jueves, 17 de abril de 2014

Carta IV

01/Jun/01

IV


Burdeos-Blois-Paris



Me enamoré. Profundamente. Así, me enamoré gacho. No dejo de pensar en ella y eso que estoy tan dentro de ella. Es demasiada admiración. Es amor a la belleza, a la historia, a la estética, al arte. Amor a Francia. Me enamoré, sin más. Estoy loco por París y de este amor jamás me voy a reponer.

No sé. De tan emocionado que estoy hasta me puse nostálgico. Es como estar triste y por dentro sentirme tan feliz porque estoy triste. En el centro de Paris me dio la sensación de reconocerlo, como me sucede con los castillos medievales. Como de ya haber estado aquí, mucho, mucho tiempo atrás. Y me reencuentro en esta confusa vida con mi ciudad, con mi París, con mi Francia.

Este primero de junio del dos mil uno ha sido de los días más importantes que he vivido: desde la salida (excesivamente temprano, no respetan la cruda ni la desvelada de uno, ni de nadie) de Burdeos, hasta arribar a Blois, un lugar atestado de murallas defensivas por todas partes, donde se respira un añejo y sabroso olor a antiguo. Blois con su antiguedad es una maravilla. Únicamente nos detuvimos en el Castillo de Chambord, que nos dejó boquiabiertos: con sus bellos torreones, numerosas ventanas, grandes muros, puentes vistosos, colores metálicos en grises y azules, lanzas, portones y detalles. Y que todo unido conforma la extraordinaria mole que presume su calidad de hogar de reyes y condes.



Comenzamos también a familiarizarnos con la historia de los Luises, pues sus reinados, para bien y para mal, repercutieron en el transcurso de la historia de Francia. El Castillo de Chambord es impresionante. Y aunque no entramos por falta de tiempo (en este tour nada nos da tiempo, casi puro pisa y corre) al menos pudimos recorrer sus jardines y alejarnos varios metros de él para tener una mejor panorámica, sólo eso valió la pena. No pude evitar imaginarme en aquella época: la armadura, la suciedad, el cansancio, el lodo, la sangre, la taberna, la espera de mi vino, mi pan, mi doncella de ojos celestes.



Terminó mi fantaseo porque aún faltaba el platillo fuerte. Subimos al camión y después de horas de camino ¡Llegamos a París! Nos dio la bienvenida el río Sena atravesando como una estaca la ciudad, con sus diferentes y diversos puentes que lo adornan y ese extraño aroma a pan, a levadura y a romance, que indican que hemos entrado en suelo parisino.

Primero, instalarnos debidamente en el hotel. Fueron otras siete horas de camino y a todos nos urgía un buen baño, pues el tiempo indicado, más las dos horas que paramos en Chambord, provocó que oliéramos a camión, con ventana, con asiento, con sudor, con baba, con disel, con viejitos y con Manuel. Él olía exactamente a lo mismo, pero con Agapo. A Manuel y a mí también nos ha tocado juntos en el microbús, como aquí los llaman. Pensamos que sólo llegaríamos a bañarnos con cierta rapidez para conocer a la de ya, a París, pero con la cruda que nos cargábamos de la noche anterior, al esperar a que uno se bañara y luego el otro, dormimos en destiempos tres horas completitas. Afortunadamente habíamos pagado el tour opcional de Paris Nocturno y nos llamaron al cuarto para avisarnos que la salida estaba próxima, sino, nos quedamos en pleno sonambulismo.

Una vez bañaditos y bien peinados (bien perfumados aún no, pues apenas vamos llegando y no íbamos a traer piedras al río, por muy Sena que éste sea) (quise decir, que en París se venden los mejores perfumes y lociones, ¿no?) subimos de nuevo al camión que prontó se encaminó al centro de ¡París! París nocturno. Cualquier cosa que me imaginé de París en el pasado se quedó muy corta. París hay que verlo, hay que estar aquí. Uno viene a la Tierra para conocer París, sino pa qué tanto lloriqueo de bebito. París, siento, se comió en pocas horas a Madrid, que tanto me gustó. Y se la comió de una sola mordida.

Fue una grata impresión ver primero el monumento a La Bastilla, ya inexistente. Después palacios, palacios y palacios. Bajamos en el Barrio Latino en donde la gente joven camina y se reúne. Está rodeado de restaurantes en donde invitan muy amablemente a pasar. Entramos a uno griego por la simple y sencilla razón que cuando terminas la cena, avientas el plato contra la pared para anunciar que sí te gustó la comida. Y te guste o no, yo creo que no hay sensación más agradable que romper algo. Y más si no es tuyo. Y más si es un plato contra una pared. Y más si es en un restaurante en París. De modo que poco importó cenar griego en nuestra primer velada parisina.

Te comento, y con esto comienzo la intruducción de algunos personajes que nos acompañan en el tour, que en el camión hay una señora mexicana que viene con su hijo. Antonio, se llama. Tendrá unos 40 años y desde que comenzó el viaje ha sido el que nos hace reír a cada momento, no porque sea simpático, sino por las tonterías que hace sin querer. Entre nosotros le hacemos un poco de bulling porque nos sentimos muy importantes siendo cuatro jovenes, primos, viajando solos por Europa, finalmente liberados del yugo familiar, mientras que él viaja con su mamá. A cualquier lugar que visitemos, sea catedral o museo, a tal hora el tour nos indica que debemos volver al camión y a tal hora debemos volver. Son la reglas en las que están incluídas la educación de uno, el respeto, el derecho ajeno y el cronograma de la expedición. Nosotros intentamos cumplirlo porque el camión está lleno de viejitos y no es nuestra intención que nos comiencen a regañar. Estábamos entonces ya todos arriba, ya cenados y paseados en el Barrio Latino, pero resultó que el tal Antonio no llegaba y no llegaba y cada vez se hacía más tarde y a todos nos úrgía irnos a dormir. Esperamos, esperamos. No llegaba, no llegaba. Tras vacilar en dónde estaría, preguntar a su mamá en dónde demonios estaba su hijo y pedir paciencia, finalmente llegó. Al hacerlo, su mamá le puso una regañiza tremenda, en frente de todos.

- ¡¿Ya ves?!- espetó muy enojada- ¡Siempre te estás perdiendo! ¡Nunca pones atención, hijo! ¡Ya pon más atención a las cosas!

De inmediato dirigió su mirada hacia nosotros, pues estamos en los asientos de atrás de ellos, y sin dejar de sonreír, con cara de entre pícaro y personaje de los Polivoces, nos dijo con su voz de caricatura.

- Es que me encontré una francesita, jijiji.

Nadie dijo nada. Nadie en el camión, ni nosotros. Sólo yo me agaché para contener la risa y Manuél con la diplomacia que le caracteriza apenas sonrió con amabilidad. Pero más tarde en el hotel los cuatro estaríamos atacados de la risa por lo que dijo, por cómo lo dijo y por quién lo dijo.

Pero antes de regresar al hotel, aún faltaba verla a ella. Entonces fuimos y ahí estaba: majestuosa, enorme, hermosa, iluminada, tan coqueta: La Torre Eiffel. No imaginé que fuera tan grande. Es enorme. Nos detuvimos en el mirador a presenciar de lejos su juego de luces. Es cuando dicen que se viste de gala, con diamantes, a las doce de la noche, entonces la torre comienza a brillar, iluminándose toda, aparentando movimiento y realmente parece que los diamantes surgen de ella.

Y sólo para conocer por encimita, pasamos por el Arco del Triunfo, fantástico; El Museo de Louvre, monumental; La Ópera, elegante; Notre Dame, magnífica; Los Campos Elíseos, ¡PARÍS!


Mañana será París de día, perdona si con esta Carta te ahogué siendo cursi o si magnifico algo que para ti no es para tanto, pero de verdad estoy muy emocionado. Soy sólo un pueblerino azteca, un ciudadano de una aldea desconocida en el norte de mi país y me parece que esta aventura europea apenas comienza.



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