jueves, 24 de abril de 2014

Carta X

07/Jun/01


X


Londres


Nos habían dicho que la diferencia entre París y Londres, es que París se muestra, se presume, se ofrece con toda su belleza, y eso es muy cierto. En cambio a Londres hay que descubrirlo, escarbarlo e indagarlo, para encontrarlo, cosa también verdadera.

Han influido muchas cosas para que Londres, como ciudad, no haya sido lo mejor del viaje. Incluso, creo, ha sido lo más flojo hasta el momento. Sin embargo la hemos pasado muy bien. Pero por nosotros mismos. No por Londres en sí. Hoy fue un día de caminar. De caminar, caminar y no parar de hacerlo. Y eso es algo difícil cuando la noche anterior tomaste tres botellas de vino y no dormiste bien.

El día comenzó tarde porque al ser libre, nos levantamos pasadas las nueve. Tras desayunar (con té inglés, obvio), nos dirigimos al Museo de Cera, elección de Manuel. Pero al ver el precio tan elevado y la cola tan larga (es decir, la cola del museo, no la de Manuel) decidimos mejor no entrar.

Y bueno, si me conoces sabes bien que soy fan de Sherlock Holmes. Si has leído las historias de Sherlock Holmes sabes que sus historias se desarrollan en Londres y que la dirección de la casa que comparte con el Doctor Watson es Baker Street 221b. Me habían dicho además que, en efecto, en dicha dirección realmente está su casa. Antes de continuar te digo, por si no lo sabes, que Sherlock Holmes no existió. Es un personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle con el que tuvo un éxito impresionante. Llegó a tanto su fama que aquí y en las urbes literarias es un símbolo. Y cuando murió en un capítulo, los lectores, muy enojados, casi obligaron a Doyle a revivirlo. Lo que finalmente sucedió.

Para un lector empedernido de Sherlock Holmes como tu servidor, que se cree experto y que según esto domina el tema, es un pecado mortal hacer lo que hice hoy. Resulta que el año pasado cuando viví tres meses en Toronto, el número de mi casa era 52b.

De modo que me confundí.

Le propuse a mis primos que visitáramos la casa ficticia de Sherlock Holmes y que no necesitábamos preguntar nada a nadie, que yo sabía, en base a mis lecturas, la perfecta ubicación de su casa, simplemente teníamos que buscar en el mapa Baker Street, cosa que logramos casi de inmediato. Una vez ahí, me puse a buscar el número 52b, en lugar de 221b, pues se me cruzaron ahora sí muy gacho los cables. Como comenzamos nuestra búsqueda en un local que tenía el número 120b, obviamente los llevé para el otro lado y conforme caminábamos hacia el 52, nos alejábamos más y más del 221. Al llegar al número que indicaba la dirección de mi casa canadiense y no el del gran detective, descubrimos con tristeza que el lugar era un banco. Me di cuenta de mi error en ese momento y sentí un poco de pena, pues los hice caminar deoquis. Confesé con la mejor de mis agradables sonrisas mi confusión de direcciones, encogiéndome de hombros. Casi me aniquilan. Uno de ellos hasta me ahorcó. Pero no había de otra más que corregir el camino y a decir verdad, yo no les servía mucho muerto, de modo que regresamos sobre nuestros pasos. Caminamos más, otra vez más, hasta finalmente llegar: La Casa-Museo de Sherlock Holmes.



Si nunca lo has leído o no es de tu agrado, mejor ni entrar. Es un museo de algo ficticio. De algo que nunca existió. Pero si lo has leído y además eres fan, es algo increíble. Mis primos no quisieron entrar, mejor se fueron a la esquina a una tienda gigantesca de Los Beatles. Yo sí entré y me quedé maravillado. Es como entrar a un libro. A tu libro. Subí las escaleras que tantas veces se describen en los casos y llegué a la habitación del gran Sherlock. Enseguida apareció la sala con su chimenea, el violín, los materiales químicos, los recortes de periódicos, los instrumentos tan ingleses y tan de Holmes que forman parte de sus relatos.

Me senté en su sillón, me puse su gorrito, su pipa y tomé la lupa para que me tomaran una foto así. Jé.



Pisos arriba están representados en cera algunos episodios. Algunos de esos personajes de cera tienen más vida que ciertas personas que conozco. Pasé cerca de una hora dentro examinando, tomando fotos, recordando, sonriendo. Descendí las escaleras para bajar a la sala de la casa, donde tiene Sherlock un corcho con sus casos pendientes clavados en tachuelas, los más difíciles de resolver. Hay ahí recortes, fotografías, datos que quizá puedan ayudar... Yo saqué de mi cartera una credencial de estudiante con mi fotografía y la coloqué ahí, clavándola. Ahora soy un caso pendiente que Sherlock Holmes no ha podido resolver (ni Freud, ni nadie, para al caso).

Cuando salí, mis primos ya me esperaban. Cumplido mi capricho, acordamos buscar la legendaria Abby Road. ¿Sabes lo que es Abby Road? Una calle sin la menor importancia hasta que Los Beatles se sacaron una foto atravesándola y utilizaron dicha imagen como portada para tan famoso disco que precisamente lleva ese nombre.

Estaba demasiado lejos, pues caminamos cerca de una hora, pero finalmente llegamos. Como somos cuatro, lo ideal hubiera sido que en la foto saliéramos los cuatro cruzando la calle, tal y como sucede en la portada con los integrantes. Pero como no había nadie que nos tomara la foto, teníamos que utilizar a uno de nosotros, pero ¿a quién? Nadie quería ser el sacrificado.

Entonces Adrián sugirió que teníamos que decir canciones de Los Beatles y el que ya no se supiera un título, ese sería el fotógrafo.

-Yesterday- dijo Manuel

-Let it be- dije

-Help- dijo Adrián

-Yellow Submarine- dijo Andrés

-Love me do- Manuel

-Twist n´ shout- dije

-Michelle- Adrián

-All you need is love- Andrés

-Lucy in the sky whit diamonds- Manuél

-Penny Lane- dije

-Strawberry Fields- Adrián

-Ehhh… mhhhh… este… espérenme, espérenme… ehhh,…mhhhh (sic).- dijo Andrés

Así que le dimos nuestras cámaras.

Fue muy difícil, porque es una avenida muy transitada. Cuando no venían carros, muy rara vez, Manuel corría y se colocaba al frente (haciéndola de John, pues hasta medio que se parece), luego yo en medio (haciéndola de Paul) y Adrián atrás a la Ringo Star. Y entonces gritábamos: ¡ANDREEEEEEEEEEES! Mientras caminábamos de prisa, pues los carros bien que venían veloces, pero Andrés no tomaba la foto a tiempo. Así que volvíamos a comenzar: cruzábamos la calle y otra vez la formación, tiesos, esperando, caminando, nerviosos por tanto carro cerca. Andrés finalmente pudo sacar una, pero eran tres las cámaras. Espero haya encuadrado bien la toma, porque sino... Sea como sea, estuvo muy divertido.



A partir de ahí, nos dedicamos a caminar, comprar, ver, cansarnos, sentarnos, caminar otra vez, decir algo, no decir nada, pasear por ahí.

Nos topamos con el Harrods, ¿te acuerdas? La tienda de Du-Al Fayet, el padre del que se murió con 
la princesa Diana y en donde se les había acabado el pan para el sándwich de jirafa. La tienda por dentro es impresionante. De unos siete u ocho pisos. Seguridad exagerada. Los precios, no son precios, son sueños. Así que como entramos, subimos, bajamos, vimos, conocimos y mejor dijimos adiós.

Antes de volver al hotel, entramos a un bar, aquí llamados Pub, lugares tan tradicionales en Inglaterra, en donde uno pide una jarrota de cerveza y la cosa es ponerse a gritar como hooligans. Nosotros no gritamos, pero sí bebimos. Teníamos que decirle adiós de tan curiosa manera a esta isla británica, pues mañana nos vamos a Bélgica y a Holanda.

Así que pedimos otra ronda. Y luego otra. Después otra.

Y no te diré adiós Inglaterra, porque nunca suelo hacerlo.


Sino hasta pronto.




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