12/Jun/01
XV
Zurich-Vaduz-Innsbruk
Te escribo con algunas cervezas encima, aunque
aún consciente. Sólo en año nuevo me pierdo. Hoy no es año nuevo. Hoy estamos
en Austria. ¡Qué noche ésta!
Muy temprano por la mañana dejamos el hotel de
Zurich. Comentaron algunos empleados de ahí estar sorprendidos por ser éste un
día por demás soleado. Rara vez ocurre y hoy ocurrió. Era contagiosa la emoción
de los suizos al asomarse y ver el sol tan brillante. ¡Y cómo no se iban a
emocionar si se alcanzaban a ver los Alpes nevados a tan corta distancia! Imagen
que realmente nos dejó boquiabiertos.
Pasamos tres horas en el centro de Zurich viendo
tiendas y caminando. Zurich es una ciudad normal, sólo que tiene montones de
bancos y por ende de cuentas y por ende de dinero. Al ser Suiza uno de los
países más caros del mundo y al ser la calle en la que estábamos una de las
calles más costozas del mundo, prácticamente nos limitamos a ver. Pero no
podíamos estar en Suiza y no comprar los clásicos chocolates suizos. Los Rolex
también son clásicos aquí, pero no teníamos dinero para Rolex, teníamos dinero
para chocolates, de modo que compramos chocolates.
Andrés, por alguna extraña razón, por alguna
misteriosa, compleja y tétrica razón, compró un gran bote con aceitunas, en vez
de los chocolates. La guía le preguntó el por qué de su compra, el chofer le
cuestionó, los viejitos que nos quedan se lo preguntaron. Nosotros, primos
fieles, indagamos en el por qué de las aceitunas y no chocolates. Andrés no
respondía. Sólo nos miraba, callado, escrutando, misterioso, como midiéndonos
con el pensamiento. Como ausente en presencia sin soltar su frasco de aceitunas.
Nosotros no entendíamos y Andrés solo observaba, ahí parado, con su frasco. Subimos
al camión, que al estar lleno de suculentos chocolates suizos, olía a paraíso.
En un lúgubre y solitario asiento se sentaba Andrés, con un enorme frasco de
aceitunas. Que sólo observaba y observaba en silencio. Es todo un enigma.
Caminamos también hacia el lago que nos permitió
ver en su reflejo algunas montañas nevadas. En una tienda compramos una cerveza
muy grande para cada uno y algo para comer, aunque eran cerca de las once de la
mañana. Nos tomamos la cerveza ahí en la plaza. No había mucho qué hacer.
Estábamos en Suiza y no había mucho qué hacer. Éramos cuatro, éramos primos,
estábamos jovenes y no había mucho qué hacer. Sólo que se estaba bien ahí. De
modo que bebimos la cerveza y hablamos de algo. O de nada. Fue un buen rato.
De vuelta al camión. Suiza llegó a su frontera y
nos despedimos de ella, para ingresar al Principado de Liechtenstein, pues nos
dirigíamos a su capital, Vaduz. La ciudad es demasiado pequeña como para
manejarse independientemente como país, pero como de todos modos sí es
independiente, entonces es un principado. El Principado de Liechtenstein. Ahí
nos encontramos con otro puesto, pues ya era mediodía y comimos delicioso. Tanto,
que a Andrés se le olvidó la cámara ahí, en alguna mesa o en el baño portátil y
no nos dimos cuenta hasta en la noche. Ni modo. Recuerdo que había fotos muy
buenas en esa cámara. Lo sé porque yo las había tomado.
La ciudad es muy pequeña, se ubica a las faldas
de un gran monte en donde se ubica el castillo del príncipe. Al castillo no
fuimos, pero a la ciudad sí y de ahí se veía el castillo completamente. A
Adrián le dio un ataque de risa porque en una tienda tomó un osito, le apretó
la panza y el osito comenzó a cantar. Adrián se reía, se reía y se reía. Como
Adrián tiene la risa muy chistosa, nosotros también comenzamos a reír. Cuando
se nos terminaba la risa, cualquiera de nosotros volvía a oprimir la panza del
osito y era cuestión de segundos para que Adrián comenzara su ataque de
simplicidad. Una vez manifestada su risa- graciosísima, insisto-, nos
entregábamos nosotros a la misma. Cuatro laguneros riendo como desenfrenados en
el principado de Liechstenstein. Amsterdam hizo sin duda su efecto.
Otra vez en la carretera, en donde pasamos por
el segundo túnel más largo del mundo. Son catorce kilómetros de oscuridad. La
verdad es que apenas entramos al túnel y ya no vi nada más, pero no por la
oscuridad, sino porque me quedé dormido.
Pronto llegamos a Austria. Las montañas con sus
pinos llenos de nieve la rodean y con ellas, la vieja historia de Heidi, pues
ella es de por aquí. Heidi fue inspirada por estas montañas y es en este lugar en
donde se desarrolla el cuento. De nueva cuenta pronto, llegamos a Innsbruck, una
ciudad muy pequeña, para variar. Pero muy austriaca. Es decir: casas pequeñas
escondidas en medio del bosque con sus chimeneas en las montañas, de madera
oscura, que reflejan la posible calidez con la que se vive dentro. Cabañas,
establos, huertos contruidos tan cerca de los pinos y de la nieve.
Recordarás que te platiqué en anteriores cartas
cuando estábamos en Inglaterra que nos compramos un baloncito de fútbol para
entretenernos en los tiempos muertos, sobretodo cuando llegamos al camión y las
demás personas aún no han arribado y ya no nos podemos alejar, de modo que
comenzamos a dominar el balón, practicar pases y si el terreno lo permite, un
dos contra dos que se vuelven de lo más divertidos. Hoy en el hotel nos
entraron unas inmensas ganas por jugar y organizamos importante duelo en el
cuarto de Adrián y Andrés con unas sillas a manera de porterías improvisadas.
Cuando el partido transcurría en su parte más interesante, de reojo vimos en la
puerta de la habitación la silueta de un hombre grande, fuerte, con camisa azul
y corbata roja, se dirigía a nosotros en un pésimo inglés, señalándonos con un
dedo grande, la cara roja llena de rabia y sus ojos desorbitados:
-THIS IS A HOTEL! THIS
IS A HOTEL! NO FUTBOL! NO FUTBOL!
THIS IS A HOTEL!
Furioso estaba el señor. De inmediato dejamos de
jugar, decisión muy injusta porque el partido ya se jugaba más delante de tres
cuartos de cancha con llegadas claras y manifiestas de gol en la portería
contraria. Creo era el gerente o alguien con autoridad, pues entró a la
habitación sin tocar y como si nada. ¿Quién le asegura al méndigo que el ruido
no era de otra cosa? Podría haber sido una pareja de recién casados demasiado
apasionada. Don Metichón.
Por la noche hubo otro tour opcional hacia la
ciudad de Innsbruck, pues estamos hospedados muy afuera a las afueras (he ahí el
por qué de nuestro gran juego de fut…, ¿pues qué más hacemos tan lejanos a la
civilización?). Íbamos a ver un espectáculo de los tradicionales bailes
austriacos, el llamado Tirol. Al llegar, había ¡POR FIN! gente de nuestra edad,
cosa que nos entusiasmó demasiado. Queríamos conocer bellas austriacas y tener
pronto hijos con ellas. Pero nos asignaron lugares numerados y quedamos
rodeados nuevamente de viejitos, ahora desconocidos. Lo bueno es que nos
sirvieron cerveza gratis toda la noche. Manuel muy prudente se tomó sólo
algunas. Adrián sigue de una simplicidad bárbara que me parece se trajo algo de
Amsterdam y no nos ha compartido. Andrés sí que bebió considerablemente, como
este humilde servidor que te escribe noche tras noche fielmente. Debo confesar
que este viaje sin Andrés probablemente hubiera sido algo aburrido, pues es a
quien le pasan casi todas las cosas. Además, cuando se pone borracho, es algo
que no te puedes perder, o le pasa algo insólito, o se pega con un poste y se
pone a dar vueltas, o se saca una brillantez de la manga.
La bebida continuó corriendo toda la noche. Los
viejitos medio que se comenzaron a quedar dormidos, pero nosotros no, más bien
empezamos a sentirnos más que alegres. Cuando los del tirol comenzaron a cantar
la de “México Lindo y Querido”, con el nopalote en la frente, brincamos
impulsados de imaginario resorte y gritamos la canción: con el pecho, con el
corazón, con el recuerdo y con la nostalgia. Abrazados, gritando y sintiéndonos
orgullosos de nuestro México. Ahora sí muy mexicanos, pero es que la distancia
y la ausencia de nuestra gastronomía nos puso muy sensibles. También tocaron
las canciones típicas de otros países, pero en esas sólo aplaudimos y le
bajamos a la efervecencia.
Como bien sabes, y si no sabes te lo digo, la
canción típica austriaca es la que se escucha en la caricatura de Heidi. Una
que va más o menos así, ¡ejem!, mhh, mhhh, ahí va, ¡ejem!:
"¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI! ¡HI
LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI!"
Ahora ya lo sabes o ya la recuerdas. Entonces te
cuento: al subir al camión, muy tarde ya, con cervezas que nos tranquilizaron y
adormecieron, acompañados de viejitos que ya estaban más allá que pa cá,
encontramos cada quien su asiento y reinó un silencio absoluto dentro del
autobús. Se respiró cansancio, calma y un ambiente somnífero. De pronto, de la
nada, porque sí, Andrés se levanto de su lugar y gritó:
"¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI! ¡HI
LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI!"
Manuel y yo levantamos la cabeza sorprendidos,
preocupados y hasta avergonzados. Adrián parecía asustado, tal sonido no podía
ser lo que estábamos pensando. ¿Qué le pasaba a Andrés? Había enloquecido y lo
íbamos a tener qué abandonar atándolo al poste más cercano. ¿Por qué de la
nada, tan irrespetuosamente para la gente dormida de la tercera edad, se
levantaba cantando a gritos la tonada típica del lugar? Pero para nuestra
sorpresa, comenzaron a escucharse aplausos. Pero verdaderos aplausos por parte
de los viejitos hacia Andrés. Estaban muertos de la risa y nosotros tres nos
encontrábamos del todo incrédulos por la acción andresiana. Jamás pensamos que
fuera a atreverse a despertarnos a todos con sus cánticos, ni siquiera pasó por
nuestra mente la posibilidad. Andrés se voló ante tanto reconocimiento y lo
volvió a hacer. Cantó con más énfasis, incluso:
"¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI! ¡HI
LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI!"
Los viejitos aplaudieron nuevamente. Estaban
encantados con el juguete nuevo. Y nosotros tres seguíamos sin saber si
sentarlo y callarlo de una buena vez o agregarnos a la pachanga de la tercera
edad. En un momento inmeditado, Andrés se dejó caer en su lugar y quedó
profundamente dormido. Fue como una flor de día o como un último canto del cisne.
De inmediato comenzamos a desear que ya fuera de mañana para ver su cruda
moral. Estoy seguro que sobrio jamás haría eso. Pues él es toda rectitud y
seriedad (según esto).
Andrés, otra vez de la nada, despertó con mucha
energía y la siguió haciendo de bufón. Nosotros nos reíamos de lo que decía y
hacía y nos sumamos a los aplausos y vitores de los viejitos. Lamentamos no
tener cámara de video para enseñarle sus bailes catárticos en el pasillo del
camión al día siguiente. Pero hasta los viejitos se cansaron de él y mejor
decidieron dormir. Hicimos lo propio en lo que volvíamos a nuestro lejano
hotel.
Hemos llegado finalmente al cuarto. Ya acostamos
a Andrés en la otra habitación y en esta Manuel duerme desde hace rato, lo hace
de una manera impresionantemente fácil que le envidio.
Antes de sentarme a escribirte, me he tomado un
baño de tina con el agua casi hirviendo. Era necesario bajarme la borrachera
antes de dormirme y escribirte, sino mañana no podré respirar. Ya es hora.
La noche es estrellada, silenciosa y desde
Austria, te escribo...
.



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