viernes, 2 de mayo de 2014

Carta XV

12/Jun/01


XV


Zurich-Vaduz-Innsbruk




Te escribo con algunas cervezas encima, aunque aún consciente. Sólo en año nuevo me pierdo. Hoy no es año nuevo. Hoy estamos en Austria. ¡Qué noche ésta!

Muy temprano por la mañana dejamos el hotel de Zurich. Comentaron algunos empleados de ahí estar sorprendidos por ser éste un día por demás soleado. Rara vez ocurre y hoy ocurrió. Era contagiosa la emoción de los suizos al asomarse y ver el sol tan brillante. ¡Y cómo no se iban a emocionar si se alcanzaban a ver los Alpes nevados a tan corta distancia! Imagen que realmente nos dejó boquiabiertos.

Pasamos tres horas en el centro de Zurich viendo tiendas y caminando. Zurich es una ciudad normal, sólo que tiene montones de bancos y por ende de cuentas y por ende de dinero. Al ser Suiza uno de los países más caros del mundo y al ser la calle en la que estábamos una de las calles más costozas del mundo, prácticamente nos limitamos a ver. Pero no podíamos estar en Suiza y no comprar los clásicos chocolates suizos. Los Rolex también son clásicos aquí, pero no teníamos dinero para Rolex, teníamos dinero para chocolates, de modo que compramos chocolates.

Andrés, por alguna extraña razón, por alguna misteriosa, compleja y tétrica razón, compró un gran bote con aceitunas, en vez de los chocolates. La guía le preguntó el por qué de su compra, el chofer le cuestionó, los viejitos que nos quedan se lo preguntaron. Nosotros, primos fieles, indagamos en el por qué de las aceitunas y no chocolates. Andrés no respondía. Sólo nos miraba, callado, escrutando, misterioso, como midiéndonos con el pensamiento. Como ausente en presencia sin soltar su frasco de aceitunas. Nosotros no entendíamos y Andrés solo observaba, ahí parado, con su frasco. Subimos al camión, que al estar lleno de suculentos chocolates suizos, olía a paraíso. En un lúgubre y solitario asiento se sentaba Andrés, con un enorme frasco de aceitunas. Que sólo observaba y observaba en silencio.  Es todo un enigma.

Caminamos también hacia el lago que nos permitió ver en su reflejo algunas montañas nevadas. En una tienda compramos una cerveza muy grande para cada uno y algo para comer, aunque eran cerca de las once de la mañana. Nos tomamos la cerveza ahí en la plaza. No había mucho qué hacer. Estábamos en Suiza y no había mucho qué hacer. Éramos cuatro, éramos primos, estábamos jovenes y no había mucho qué hacer. Sólo que se estaba bien ahí. De modo que bebimos la cerveza y hablamos de algo. O de nada. Fue un buen rato.



De vuelta al camión. Suiza llegó a su frontera y nos despedimos de ella, para ingresar al Principado de Liechtenstein, pues nos dirigíamos a su capital, Vaduz. La ciudad es demasiado pequeña como para manejarse independientemente como país, pero como de todos modos sí es independiente, entonces es un principado. El Principado de Liechtenstein. Ahí nos encontramos con otro puesto, pues ya era mediodía y comimos delicioso. Tanto, que a Andrés se le olvidó la cámara ahí, en alguna mesa o en el baño portátil y no nos dimos cuenta hasta en la noche. Ni modo. Recuerdo que había fotos muy buenas en esa cámara. Lo sé porque yo las había tomado.

La ciudad es muy pequeña, se ubica a las faldas de un gran monte en donde se ubica el castillo del príncipe. Al castillo no fuimos, pero a la ciudad sí y de ahí se veía el castillo completamente. A Adrián le dio un ataque de risa porque en una tienda tomó un osito, le apretó la panza y el osito comenzó a cantar. Adrián se reía, se reía y se reía. Como Adrián tiene la risa muy chistosa, nosotros también comenzamos a reír. Cuando se nos terminaba la risa, cualquiera de nosotros volvía a oprimir la panza del osito y era cuestión de segundos para que Adrián comenzara su ataque de simplicidad. Una vez manifestada su risa- graciosísima, insisto-, nos entregábamos nosotros a la misma. Cuatro laguneros riendo como desenfrenados en el principado de Liechstenstein. Amsterdam hizo sin duda su efecto.




Otra vez en la carretera, en donde pasamos por el segundo túnel más largo del mundo. Son catorce kilómetros de oscuridad. La verdad es que apenas entramos al túnel y ya no vi nada más, pero no por la oscuridad, sino porque me quedé dormido.

Pronto llegamos a Austria. Las montañas con sus pinos llenos de nieve la rodean y con ellas, la vieja historia de Heidi, pues ella es de por aquí. Heidi fue inspirada por estas montañas y es en este lugar en donde se desarrolla el cuento. De nueva cuenta pronto, llegamos a Innsbruck, una ciudad muy pequeña, para variar. Pero muy austriaca. Es decir: casas pequeñas escondidas en medio del bosque con sus chimeneas en las montañas, de madera oscura, que reflejan la posible calidez con la que se vive dentro. Cabañas, establos, huertos contruidos tan cerca de los pinos y de la nieve.



Recordarás que te platiqué en anteriores cartas cuando estábamos en Inglaterra que nos compramos un baloncito de fútbol para entretenernos en los tiempos muertos, sobretodo cuando llegamos al camión y las demás personas aún no han arribado y ya no nos podemos alejar, de modo que comenzamos a dominar el balón, practicar pases y si el terreno lo permite, un dos contra dos que se vuelven de lo más divertidos. Hoy en el hotel nos entraron unas inmensas ganas por jugar y organizamos importante duelo en el cuarto de Adrián y Andrés con unas sillas a manera de porterías improvisadas. Cuando el partido transcurría en su parte más interesante, de reojo vimos en la puerta de la habitación la silueta de un hombre grande, fuerte, con camisa azul y corbata roja, se dirigía a nosotros en un pésimo inglés, señalándonos con un dedo grande, la cara roja llena de rabia y sus ojos desorbitados:

-THIS IS A HOTEL! THIS IS A HOTEL! NO FUTBOL! NO FUTBOL! THIS IS A HOTEL!

Furioso estaba el señor. De inmediato dejamos de jugar, decisión muy injusta porque el partido ya se jugaba más delante de tres cuartos de cancha con llegadas claras y manifiestas de gol en la portería contraria. Creo era el gerente o alguien con autoridad, pues entró a la habitación sin tocar y como si nada. ¿Quién le asegura al méndigo que el ruido no era de otra cosa? Podría haber sido una pareja de recién casados demasiado apasionada. Don Metichón.

Por la noche hubo otro tour opcional hacia la ciudad de Innsbruck, pues estamos hospedados muy afuera a las afueras (he ahí el por qué de nuestro gran juego de fut…, ¿pues qué más hacemos tan lejanos a la civilización?). Íbamos a ver un espectáculo de los tradicionales bailes austriacos, el llamado Tirol. Al llegar, había ¡POR FIN! gente de nuestra edad, cosa que nos entusiasmó demasiado. Queríamos conocer bellas austriacas y tener pronto hijos con ellas. Pero nos asignaron lugares numerados y quedamos rodeados nuevamente de viejitos, ahora desconocidos. Lo bueno es que nos sirvieron cerveza gratis toda la noche. Manuel muy prudente se tomó sólo algunas. Adrián sigue de una simplicidad bárbara que me parece se trajo algo de Amsterdam y no nos ha compartido. Andrés sí que bebió considerablemente, como este humilde servidor que te escribe noche tras noche fielmente. Debo confesar que este viaje sin Andrés probablemente hubiera sido algo aburrido, pues es a quien le pasan casi todas las cosas. Además, cuando se pone borracho, es algo que no te puedes perder, o le pasa algo insólito, o se pega con un poste y se pone a dar vueltas, o se saca una brillantez de la manga.

La bebida continuó corriendo toda la noche. Los viejitos medio que se comenzaron a quedar dormidos, pero nosotros no, más bien empezamos a sentirnos más que alegres. Cuando los del tirol comenzaron a cantar la de “México Lindo y Querido”, con el nopalote en la frente, brincamos impulsados de imaginario resorte y gritamos la canción: con el pecho, con el corazón, con el recuerdo y con la nostalgia. Abrazados, gritando y sintiéndonos orgullosos de nuestro México. Ahora sí muy mexicanos, pero es que la distancia y la ausencia de nuestra gastronomía nos puso muy sensibles. También tocaron las canciones típicas de otros países, pero en esas sólo aplaudimos y le bajamos a la efervecencia.

Como bien sabes, y si no sabes te lo digo, la canción típica austriaca es la que se escucha en la caricatura de Heidi. Una que va más o menos así, ¡ejem!, mhh, mhhh, ahí va, ¡ejem!:

"¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI! ¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI!"

Ahora ya lo sabes o ya la recuerdas. Entonces te cuento: al subir al camión, muy tarde ya, con cervezas que nos tranquilizaron y adormecieron, acompañados de viejitos que ya estaban más allá que pa cá, encontramos cada quien su asiento y reinó un silencio absoluto dentro del autobús. Se respiró cansancio, calma y un ambiente somnífero. De pronto, de la nada, porque sí, Andrés se levanto de su lugar y gritó:

"¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI! ¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI!"

Manuel y yo levantamos la cabeza sorprendidos, preocupados y hasta avergonzados. Adrián parecía asustado, tal sonido no podía ser lo que estábamos pensando. ¿Qué le pasaba a Andrés? Había enloquecido y lo íbamos a tener qué abandonar atándolo al poste más cercano. ¿Por qué de la nada, tan irrespetuosamente para la gente dormida de la tercera edad, se levantaba cantando a gritos la tonada típica del lugar? Pero para nuestra sorpresa, comenzaron a escucharse aplausos. Pero verdaderos aplausos por parte de los viejitos hacia Andrés. Estaban muertos de la risa y nosotros tres nos encontrábamos del todo incrédulos por la acción andresiana. Jamás pensamos que fuera a atreverse a despertarnos a todos con sus cánticos, ni siquiera pasó por nuestra mente la posibilidad. Andrés se voló ante tanto reconocimiento y lo volvió a hacer. Cantó con más énfasis, incluso:

"¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI! ¡HI LO LEI, HI LO LEI, HI LO LEI, HI HI!"

Los viejitos aplaudieron nuevamente. Estaban encantados con el juguete nuevo. Y nosotros tres seguíamos sin saber si sentarlo y callarlo de una buena vez o agregarnos a la pachanga de la tercera edad. En un momento inmeditado, Andrés se dejó caer en su lugar y quedó profundamente dormido. Fue como una flor de día o como un último canto del cisne. De inmediato comenzamos a desear que ya fuera de mañana para ver su cruda moral. Estoy seguro que sobrio jamás haría eso. Pues él es toda rectitud y seriedad (según esto).

Andrés, otra vez de la nada, despertó con mucha energía y la siguió haciendo de bufón. Nosotros nos reíamos de lo que decía y hacía y nos sumamos a los aplausos y vitores de los viejitos. Lamentamos no tener cámara de video para enseñarle sus bailes catárticos en el pasillo del camión al día siguiente. Pero hasta los viejitos se cansaron de él y mejor decidieron dormir. Hicimos lo propio en lo que volvíamos a nuestro lejano hotel.

Hemos llegado finalmente al cuarto. Ya acostamos a Andrés en la otra habitación y en esta Manuel duerme desde hace rato, lo hace de una manera impresionantemente fácil que le envidio.

Antes de sentarme a escribirte, me he tomado un baño de tina con el agua casi hirviendo. Era necesario bajarme la borrachera antes de dormirme y escribirte, sino mañana no podré respirar. Ya es hora.


La noche es estrellada, silenciosa y desde Austria, te escribo...





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