05/Jun/01
VIII
París-Calais-Dover-Londres
Si recibiste mis Cartas de Viaje Torontinas,
recordarás que mencioné a migración como una auténica y moderna inquisición. Lo
dije porque verdaderamente lo es, te dehumanizan. Son una pesadilla. Son una
grosería para la especie, un tumor. Una alergia. Epidemia. El infierno está
lleno de agentes de migración. Si desciendes al averno te pasan una y otra vez,
toda la eternidad, por aduanas. Es algo maligno, satánico. Detrás de un agente
de migración, siempre está el diablo. En el cielo no existen, ahí pasas como
Juan por su casa, muy orondo, contento y feliz. No. Ahora que lo pienso, en
estas tan profundas meditaciones, más bien creo que es en el paraíso en donde
más trabas y agentes de migración hay, porque es más complicado llegar al cielo.
¿No? En fin, eso qué importa. El caso es que considerando mi historial y
fisonomía mexicana/iraní ya había sido mucha la suerte y tanta la tranquilidad
en las fronteras de España y Francia, en donde ni siquiera me pidieron el
pasaporte. Nomás me vieron pasar e ignoraron, como cuando mi ex me ve, con
sutil y fría indiferencia.
Afortunadamente ya estamos en Londres, aunque por
poco no lo consigo. Maldita migración. No dudo que la gente a la larga se
vuelva loca, apoyen a equipos de fut o se pongan a escribir libros.
Pero te cuento: dejamos muy (excesivamente)
temprano París. Con tristeza lo hicimos. La ciudad me marcó. Por favor no vayas
a pensar que la ciudad me marcó por teléfono, no, ni mucho menos, quiero decir
que quedé marcado de por vida con esta experiencia. Afuera de la Catedral de
Notre Dame, en el suelo, hay un círculo metálico que se supone que si lo pisas,
aseguras volver a la ciudad. Yo pasé encima de el círculo tres o cuatro
minutos, ante la protesta de los demás turistas que también querían dar un
rápido pisotón, pero poco me importó. Lo hice y es un hecho que volveré.
¿Cuándo? He ahí una duda existencial y de vida.
Muy pronto arribamos al puerto de Calais en
donde nos esperaba un ferry para transportaros a Inglaterra. Embarcamos con
todo y camión, aunque cada quien por su lado, pues aún no estamos tan apegados.
El ferry, enorme: dos o tres bares, dos restaurantes, un pequeño cine, una
tienda de souvenirs, pasillos, escaleras, juegos, sala de niños, etc...
Teníamos que cruzar el Canal de la Mancha y el trayecto duraría aproximadamente
dos horas. Fue magnífico ver a mi espalda la orilla francesa y de frente la
inglesa.
Dentro del ferry me llevé el primer susto del
día, pues en la comida, a mitad de ella, me acordé que la principal
recomendación que nos dieron en la agencia de viajes fue no comer carne en
Inglaterra, en especial de res . Tú sabes, el problema tan grave que brotó con
las Vacas Locas y en especial en Inglaterra está tan fuerte, pues en en donde
más casos se han presentado. De verdad que me asusté a media hamburguesa,
cuando mis primos me recordaron la advertencia a mitad de su ensalada. Fui con
nuestra guía a explicarle lo que pasaba, pero más que tranquilizarme se burló
de mí. Al final, con manzanas y peras (lo hubiera hecho con cortes y
costillitas) me calmó explicándome que eso sucede en los mercados de los
suburbios ingleses y no en un ferry internacional, que no tendría en su menú
tal platillo si pone en riesgo a su tripulación. Además, que ya está ese tema
muy controlado y que aún nadie se ha muerto de eso, es decir, ni un humano.
Vacas sí, muchas. Por si fuera poco, continuó, que qué hacía yo en medio de del
Canal de la Mancha con una hamburguesa en la mano y que me fuera a sentar con
los míos porque me iba a marear, vomitar y todo lo iba a empeorar. Le hice caso,
pero no lo comí más. Sólo el postre, que tan caro me costó y que tanto saboreé.
Era algo con Kiwi.
Desembarcamos en Dover, que ya es suelo
británico. Tras el susto por la carne y sus Vacas Locas, aún faltaba otro: susto
que siendo tan noche, me mantiene en insomnio y escribéndote, pues no lo he
podido digerir. Bajamos del ferry y nos formamos en migración. Mis primos
pasaron rápidamente. Tocó mi turno y también el de los demás viejitos del tour.
Pasaron rápido, todos. A mi me cuestionaban, cuestionaban, cuestionaban. Cinco
minutos, diez minutos. Quince minutos. ¡VEINTE! Era el único que faltaba de el
camión. El agente no me quería dejar pasar porque le dije que terminé la
universidad a los veinte años, el año pasado y que era licenciado en
Comunicación. Él decía que de veinte años nadie se graduaba, que no era posible,
que por qué le decía mentiras y que no creía que fuera mexicano, sino iraní.
Además, tras contarle que viví todo el año pasado en Canadá, eso le olió muy
mal. Pero eso le pasa por no leer las Cartas Torontinas.
Yo temblaba, de la aparente seguridad que uno
debe tener en tales circunstancias, la fui perdiendo. El tiempo pasaba, no veía
a nadie conocido a mi alrededor, los agentes de migración se decían cosas en
secreto y luego me volteaban a ver y eso me hacía sentir Judas, comencé a
sentir hasta pánico, me sudó la piel, la espalda y mis cachetes. El inglés se
me bloqueó por completo después de ésos treinta minutos de incertidumbre y los
nervios, desafiantes y rebeldes, se apoderaron de mi. Sólo esperaba un milagro,
pues cada respuesta que daba era peor que la otra. Bonito mes en Europa iba a
durar diez días. Pero de pronto sucedió. De nuevo, otra vez. Como en Toronto.
En aquella ocasión también estaba atorado en migración y en el momento más
tenso, como ahora en Inglaterra, de repente me dejaron pasar.
Lo que sucedió fue que enseñé mi boleto de
regreso, la reservación, mi pertenencia al tour que impaciente me esperaba y el
buenazo del agente (a quien odio con todo mi hígado alcoholizado) me hizo una
carta de permiso para estar en Inglaterra por sólo tres días, que es el tiempo
exacto que estaremos aquí. La grapó a mi pasaporte y asunto arreglado. Enflaqué
como diecisiete kilos y ahora sólo peso veinte, pues no soy más que un flaco
espinilludo.
El camión entero me aplaudió cuando subí por
fin. Juan el chofer me gritó cosas, la guía se limpió el sudor. Los viejitos me
palmearon la espalda, las viejitas aplaudieron y Antonio y su mamá me saludaron
a lo lejos. Mis primos estaban ya asustados, pues me veían en un avión de
retache, solo y abandonado. Me senté en mi lugar con calma, sonriente y seguro
de mí, pero estaba aterrado. Mi cuerpo no me respondía y sólo dejé a mi cuerpo
existir. Pinche agente, me sacó más de uno.
Rápidamente dejamos Dover y tiempo después
entramos al mítico y legendario Londres. ¡Ah, Londres! Donde mis historias de
adolescente, cuando Sherlock Holmes resolvía los casos más complejos con una
maestría, astucia e inteligencia bárbaras; donde Shakespeare se hizo inmortal;
donde Los Beatles grabaron sus grandes piezas; donde Wilde presentó su teatro;
donde se desarrollan tantas lecturas de mi infancia; donde se filmó Naranja
Mecánica; donde Chaplin inició; donde Dickens relató tanto y tanto; donde se
escribió el Rey Arturo y su mesa redonda con Escalibur y Merlín; donde Robin
Hood.
Tengo tres días para disfrutar, relajarme,
admirar, caminar y llenarme de este aire y niebla londinense, antes de volverme
a enfrentar a otra frontera, ahora la de Bélgica. Espero contar con la
Escalibur. O con algún hechizo de Merlín. Presiento que las necesitaré.
Bueno, sigo sin dormir, así que te platico que
aquí hay una tienda mundialmente famosa en donde está prohibido decir "no
tenemos", Harrods se llama. Cuentan los que cuentan, que una señora, con
el afán de lograr pedir algo que realmente no se pudiera conseguir, entró a la
tienda y pidió al encargado un sándwich de jirafa. El encargado se lo dijo al
gerente alarmado. Estaban asustados porque por primera vez en su historia,
dirían "no tenemos" a una clienta. Así que el jefe del gerente fue
con la señora, respetuosamente y le dijo: "Disculpe usted señora, no
podemos venderle el sándwich de jirafa, pues se nos acabó el pan".
Ingenioso, ¿no?
Así era Churchill. Tú sabes que fue todo un
personaje aquí y admiro muchas de sus frases en tiempos de guerra. Cuentan
también los que cuentan, que no se llevaba nada bien con una señora que
trabajaba con él en el gobierno. Ella lo criticaba mucho porque era un
borracho. Un día ya no lo soportó más y le dijo:
- Churchill, eres un borracho
A lo que Churchill contestó:
- Sí, pero tú estas fea.
…
En otra ocasión, la misma señora, le dijo:
- Churchil, si tú y yo fuéramos esposos, te
pondría veneno en el té.
A lo que el buen Winston contestó:
-Si tú y yo fuéramos esposos, con gusto me
tomaría ése té.
Simples apuntes que fui recogiendo conforme nos
adentramos en Londres y que logro recordar en esta noche tan oscura. Noche tan
de Jack el Destripador, tan de Dickens y que con el afán de que no me dejes
solo, te escribo.
Finalizamos la jornada con el tour nocturno:
visitamos el Big Ben, El Palacio de Britinham, y el Bar Alberto, en donde por
fin pudimos beber algunas cervezas, reír de mi suerte y seguí recibiendo sapes
por parte de mis primos por tener la maldición de las aduanas.
Bebimos mucho. Hasta cantamos. Estábamos en
Inglaterra y había que hacerlo de esa manera. Recuerdo mucho al último el color
amarillo, pues regresamos caminando a orillas del río Támesis.
Recuerdo eso y esta mi cama,
que se mueve,
a veces.
.


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