lunes, 21 de abril de 2014

Carta VII

04/Jun/01

VII

París




Último día en París. Como mañana partimos muy temprano a Inglaterra, ya nos preparamos mentalmente y hemos despedido este maravilloso lugar con cierta nostalgia. Ha sido un grato regalo de la vida el habernos permitido estar aquí cinco días. El último teníamos que cerrarlo con broche de oro, de historia, de arte, y para eso, obviamente el Museo de Louvre.

El cansancio por tanta levantada tan temprano, caminatas, cambio de comidas y horario, finalmente nos pegó y esta mañana de domingo nos levantamos muy tarde, ya que nos tocó el día libre y pudimos utilizarlo a nuestra entera disposición. En el desayuno, que casi fue comida, Adrián regañó airadamente a Andrés por tardarse cuarenta minutos en la regadera y Manuel a mí que porque en las noches me pongo a escribir y no apago mi maldita luz. ¡Oh pos bueno! Fue hasta la una de la tarde cuando llegamos a Louvre, tras tomar el gracioso metro parisino.

Recorrer todo Louvre en un día es imposible. Son 300,000 piezas de arte, colocadas en trece kilómetros de recorrido. El museo es enorme con diferentes pisos. Antiguamente fue el palacio en donde vivieron la mayoría de los reyes franceses con sus cortesanos, hasta antes de la construcción de Versalles.



Hice una propuesta en la que, según mi dudoso criterio, pudiésemos aprovechar mejor la visita: Comenzaríamos con la escultura francesa, después todo el arte egipcio, pasaríamos a lo Mesopotámico para continuar con Grecia, Etruscos y Romanos. De ahí, daríamos un enorme salto hacia el Renacimiento.

La propuesta fue aceptada aunque no del todo cumplida. Hasta Egipto todo iba muy bien pero nos dispersamos y nuevamente Manuel y yo nos quedamos atrás, separados de Andrés y Adrián. Decirte lo maravillado que estuve está de más, pero hubo un momento en el cual me bloqueé, tanto y tanto arte por doquier llegó a abrumarme. Mi cerebro se nubló por querer comprenderlo todo, cosa que por supuesto no conseguí. Al principio quería tener el recorrido bajo mi control, aprovechar y disfrutar cada cosa al máximo. Pero después simplemente me dejé llevar a donde sea, caminar y a ver qué nos encontrábamos. Mandamos el mapa al diablo.

Cansado, interesado, enojado al darme cuenta de mi enorme ignorancia ante todo y sobre todos los temas, de pronto mi concentración se fijó en ella: ahí estaba, desnuda. Muy sola. Muy antigua. Mirándome con ojos ausentes. Toda blanca y sólo para mi: La Venus de Milo. ¡Ahí estaba!



Sucedió después con otras obras famosas, en la que mi emoción fue mayor a mi bloqueo mental. Llegamos a la sala de Leonardo. A él sí hay que ponerle mucha atención, detenerse y eso hicimos. Entramos a una pequeña sala aparte en donde sólo había tres pinturas del artista. Y entre ellas estaba La Gioconda. ¡La Monalisa! Rodeada de gente, de cámaras, de flashes. Es muy pequeña, siempre pensé que sería más grande. Esta protegida por un cristal, incluso. Por supuesto que admiro esa obra, y mucho más a Leonardo, pero me tiré un pedo.

YO ME TIRÉ UN PEDO FRENTE A LA MONA LISA.

Fue magnífico.



Seguimos el recorrido: La Edad Media, Grecia, Roma, El Renacimiento, y objetos varios del siglo XVII. En total, tres horas dentro. Dolor de chamorros, espalda baja, cuello, párpados y oídos. Manuel y yo comimos dentro del Louvre y descansamos un rato en unas bancas, hablando de todo y nada y viendo nuestros pies. Se supone que nos encontraríamos a Andrés y a Adrián en una de las puertas para visitar juntos el Arco del Triunfo, pero nunca llegaron. De modo que decidimos abandonar el Louvre con serio agradecimiento a los artistas que han formado parte de la humanidad y lo hicimos gustozos. Para llegar al Arco del Triunfo desde el Louvre hay que atravesar los Campos Elíseos y a ello nos abocamos.

- Los que saben, dicen que ésta es la calle más hermosa del mundo- dijo Manuel.

- Más bien lo dicen los que dicen que saben- contesté.

- ¿Qué? – preguntó Manuel.

- ¿Qué?- contesté a manera de pregunta, muy desconcertado.

Sin embargo, claro que tenía razón. La caminata por los Campos Elíseos resultó muy extravagante y agradable. Tiendas de lujo, de las marcas más finas, de todo tipo. Árboles en las aceras en todas sus formas. Gente paseando, comprando, viviendo, cruzando, miles de personas. Aparadores y aparadores de las mejores tiendas de ropa, lentes, bolsas, perfumes, en fin, moda.

Finalmente llegamos a la Plaza de los Inválidos. Lugar construido por Luis XIV y que alberga la tumba de Napoleón. Arribamos agotados. Tras caminar horas dentro del Louvre, mas otra hora por la calle más famosa del mundo, confesé a Manuel que yo ya era un cadáver con vida y que si hacíamos la visita me quedaría muerto junto al buen Napoleón. Manuél aplaudió mi postura, pidió de inmediato un taxi y nos largamos de ahí, pues era nuestro día de descanso.

El taxi nos dejó en la estación de metró más cercana y buscamos la manera de llegar al hotel. Era tarde ya, puesto que había oscurecido. Ahí estaban desde hace mucho Andrés y Adrián, recostados en su cuarto. Fuimos por ellos para sentarnos en el bar del hotel a descansar, tomar algo y platicar. Fue un buen rato. Antes de dormir, hablé a Torreón, con mi padre, y me contó los pormenores de mi tierra. Me preguntó que cómo la estábamos pasando y que le contara con detalle, pero le respondí que ya lo averiguaría en mis Cartas. Preguntó que cuáles Cartas. Las Europeas, contesté.

Mis primos duermen, París duerme. Y ahora mi pluma duerme.


Tú ya duerme, ándale.





.

No hay comentarios:

Publicar un comentario