03/Jun/01
VI
París
Tendrás que disculparme si de pronto mis Cartas
son cortas. Esto de escribirte es algo que disfruto enormemente, pero lo hago
con un ojo cerrado y el otro semiabierto, pues los días son demasiado activos:
caminatas largas, desmañanadas, mal comidas y por ende, aunque con mucha
juventud, terminamos muy cansados al final.
Mis teorías sobre París han dejado de serlo y
ahora son una realidad: París me tiene enganchado. París no me aburre. París es
París. Aquí será la ciudad en donde más días vamos a estar de todo nuestro
largo tour, cuatro noches en total.
Te habrás dado cuenta que no te he hablado mucho
de la Torre Eiffel, símbolo, ícono y casi escudo de esta elegante tierra. Sucede
que no habíamos ido, sólo la vimos de lejos aquella noche cuando se vistió de
luces. Esta mañana, después del desayuno, nos dirigimos a ella con el resto del
tour. Hacía un frío del bueno, ya que debajo de la torre, en los arcos que la
sostienen, se forman avenidas o bulevares de aire congelado que nos llegó a
pegar inesperadamente. Sentimos frío del bueno. Estábamos todos hechos bolita,
esperando nuestro turno para subir. Cuando finalmente lo hicimos, llegamos
hasta el segundo piso, son tres. Subimos por medio de un elevador de dos
niveles. Extraño. Una vez arriba, la panorámica de la hermosa París atravesada
por el río Sena, es única. Se logra ver todo. Además que hay restaurante,
tiendas de souvenir, baños, telescopios, escaleras que conducen a los dos
niveles y cientos y miles de escalones hacia arriba o hacia abajo.
Me tomé una foto abrazando la torre, bueno,
abrazando uno de los millones de hierros con la que está hecha, ya que mi amiga
Mónica me la encargó de ese preciso modo. Estuvimos un buen rato ahí hasta que
tocó el turno de irnos.
Nosotros cuatro nos queríamos bajar por las escaleras,
para disfrutar un poco más de la experiencia Torre Eiffel y evitar el
claustrofóbico elevador plagado de viejitos. Se lo dijimos a la guía y nos dejó,
pidiéndonos en serio favor que no demoráramos mucho. A uno de nuestros viejitos
del camión, uno de Argentina, se le veía muerto de las ganas por hacerlo
también como nosotros, se quedaba viendo las escaleras y en seguida nos veía a
nosotros y después nuevamente a las escaleras y otra vez a nosotros, como
esperanzado. De modo que le dije:
- Acompáñenos, señor, si quiere.
-¿De verdad?- contestó con su tono pampero.
-Si, claro, bajaremos todos juntos- respondí.
Iniciamos el decenso con ligera conversación, pero
mis primos se aburrieron demasiado pronto y comenzaron a bajar muy rápido los
escalones. Yo sentí pena en hacerlo también, pues dejaría solo a mi invitado y
la verdad es que me sentía un tanto responsable por su cuidado. ¡Pero Dios mío,
qué lento era! Ya no veía a mis primos y quería tanto estar con ellos riéndome
de cualquier cosa que dijeran. Llegué a sentir una desesperación tremenda por
bajar las escaleras tan despacio, más, sabiendo que nos quedaban más de
trescientos escalones por bajar. Así que poco a poco comencé a aumentar la
velocidad de mis pasos y, así como que no queriendo la cosa, paulatinamente me
fui alejando de su vista hasta que finalmente desaparecí. Y, ahora sí, a bajar
los escalones a toda velocidad, como era realmente nuestro antojo desde un
principio. Ni hablar, esta vida se trata de sobrevivir y sólo los jovenes y los
más aptos lo logran. Ni modo, dejé atrás a mi pobre viejito, vilmente lo
abandoné.
Una vez en el camión, fatigados, con piernas
doloridas, pero muy satisfechos por nuestra hazaña, no podíamos irnos porque
aún faltaban Antonio, su mamá y mi viejito. Mis primos no dejaban de recriminarme
y cuestionarme qué había pasado con él. Decían que yo lo había invitado y
abandonado a la vez. Que en ese momento se había convertido en mi
responsabilidad. Que soy un desconsiderado, un individualista, que siempre en
situaciones parecidas…, pero sus palabras fueron interrumpidas por la silueta
de una persona que subía el camión: “¡Que sea, que sea!” – pensaba yo. ¡Y sí era!
¡Por fin subió el viejito! ¡Por fin! Y yo estaba tranquilo de nuevo, pues me
comenzaba a pesar su ausencia. No me atreví a decirle nada, ni a disculparme,
ni a sonreirle, pero, eso sí, me cercioré de examinarlo bien, a la distancia, y
sí, llegó sano y salvo. Antonio y su mamá llegaron muy tarde y recibieron seria
recriminación de la guía, pero mamá e hijo alegaron que tardaron porque se
habían bajado de la Torre Eiffel por las escaleras, declaración que provocó la
risa de todo el camión (que ya pasados los días, han agarrado confianzitas unos
con otros), y dicha hilaridad fue porque de todos es sabido que la mamá apenas
puede caminar y el buenazo de Antonio apenas y puede pensar.
Dejamos la Torre Eiffel para dirigimos a la
Iglesia del Sagrado Corazón. Tomamos un teleférico para llegar a la cima del
cerro en que se encuentra, a las alturas de la ciudad. La iglesia es
absolutamente blanca y muy antigua. Recorrimos con atención el lugar y nos
regocijamos de su belleza. Salimos, pues era hora de comer. De modo que
buscamos en dónde hacerlo. Pasamos por un pequeño restaurante en donde nos
encontramos a algunos de nuestros viejitos argentinos y chilenos ya muy
sentados. Éstos, muy amablemente, nos invitaron a su mesa y gustozos aceptamos.
Convivimos con ellos. He querido contarte de los personajes tan interesantes
que nos acompañan en este viaje, pero ya lo haré, espero, más adelante.
Una vez comidos y digeridos, tomamos el metro
nuevamente, pues el tour de ese día finalizaba ahí. Nos dirigirnos al Museo del
Louvre que hoy, por ser domingo, fue gratis. Y claro, estaba a reventar. Así
que mejor optamos por caminar a las orillas del Río Sena hasta llegar a la
Saint Chapel. La Santa Capilla. Es impresionante por dentro, en lugar de
paredes tiene vitrinas policromadas. Entran luces azules y rojas y amarillas y
verdes y moradas y todos sus ventanales de colores hablan de sucesos
evangélicos. Es muy chaparrita, aunque de dos pisos. Pronto salimos de ahí.
Pero también muy pronto llegamos a la Catedral
de Notre Dame. Aún no la visitábamos por dentro, como te mencioné antes, y no
quisimos perdernos de ésta máxima representación gótica. Afortunadamente había
misa dominical, lo que provocó que por dentro retumbara la música eclesiástica
y destacara el imponente coro. Descubrimos dentro la imagen de la Virgen de
Guadalupe y a su lado la bandera de México, lo que, por supuesto, nos llenó de
orgullo. Había demasiada gente en el interior. También nos acompañaban la
oscuridad y la tenebrosidad que hay dentro y que se contagia. La Catedral de
Notre Dame, toda una experiencia.
Decidimos irnos al finalizar la ceremonia,
buscamos a Cuasimodo para despedirnos, pero no le encontramos. Era hora de un
descanso, llegar al hotel, relajar músculos, tomar un baño, cambiar de ropa y
beber algo, antes de tomar el tour opcional: el paseo nocturno en barco por el
Sena.
¡Ah, París! Quisiera jurar amor a alguien en ése
barco, atravesando el Sena, debajo de tan maravilloso puente, con esa luna y
con tan parisino entorno. ¿Pero cómo lograrlo? Solo yo me río de mis chistes y
jamás tengo dinero.
Por supuesto que pensé en Estela. Hoy por hoy
estamos demasiado distantes, pero fue inevitable no imaginarla conmigo. Volteé
al cielo estrellado, tan digno de una pintura de Van Gogh y lo pedí: sólo una
oportunidad. Una vez más en la que podamos hablar. Quizá sea la última, pero
necesito saber la verdad, la real historia de lo que nos ha separado por casi
un año. Quiero ver una vez más sus inmensos, grandes ojos fijos.
No sé si fue válido, pero ya entrados en
pedidos, hice un segundo requirimiento: volver a hacer este mismo paseo por el
Sena, pero sin mis primos alrededor, pues sus feas caras le quitan todo
romanticismo a mi momento. En cambio, que sea ella la que en un futuro esté a
mi lado. Suspiro y recuerdo. El viento helado comenzó a herir mi cara con dolo.
Estábamos a cuatro grados y el paseo, lleno de luces, con sus sombras, terminó
en una hora y poco más.
Volvimos al camión, pero sólo para dejar a todos
los viejitos en el Lido, un cabaret con mucha tradición, pero es demasiado caro
para nosotros (y demasiado aburrido, quizá) que decidimos sin mucho esfuerzo
prescindir de él.
El sueño nos absorve. No sé si tendré fuerza
para si quiera apagar la lamparita que me permite escribir.
Es hora de dormir. Todos lo hacen ya, menos,
como siempre, tu servidor.
.




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