fuimos por ellos para sentarnos en el bar del hotel a descansar, tomar
algo y platicar. Fue un buen rato. Antes de dormir, hablé a Torreón, con mi
padre, y me contó los pormenores de mi tierra. Me preguntó que cómo la
estábamos pasando y que le contara con detalle, pero le respondí que ya lo
averiguaría en mis Cartas. Preguntó que cuáles Cartas. Las Europeas, contesté.
Mis primos duermen, París duerme. Y ahora mi
pluma duerme.
Tú ya duerme, ándale.
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