martes, 22 de abril de 2014

Carta VIII

05/Jun/01

VIII


París-Calais-Dover-Londres



Si recibiste mis Cartas de Viaje Torontinas, recordarás que mencioné a migración como una auténica y moderna inquisición. Lo dije porque verdaderamente lo es, te dehumanizan. Son una pesadilla. Son una grosería para la especie, un tumor. Una alergia. Epidemia. El infierno está lleno de agentes de migración. Si desciendes al averno te pasan una y otra vez, toda la eternidad, por aduanas. Es algo maligno, satánico. Detrás de un agente de migración, siempre está el diablo. En el cielo no existen, ahí pasas como Juan por su casa, muy orondo, contento y feliz. No. Ahora que lo pienso, en estas tan profundas meditaciones, más bien creo que es en el paraíso en donde más trabas y agentes de migración hay, porque es más complicado llegar al cielo. ¿No? En fin, eso qué importa. El caso es que considerando mi historial y fisonomía mexicana/iraní ya había sido mucha la suerte y tanta la tranquilidad en las fronteras de España y Francia, en donde ni siquiera me pidieron el pasaporte. Nomás me vieron pasar e ignoraron, como cuando mi ex me ve, con sutil y fría indiferencia.

Afortunadamente ya estamos en Londres, aunque por poco no lo consigo. Maldita migración. No dudo que la gente a la larga se vuelva loca, apoyen a equipos de fut o se pongan a escribir libros.

Pero te cuento: dejamos muy (excesivamente) temprano París. Con tristeza lo hicimos. La ciudad me marcó. Por favor no vayas a pensar que la ciudad me marcó por teléfono, no, ni mucho menos, quiero decir que quedé marcado de por vida con esta experiencia. Afuera de la Catedral de Notre Dame, en el suelo, hay un círculo metálico que se supone que si lo pisas, aseguras volver a la ciudad. Yo pasé encima de el círculo tres o cuatro minutos, ante la protesta de los demás turistas que también querían dar un rápido pisotón, pero poco me importó. Lo hice y es un hecho que volveré. ¿Cuándo? He ahí una duda existencial y de vida.

Muy pronto arribamos al puerto de Calais en donde nos esperaba un ferry para transportaros a Inglaterra. Embarcamos con todo y camión, aunque cada quien por su lado, pues aún no estamos tan apegados. El ferry, enorme: dos o tres bares, dos restaurantes, un pequeño cine, una tienda de souvenirs, pasillos, escaleras, juegos, sala de niños, etc... Teníamos que cruzar el Canal de la Mancha y el trayecto duraría aproximadamente dos horas. Fue magnífico ver a mi espalda la orilla francesa y de frente la inglesa.



Dentro del ferry me llevé el primer susto del día, pues en la comida, a mitad de ella, me acordé que la principal recomendación que nos dieron en la agencia de viajes fue no comer carne en Inglaterra, en especial de res . Tú sabes, el problema tan grave que brotó con las Vacas Locas y en especial en Inglaterra está tan fuerte, pues en en donde más casos se han presentado. De verdad que me asusté a media hamburguesa, cuando mis primos me recordaron la advertencia a mitad de su ensalada. Fui con nuestra guía a explicarle lo que pasaba, pero más que tranquilizarme se burló de mí. Al final, con manzanas y peras (lo hubiera hecho con cortes y costillitas) me calmó explicándome que eso sucede en los mercados de los suburbios ingleses y no en un ferry internacional, que no tendría en su menú tal platillo si pone en riesgo a su tripulación. Además, que ya está ese tema muy controlado y que aún nadie se ha muerto de eso, es decir, ni un humano. Vacas sí, muchas. Por si fuera poco, continuó, que qué hacía yo en medio de del Canal de la Mancha con una hamburguesa en la mano y que me fuera a sentar con los míos porque me iba a marear, vomitar y todo lo iba a empeorar. Le hice caso, pero no lo comí más. Sólo el postre, que tan caro me costó y que tanto saboreé. Era algo con Kiwi.

Desembarcamos en Dover, que ya es suelo británico. Tras el susto por la carne y sus Vacas Locas, aún faltaba otro: susto que siendo tan noche, me mantiene en insomnio y escribéndote, pues no lo he podido digerir. Bajamos del ferry y nos formamos en migración. Mis primos pasaron rápidamente. Tocó mi turno y también el de los demás viejitos del tour. Pasaron rápido, todos. A mi me cuestionaban, cuestionaban, cuestionaban. Cinco minutos, diez minutos. Quince minutos. ¡VEINTE! Era el único que faltaba de el camión. El agente no me quería dejar pasar porque le dije que terminé la universidad a los veinte años, el año pasado y que era licenciado en Comunicación. Él decía que de veinte años nadie se graduaba, que no era posible, que por qué le decía mentiras y que no creía que fuera mexicano, sino iraní. Además, tras contarle que viví todo el año pasado en Canadá, eso le olió muy mal. Pero eso le pasa por no leer las Cartas Torontinas.

Yo temblaba, de la aparente seguridad que uno debe tener en tales circunstancias, la fui perdiendo. El tiempo pasaba, no veía a nadie conocido a mi alrededor, los agentes de migración se decían cosas en secreto y luego me volteaban a ver y eso me hacía sentir Judas, comencé a sentir hasta pánico, me sudó la piel, la espalda y mis cachetes. El inglés se me bloqueó por completo después de ésos treinta minutos de incertidumbre y los nervios, desafiantes y rebeldes, se apoderaron de mi. Sólo esperaba un milagro, pues cada respuesta que daba era peor que la otra. Bonito mes en Europa iba a durar diez días. Pero de pronto sucedió. De nuevo, otra vez. Como en Toronto. En aquella ocasión también estaba atorado en migración y en el momento más tenso, como ahora en Inglaterra, de repente me dejaron pasar.

Lo que sucedió fue que enseñé mi boleto de regreso, la reservación, mi pertenencia al tour que impaciente me esperaba y el buenazo del agente (a quien odio con todo mi hígado alcoholizado) me hizo una carta de permiso para estar en Inglaterra por sólo tres días, que es el tiempo exacto que estaremos aquí. La grapó a mi pasaporte y asunto arreglado. Enflaqué como diecisiete kilos y ahora sólo peso veinte, pues no soy más que un flaco espinilludo.

El camión entero me aplaudió cuando subí por fin. Juan el chofer me gritó cosas, la guía se limpió el sudor. Los viejitos me palmearon la espalda, las viejitas aplaudieron y Antonio y su mamá me saludaron a lo lejos. Mis primos estaban ya asustados, pues me veían en un avión de retache, solo y abandonado. Me senté en mi lugar con calma, sonriente y seguro de mí, pero estaba aterrado. Mi cuerpo no me respondía y sólo dejé a mi cuerpo existir. Pinche agente, me sacó más de uno.

Rápidamente dejamos Dover y tiempo después entramos al mítico y legendario Londres. ¡Ah, Londres! Donde mis historias de adolescente, cuando Sherlock Holmes resolvía los casos más complejos con una maestría, astucia e inteligencia bárbaras; donde Shakespeare se hizo inmortal; donde Los Beatles grabaron sus grandes piezas; donde Wilde presentó su teatro; donde se desarrollan tantas lecturas de mi infancia; donde se filmó Naranja Mecánica; donde Chaplin inició; donde Dickens relató tanto y tanto; donde se escribió el Rey Arturo y su mesa redonda con Escalibur y Merlín; donde Robin Hood.

Tengo tres días para disfrutar, relajarme, admirar, caminar y llenarme de este aire y niebla londinense, antes de volverme a enfrentar a otra frontera, ahora la de Bélgica. Espero contar con la Escalibur. O con algún hechizo de Merlín. Presiento que las necesitaré.

Bueno, sigo sin dormir, así que te platico que aquí hay una tienda mundialmente famosa en donde está prohibido decir "no tenemos", Harrods se llama. Cuentan los que cuentan, que una señora, con el afán de lograr pedir algo que realmente no se pudiera conseguir, entró a la tienda y pidió al encargado un sándwich de jirafa. El encargado se lo dijo al gerente alarmado. Estaban asustados porque por primera vez en su historia, dirían "no tenemos" a una clienta. Así que el jefe del gerente fue con la señora, respetuosamente y le dijo: "Disculpe usted señora, no podemos venderle el sándwich de jirafa, pues se nos acabó el pan".

Ingenioso, ¿no?

Así era Churchill. Tú sabes que fue todo un personaje aquí y admiro muchas de sus frases en tiempos de guerra. Cuentan también los que cuentan, que no se llevaba nada bien con una señora que trabajaba con él en el gobierno. Ella lo criticaba mucho porque era un borracho. Un día ya no lo soportó más y le dijo:

- Churchill, eres un borracho

A lo que Churchill contestó:

- Sí, pero tú estas fea.


En otra ocasión, la misma señora, le dijo:

- Churchil, si tú y yo fuéramos esposos, te pondría veneno en el té.

A lo que el buen Winston contestó:

-Si tú y yo fuéramos esposos, con gusto me tomaría ése té.

Simples apuntes que fui recogiendo conforme nos adentramos en Londres y que logro recordar en esta noche tan oscura. Noche tan de Jack el Destripador, tan de Dickens y que con el afán de que no me dejes solo, te escribo.

Finalizamos la jornada con el tour nocturno: visitamos el Big Ben, El Palacio de Britinham, y el Bar Alberto, en donde por fin pudimos beber algunas cervezas, reír de mi suerte y seguí recibiendo sapes por parte de mis primos por tener la maldición de las aduanas.




Bebimos mucho. Hasta cantamos. Estábamos en Inglaterra y había que hacerlo de esa manera. Recuerdo mucho al último el color amarillo, pues regresamos caminando a orillas del río Támesis.

Recuerdo eso y esta mi cama,
que se mueve,

a veces.




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