miércoles, 21 de mayo de 2014

Carta XXI

18/Jun/01


XXI


Florencia-Asís-Roma



Dicen desde tiempos muy antiguos que todos los caminos conducen a Roma. Tan famosa sentencia podría ser cierta o no, pero al menos la autopista Florencia-Asís-Roma sí que lo hace. Y por eso estamos aquí.

Hemos llegado a suelo romano, como ya mencioné, fatigados, desvelados, cansados, panzones, pobres, greñudos, barbones… pero eso sí, muy paseados.

Hoy cumplimos tres semanas en Europa. El dejar Florencia significó otro día de carretera, como muchos otros que hubo y habrá, aunque éste tuvo no uno sino dos toques especiales: Asís y Roma.

El primero está a mitad de camino. Es un pequeño pueblo construido a lo alto de una montaña. Una antigua ciudad feudal que aún mantiene sus restos. Amurallada, muy café grisácea, con todo lo que una ciudad medieval debe tener. El olor a antiguo se percibe de inmediato. Ahí es, por supuesto, donde nació y vivió San Francisco, por eso se llama San Francisco de Asís (clap, clap, clap, aplausos, aplausos, clap, clap, clap).

La capilla, para no variar, es interesantísima. Incluso divertida. Y no lo digo por su arquitectura gótica al estilo francés, ni porque absolutamente todas las paredes fueron pintadas por Giotto con unos fabulosos murales. No, eso es por demás importante, pero lo que me ha llamado la atención, es su estructura laberintezca: No es plana, hay escaleras dentro de la iglesia, se puede bajar a los subterráneos en donde, dicho sea de paso, está la tumba de San Francisco (San Panchito, para los cuates). Después hay otra escalera circular a donde subes a otra capilla y todo, absolutamente todo, está cubierto por frescos del gran Giotto. Imagenes que hablan sobre la vida de San Francisco y de episodios evangélicos. No entendí por qué había una capilla arriba de otra, pero así estaba. Y caso a parte, los frailes. ¡Magnífico verlos! Caminaban tranquilamente, leyendo o en meditación o contemplando cualquier objeto de la naturaleza, con una paz realmente envidiable. Aunque uno nunca sabe qué tormenta puede haber dentro de la cabeza de la persona más tranquila, como era el caso, no dejó de ser muy atractivo observarlos: verlos tan panzones con su humilde toga café y su cuerda a manera de cinturón sujetando su vestimenta. Algunos de ellos pelones con barba, lo cual fue más atractivo aún. Me impresionó la serenidad que transmiten, la vi imposible, pues al menos en mi caso no podría tener paz con una vida casta. Pero supongo que hay gente que nació para ello, como para todo. En fin.




Hicimos algunas compras, entre ellas compré un Pinocho de madera –pues, como casi su nombre lo indica, Pinoccio es italiano- y un libro novelado de la vida se San Francisco. Me urgía lectura nueva porque los tres de Bukowski que me traje ya los terminé con tanta carretera, y aún nos falta cruzar toda Italia, Francia y España para cerrar el ciruito europeo. Fue una oportuna compra, pues ya no tenía qué leer y Manuel y Adrián ya nomás me platican lo mismo. Andrés, pues Andrés, lo dice todo al revés.

Comenzó a llover. Yo estaba solo, caminando por las calles a ver con qué sorpresa me encontraba. Me metí en callejones con sus paredes de piedra, subí y bajé calles, tomé muchas fotos y conocí las pequeñas casas del pueblo. Manuel se quedó en las compras, es tremendamente tardado para comprar. Adrián y Andrés siempre se van a comer algo, lo sé porque cuando me dio hambre, me los encontré en el restaurante, terminando. Pedí primero una pizza mediana y luego una hamburguesa. No podíamos creer todo lo que comimos, porque mis primos pidieron igual. He comido pan en estas tres semanas como loco demente, si de por sí.

Asis, muy parecido a lo que sucede en Brujas, allá en Bélgica, ha quedado suspendida en el tiempo. Allá con un entorno fantástico, de brujas y dragones, y acá, flota en el ambiente una sensación sanadora de espiritualidad. La naturaleza que la rodea, los pequeños caminos, el silencio de las personas, la amabilidad de todos, la ausencia de ruido, regaños, gritos, claxons, para que en cambio se escuche el viento, el movimiento de las ramas en los árboles, saber que San Francisco estuvo aquí, sanando, reconociendo a los animales como sus hermanos, saludando a su hermano sol, a su hermana luna. Fue muy purificador.

Horas, muchas horas después llegamos a Roma. Hicimos el paseo nocturno, ya tradicional en este viaje, y me sucedió un poco lo que en Londres. Me abrumé de tanta información y dejé de poner atención. En un mismo lugar pasaron demasiadas cosas con distintos personajes, de diferentes épocas y todo lo mezclan como si tuviéramos un doctorado en historia de la humanidad, arte y cultura.

Sin embargo, claro, Roma tiene su encanto. Es La Ciudad Eterna. Por supuesto lo que absorbió mi atención, y por mucho, fue El Coliseo. De noche, iluminado y con esa fuerza que transmite, me logró emocionar.

Bajamos en la fuente de Trevi. Le dimos la espalda, sentándonos en una de sus orillas y lanzamos una moneda hacia atrás, pasando nuestra mano entre el hombro y cuello. Se supone que al hacerlo se te conceden una serie de deseos, dependiendo del número de monedas que lances, de modo que utilicé toda mi morralla. 




Visitamos el Panteón, pero lamentablemente ya estaba cerrado, aunque por fuera es espectacular. Pasamos por ruinas romanas y por donde en su momento, ya hace tanto tiempo, fue el Circo Romano, que ya no es más que un ovalado y verdoso jardín, pero si has visto Ben-Hur, donde las carreras en los caballos, ah pues eso antes estaba ahí.

Vimos de lejos El Vaticano con su plaza de San Pedro. Mañana temprano conoceremos.

Muy agradable fue el paseo nocturno, romano y apostólico, aunque mañana visitaremos más lugares, con mucha más calma. Hoy es muy tarde, casi la una y mi panza está gorda, inflada, extraña, ajena, voluptuosa, como nunca en mi flaca vida la había visto.


Y no sé, quizá sea un mensaje.






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