07/Jun/01
X
Londres
Nos habían dicho que la diferencia entre París y
Londres, es que París se muestra, se presume, se ofrece con toda su belleza, y
eso es muy cierto. En cambio a Londres hay que descubrirlo, escarbarlo e
indagarlo, para encontrarlo, cosa también verdadera.
Han influido muchas cosas para que Londres, como
ciudad, no haya sido lo mejor del viaje. Incluso, creo, ha sido lo más flojo
hasta el momento. Sin embargo la hemos pasado muy bien. Pero por nosotros
mismos. No por Londres en sí. Hoy fue un día de caminar. De caminar, caminar y
no parar de hacerlo. Y eso es algo difícil cuando la noche anterior tomaste
tres botellas de vino y no dormiste bien.
El día comenzó tarde porque al ser libre, nos
levantamos pasadas las nueve. Tras desayunar (con té inglés, obvio), nos
dirigimos al Museo de Cera, elección de Manuel. Pero al ver el precio tan
elevado y la cola tan larga (es decir, la cola del museo, no la de Manuel)
decidimos mejor no entrar.
Y bueno, si me conoces sabes bien que soy fan de
Sherlock Holmes. Si has leído las historias de Sherlock Holmes sabes que sus
historias se desarrollan en Londres y que la dirección de la casa que comparte
con el Doctor Watson es Baker Street 221b. Me habían dicho además que, en
efecto, en dicha dirección realmente está su casa. Antes de continuar te digo,
por si no lo sabes, que Sherlock Holmes no existió. Es un personaje creado por
Sir Arthur Conan Doyle con el que tuvo un éxito impresionante. Llegó a tanto su
fama que aquí y en las urbes literarias es un símbolo. Y cuando murió en un
capítulo, los lectores, muy enojados, casi obligaron a Doyle a revivirlo. Lo
que finalmente sucedió.
Para un lector empedernido de Sherlock Holmes
como tu servidor, que se cree experto y que según esto domina el tema, es un
pecado mortal hacer lo que hice hoy. Resulta que el año pasado cuando viví tres
meses en Toronto, el número de mi casa era 52b.
De modo que me confundí.
Le propuse a mis primos que visitáramos la casa
ficticia de Sherlock Holmes y que no necesitábamos preguntar nada a nadie, que
yo sabía, en base a mis lecturas, la perfecta ubicación de su casa, simplemente
teníamos que buscar en el mapa Baker Street, cosa que logramos casi de
inmediato. Una vez ahí, me puse a buscar el número 52b, en lugar de 221b, pues
se me cruzaron ahora sí muy gacho los cables. Como comenzamos nuestra búsqueda
en un local que tenía el número 120b, obviamente los llevé para el otro lado y
conforme caminábamos hacia el 52, nos alejábamos más y más del 221. Al llegar
al número que indicaba la dirección de mi casa canadiense y no el del gran
detective, descubrimos con tristeza que el lugar era un banco. Me di cuenta de
mi error en ese momento y sentí un poco de pena, pues los hice caminar deoquis.
Confesé con la mejor de mis agradables sonrisas mi confusión de direcciones,
encogiéndome de hombros. Casi me aniquilan. Uno de ellos hasta me ahorcó. Pero no
había de otra más que corregir el camino y a decir verdad, yo no les servía
mucho muerto, de modo que regresamos sobre nuestros pasos. Caminamos más, otra
vez más, hasta finalmente llegar: La Casa-Museo de Sherlock Holmes.
Si nunca lo has leído o no es de tu agrado,
mejor ni entrar. Es un museo de algo ficticio. De algo que nunca existió. Pero
si lo has leído y además eres fan, es algo increíble. Mis primos no quisieron
entrar, mejor se fueron a la esquina a una tienda gigantesca de Los Beatles. Yo
sí entré y me quedé maravillado. Es como entrar a un libro. A tu libro. Subí
las escaleras que tantas veces se describen en los casos y llegué a la
habitación del gran Sherlock. Enseguida apareció la sala con su chimenea, el
violín, los materiales químicos, los recortes de periódicos, los instrumentos
tan ingleses y tan de Holmes que forman parte de sus relatos.
Me senté en su sillón, me puse su gorrito, su
pipa y tomé la lupa para que me tomaran una foto así. Jé.
Pisos arriba están representados en cera algunos
episodios. Algunos de esos personajes de cera tienen más vida que ciertas
personas que conozco. Pasé cerca de una hora dentro examinando, tomando fotos,
recordando, sonriendo. Descendí las escaleras para bajar a la sala de la casa,
donde tiene Sherlock un corcho con sus casos pendientes clavados en tachuelas,
los más difíciles de resolver. Hay ahí recortes, fotografías, datos que quizá
puedan ayudar... Yo saqué de mi cartera una credencial de estudiante con mi
fotografía y la coloqué ahí, clavándola. Ahora soy un caso pendiente que
Sherlock Holmes no ha podido resolver (ni Freud, ni nadie, para al caso).
Cuando salí, mis primos ya me esperaban. Cumplido
mi capricho, acordamos buscar la legendaria Abby Road. ¿Sabes lo que es Abby
Road? Una calle sin la menor importancia hasta que Los Beatles se sacaron una
foto atravesándola y utilizaron dicha imagen como portada para tan famoso disco
que precisamente lleva ese nombre.
Estaba demasiado lejos, pues caminamos cerca de
una hora, pero finalmente llegamos. Como somos cuatro, lo ideal hubiera sido
que en la foto saliéramos los cuatro cruzando la calle, tal y como sucede en la
portada con los integrantes. Pero como no había nadie que nos tomara la foto, teníamos
que utilizar a uno de nosotros, pero ¿a quién? Nadie quería ser el sacrificado.
Entonces Adrián sugirió que teníamos que decir
canciones de Los Beatles y el que ya no se supiera un título, ese sería el
fotógrafo.
-Yesterday- dijo Manuel
-Let it be- dije
-Help- dijo Adrián
-Yellow Submarine- dijo
Andrés
-Love me do- Manuel
-Twist n´ shout- dije
-Michelle- Adrián
-All you need is love-
Andrés
-Lucy in the sky whit
diamonds- Manuél
-Penny Lane- dije
-Strawberry Fields-
Adrián
-Ehhh… mhhhh… este…
espérenme, espérenme… ehhh,…mhhhh (sic).- dijo Andrés
Así que le dimos nuestras cámaras.
Fue muy difícil, porque es una avenida muy
transitada. Cuando no venían carros, muy rara vez, Manuel corría y se colocaba
al frente (haciéndola de John, pues hasta medio que se parece), luego yo en medio
(haciéndola de Paul) y Adrián atrás a la Ringo Star. Y entonces gritábamos:
¡ANDREEEEEEEEEEES! Mientras caminábamos de prisa, pues los carros bien que
venían veloces, pero Andrés no tomaba la foto a tiempo. Así que volvíamos a
comenzar: cruzábamos la calle y otra vez la formación, tiesos, esperando,
caminando, nerviosos por tanto carro cerca. Andrés finalmente pudo sacar una,
pero eran tres las cámaras. Espero haya encuadrado bien la toma, porque sino...
Sea como sea, estuvo muy divertido.
A partir de ahí, nos dedicamos a caminar,
comprar, ver, cansarnos, sentarnos, caminar otra vez, decir algo, no decir
nada, pasear por ahí.
Nos topamos con el Harrods, ¿te acuerdas? La
tienda de Du-Al Fayet, el padre del que se murió con
la princesa Diana y en
donde se les había acabado el pan para el sándwich de jirafa. La tienda por
dentro es impresionante. De unos siete u ocho pisos. Seguridad exagerada. Los
precios, no son precios, son sueños. Así que como entramos, subimos, bajamos,
vimos, conocimos y mejor dijimos adiós.
Antes de volver al hotel, entramos a un bar,
aquí llamados Pub, lugares tan tradicionales en Inglaterra, en donde uno pide
una jarrota de cerveza y la cosa es ponerse a gritar como hooligans. Nosotros
no gritamos, pero sí bebimos. Teníamos que decirle adiós de tan curiosa manera
a esta isla británica, pues mañana nos vamos a Bélgica y a Holanda.
Así que pedimos otra ronda. Y luego otra.
Después otra.
Y no te diré adiós Inglaterra, porque nunca
suelo hacerlo.
Sino hasta
pronto.
.



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