domingo, 20 de abril de 2014

Carta VI

03/Jun/01


VI



París


Tendrás que disculparme si de pronto mis Cartas son cortas. Esto de escribirte es algo que disfruto enormemente, pero lo hago con un ojo cerrado y el otro semiabierto, pues los días son demasiado activos: caminatas largas, desmañanadas, mal comidas y por ende, aunque con mucha juventud, terminamos muy cansados al final.

Mis teorías sobre París han dejado de serlo y ahora son una realidad: París me tiene enganchado. París no me aburre. París es París. Aquí será la ciudad en donde más días vamos a estar de todo nuestro largo tour, cuatro noches en total.



Te habrás dado cuenta que no te he hablado mucho de la Torre Eiffel, símbolo, ícono y casi escudo de esta elegante tierra. Sucede que no habíamos ido, sólo la vimos de lejos aquella noche cuando se vistió de luces. Esta mañana, después del desayuno, nos dirigimos a ella con el resto del tour. Hacía un frío del bueno, ya que debajo de la torre, en los arcos que la sostienen, se forman avenidas o bulevares de aire congelado que nos llegó a pegar inesperadamente. Sentimos frío del bueno. Estábamos todos hechos bolita, esperando nuestro turno para subir. Cuando finalmente lo hicimos, llegamos hasta el segundo piso, son tres. Subimos por medio de un elevador de dos niveles. Extraño. Una vez arriba, la panorámica de la hermosa París atravesada por el río Sena, es única. Se logra ver todo. Además que hay restaurante, tiendas de souvenir, baños, telescopios, escaleras que conducen a los dos niveles y cientos y miles de escalones hacia arriba o hacia abajo.



Me tomé una foto abrazando la torre, bueno, abrazando uno de los millones de hierros con la que está hecha, ya que mi amiga Mónica me la encargó de ese preciso modo. Estuvimos un buen rato ahí hasta que tocó el turno de irnos. 



Nosotros cuatro nos queríamos bajar por las escaleras, para disfrutar un poco más de la experiencia Torre Eiffel y evitar el claustrofóbico elevador plagado de viejitos. Se lo dijimos a la guía y nos dejó, pidiéndonos en serio favor que no demoráramos mucho. A uno de nuestros viejitos del camión, uno de Argentina, se le veía muerto de las ganas por hacerlo también como nosotros, se quedaba viendo las escaleras y en seguida nos veía a nosotros y después nuevamente a las escaleras y otra vez a nosotros, como esperanzado. De modo que le dije:

- Acompáñenos, señor, si quiere.

-¿De verdad?- contestó con su tono pampero.

-Si, claro, bajaremos todos juntos- respondí.

Iniciamos el decenso con ligera conversación, pero mis primos se aburrieron demasiado pronto y comenzaron a bajar muy rápido los escalones. Yo sentí pena en hacerlo también, pues dejaría solo a mi invitado y la verdad es que me sentía un tanto responsable por su cuidado. ¡Pero Dios mío, qué lento era! Ya no veía a mis primos y quería tanto estar con ellos riéndome de cualquier cosa que dijeran. Llegué a sentir una desesperación tremenda por bajar las escaleras tan despacio, más, sabiendo que nos quedaban más de trescientos escalones por bajar. Así que poco a poco comencé a aumentar la velocidad de mis pasos y, así como que no queriendo la cosa, paulatinamente me fui alejando de su vista hasta que finalmente desaparecí. Y, ahora sí, a bajar los escalones a toda velocidad, como era realmente nuestro antojo desde un principio. Ni hablar, esta vida se trata de sobrevivir y sólo los jovenes y los más aptos lo logran. Ni modo, dejé atrás a mi pobre viejito, vilmente lo abandoné.

Una vez en el camión, fatigados, con piernas doloridas, pero muy satisfechos por nuestra hazaña, no podíamos irnos porque aún faltaban Antonio, su mamá y mi viejito. Mis primos no dejaban de recriminarme y cuestionarme qué había pasado con él. Decían que yo lo había invitado y abandonado a la vez. Que en ese momento se había convertido en mi responsabilidad. Que soy un desconsiderado, un individualista, que siempre en situaciones parecidas…, pero sus palabras fueron interrumpidas por la silueta de una persona que subía el camión: “¡Que sea, que sea!” – pensaba yo. ¡Y sí era! ¡Por fin subió el viejito! ¡Por fin! Y yo estaba tranquilo de nuevo, pues me comenzaba a pesar su ausencia. No me atreví a decirle nada, ni a disculparme, ni a sonreirle, pero, eso sí, me cercioré de examinarlo bien, a la distancia, y sí, llegó sano y salvo. Antonio y su mamá llegaron muy tarde y recibieron seria recriminación de la guía, pero mamá e hijo alegaron que tardaron porque se habían bajado de la Torre Eiffel por las escaleras, declaración que provocó la risa de todo el camión (que ya pasados los días, han agarrado confianzitas unos con otros), y dicha hilaridad fue porque de todos es sabido que la mamá apenas puede caminar y el buenazo de Antonio apenas y puede pensar.

Dejamos la Torre Eiffel para dirigimos a la Iglesia del Sagrado Corazón. Tomamos un teleférico para llegar a la cima del cerro en que se encuentra, a las alturas de la ciudad. La iglesia es absolutamente blanca y muy antigua. Recorrimos con atención el lugar y nos regocijamos de su belleza. Salimos, pues era hora de comer. De modo que buscamos en dónde hacerlo. Pasamos por un pequeño restaurante en donde nos encontramos a algunos de nuestros viejitos argentinos y chilenos ya muy sentados. Éstos, muy amablemente, nos invitaron a su mesa y gustozos aceptamos. Convivimos con ellos. He querido contarte de los personajes tan interesantes que nos acompañan en este viaje, pero ya lo haré, espero, más adelante.

Una vez comidos y digeridos, tomamos el metro nuevamente, pues el tour de ese día finalizaba ahí. Nos dirigirnos al Museo del Louvre que hoy, por ser domingo, fue gratis. Y claro, estaba a reventar. Así que mejor optamos por caminar a las orillas del Río Sena hasta llegar a la Saint Chapel. La Santa Capilla. Es impresionante por dentro, en lugar de paredes tiene vitrinas policromadas. Entran luces azules y rojas y amarillas y verdes y moradas y todos sus ventanales de colores hablan de sucesos evangélicos. Es muy chaparrita, aunque de dos pisos. Pronto salimos de ahí.



Pero también muy pronto llegamos a la Catedral de Notre Dame. Aún no la visitábamos por dentro, como te mencioné antes, y no quisimos perdernos de ésta máxima representación gótica. Afortunadamente había misa dominical, lo que provocó que por dentro retumbara la música eclesiástica y destacara el imponente coro. Descubrimos dentro la imagen de la Virgen de Guadalupe y a su lado la bandera de México, lo que, por supuesto, nos llenó de orgullo. Había demasiada gente en el interior. También nos acompañaban la oscuridad y la tenebrosidad que hay dentro y que se contagia. La Catedral de Notre Dame, toda una experiencia.

Decidimos irnos al finalizar la ceremonia, buscamos a Cuasimodo para despedirnos, pero no le encontramos. Era hora de un descanso, llegar al hotel, relajar músculos, tomar un baño, cambiar de ropa y beber algo, antes de tomar el tour opcional: el paseo nocturno en barco por el Sena.
¡Ah, París! Quisiera jurar amor a alguien en ése barco, atravesando el Sena, debajo de tan maravilloso puente, con esa luna y con tan parisino entorno. ¿Pero cómo lograrlo? Solo yo me río de mis chistes y jamás tengo dinero.

Por supuesto que pensé en Estela. Hoy por hoy estamos demasiado distantes, pero fue inevitable no imaginarla conmigo. Volteé al cielo estrellado, tan digno de una pintura de Van Gogh y lo pedí: sólo una oportunidad. Una vez más en la que podamos hablar. Quizá sea la última, pero necesito saber la verdad, la real historia de lo que nos ha separado por casi un año. Quiero ver una vez más sus inmensos, grandes ojos fijos.

No sé si fue válido, pero ya entrados en pedidos, hice un segundo requirimiento: volver a hacer este mismo paseo por el Sena, pero sin mis primos alrededor, pues sus feas caras le quitan todo romanticismo a mi momento. En cambio, que sea ella la que en un futuro esté a mi lado. Suspiro y recuerdo. El viento helado comenzó a herir mi cara con dolo. Estábamos a cuatro grados y el paseo, lleno de luces, con sus sombras, terminó en una hora y poco más.

Volvimos al camión, pero sólo para dejar a todos los viejitos en el Lido, un cabaret con mucha tradición, pero es demasiado caro para nosotros (y demasiado aburrido, quizá) que decidimos sin mucho esfuerzo prescindir de él.

El sueño nos absorve. No sé si tendré fuerza para si quiera apagar la lamparita que me permite escribir.


Es hora de dormir. Todos lo hacen ya, menos, como siempre, tu servidor.




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