jueves, 8 de mayo de 2014

Carta XVIII

15/Jun/01


XVIII

Viena-Venecia




¡Mama Mía! ¡Bonjorno Italia! ¡Bonjorno Venecia!

Me ha tocado Venecia y yo he quedado inmóvil. Encantado, como se suele decir. El aire italiano, la tierra, el aroma y su melódico lenguaje ya hicieron gran acto de presencia en nosotros que rápidamente quedamos sorprendidos.

De tres cuartos de día no hay mucho que decir. Ha sido uno de los días que más hemos estado en carretera, sino es el que más, pues el trayecto de Viena a Venecia es muy largo. A las nueve de la mañana dejamos Austria y a las siete de la tarde arribamos a Italia.

Nos dijeron que en Europa podía existir un cielo y un infierno.

El cielo estaría conformado por mecánicos alemanes, policías ingleses, cocineros franceses, amantes italianos y todos dirigidos por suizos.

En cambio, el infierno sería así: mecánicos franceses, policías alemanes, cocineros ingleses, amantes suizos y todos, dirigidos por italianos.

Y sucede que entramos a un país mucho más cercano al nuestro, de donde vienen tantas cosas aún tan actuales que encuentran aquí sus raices. La gente es incluso cálida y muy gritona, cosa que nos ha gustado. Es cierto que nos han tratado muy bien por toda Europa (menos en Inglaterra, a mí), pero éste lenguaje italiano hará que nos entendamos con más facilidad y hasta sentirnos en casa, porque las lenguas germánicas que hemos venido escuchando desde nuestro paso por Bélgica, Holanda, Alemania y Austria nos tiene el cerebro ya militarizado. Necesitamos algo más poético, como cuando estuvimos en Francia, y qué mejor que ésta dulce y sonora medicina latina que suena a gritos como música para nuestro sentido del oído.

De modo que llegamos avanzada la tarde a Venecia, cerca de las siete. Hubo un pequeño gran problema en el hotel: no había cuarto para nosotros cuatro. Algo pasó en la papelería y comunicación que se confundieron en la gerencia y los cuatro muchachos de México (tan simpáticos ellos) se quedaron sin habitación. La guía discutió y discutió y discutió con el recepcionista. También Juan, el chofer. ¿Pero cómo resolverlo? Después de un buen rato de alegatos y discusión, nos mandaron a otro hotel que está a dos cuadras del inicial. Incluso, el dueño del hotel en donde no pudimos quedarnos, nos llevó al nuevo en su carro, para que no hubiera queja por el mal servicio. Por si fuera poco y para enmendar su error, nos invitaron a cenar gratis en el hotel en donde no hubo cabida para nosotros y nos obsequiaron también una botella de vino tinto. Con vino dentro de la botella, claro.

- "Ayer llegué en un Mercedes Benz al palacio de Viena para presenciar un concierto y hoy bebo vino tinto gratis en la mismísima Venecia, ¿de dónde viene todo esto, por qué, para qué, siendo yo tan complicado?"- pensé.

Pero como lo que llega hay que aprovecharlo sin meditar mucho, porque no se sabe cuando se repita la ocasión, pues ¡a comer y a tomar se ha dicho!

Después, con algunos otros del tour, tomamos un camión rumbo al centro de Venecia, ya que nuestro hotel está a las afueras. Una vez ahí, tomamos el Vaporeto, un barquito que conduce directo a la famosa e impresionante Plaza de San Marcos. Y comenzó a rodar la película: Venecia. Venecia y sus canales; Venecia y sus puentes, cientos de ellos; Venecia con su monumental y bellísima Catedral. Exquisitamente decorada con pinturas, esculturas, con todo el estilo bizantino. Arquitectónicamente muy bella. Venecia.




Es extraño. Siempre que platicas de tus sueños con los amigos, de los lugares que en el futuro deseas conocer, siempre, pero siempre, alguien sugiere:

-¡Italia!

Y uno piensa:

-Ah, sí, Italia, ir a Venecia. Conocer sus calles de agua, subir a las góndolas. Lo barroco, las máscaras, las historias prohibidas y escondidas de amor…

Al menos eso pensé una y otra vez en mi vida. ¡Y ahora estaba aquí, en Venecia! Cruzando puentes, caminando por calles estrechas, ¿calles? y pasando por edificios admirables, cuidadosamente decorados y antiguos. Venecia de noche es algo impresionante. Es como un set de película clásica. La vista no alcanza, porque a pesar de que todo es muy parecido, siempre hay pequeños detalles que te hacen ver, ver y ver.





Pero como se volvió muy noche, tuvimos que regresar al hotel, con los ojos llenos de Venecia. Tomamos el Vaporeto, es decir, el dichoso barquito que nos transporta de la antigua ciudad a la zona hotelera. Atravezando el agua, dentro del Vaporeto, callado, viendo las construcciones venecianas, en lo que llegábamos al muelle, pensé en mi padre. Eso me sucede con frecuencia. En los museos de pintura pienso en mi madre. En las calles, carreteras y catedrales, pienso en el hermano de mi abuelo paterno, mi tío Álvaro, (autor original de estas Cartas, a quien no conocí, pero que viajó y escribió tanto acerca de sus exóticos viajes en sus Cartas de Viaje, que llegaron muy temprano a mi y que fueron mis primeras lecturas y mayor influencia en esta actividad nocturna que hago y te comparto, he ahí el por qué de esto). Pero concretamente hoy, bajo el cielo veneciano, con su silencio y protección, en la parte más bella de Italia, recordé a mi padre. Sé y lo sé muy bien, que a donde quiera que vaya, ellos, mamá, papá y el fantasma de mi tío, me acompañan. Aunque mi papá se enoje tanto cuando le hablo por cobrar...

Tomamos, sin saber muy bien lo que hacíamos, otro camión para que nos llevara al hotel. Eso de encontrar el hotel fue un show. Ni nosotros ni los demás compañeros del tour sabíamos muy bien en dónde debíamos bajar del camión. Éramos como dieciocho personas del tour y en una parada, alguien gritaba:

-¡Aquí es!

Y todos nos bajábamos de inmediato, dándonos empujones, apretujados, preocupados y diciendo: ¡eeeeeeeeeeeeeeeeh!

Una vez abajo, alguien decía:

¡No! ¡aquí no es!

Y otra vez a toda velocidad para arriba: empujándonos, apretujándonos, preocupados pero felices y diciendo ¡eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeh!

Fácilmente repetimos eso unas tres o cuatro veces: bajar y subir al camión en cada parada gritando siempre nuestro divertido ¡eeeeeeeeeeeeeeh! Del cansancio y absurdo de la situación nos reíamos a carcajadas. Los viejitos estaban atacados, reían y reían. Fue una bonita noche.


Además que la he cerrado con broche de oro, pues lo he hecho escribiéndote, cosa que necesito y me gusta. Aquí en Venecia, ya tan mía, apoyando mi cansada espalda sobre una deliciosa almohada, recordando los sucesos para platicártelos con detalle, porque sé que me acompañas, tú desconocido lector, en este tan emocionante viaje.




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