16/Jun/01
XIX
Venecia-Padua-Florencia
El día ha terminado. Es de noche. Es de noche
como cada vez que te escribo. He tomado cerveza y Manuel habla por teléfono con
su novia en este instante. Es de noche. Yo no le hablaré a ella. Quiero hacerlo,
pero no lo haré. No esta noche. Adrián y Andrés han salido a un antro, pero yo
no he querido ir. Quiero escribir. Necesito escribir. Y voy a hacerlo, pues hay
mucho qué contar:
Venecia nos esperaba de día. La habíamos
conocido de noche y ahora le tocaba el turno al sol. ¡Y qué sol! El calor
quemaba mientras viajábamos por el ya famoso Vaporeto. Uno de los viejitos que
nos acompañan en el tour, ha adoptado este sobrenombre: El Vaporeto. Ya que
desde el desayuno, visiblemente emocionado porque estamos en Venecia y porque
ayer nos transportamos en el vaporeto, grita casi cada cinco minutos: ¡EL
VAPORETO! ¡EL VAPORETO! Sin dirigirse realmente a nadie, sólo es una palabra
que le está gustando decir con todo el estilo italiano. Tras terminar el desayuno y una vez montados
todos en el Vaporeto, ¡olvídate! Lo hacía cada dos minutos: ¡EL VAPORETO! ¡EL
VAPORETO! Cosa que a nadie le importa, ni lo voltean a ver, pero que a nosotros
nos causa muchísima hilaridad y alegría. Así que para referirnos a él, no sólo
nosotros, sino ya todos los integrantes del tour, decimos:
- No pues no sé, pregúntale al Vaporeto.
- ¿En dónde quedó el Vaporeto?
- Sí, hombre, mira, ahí está, a un lado de la
esposa del Vaporeto.
- El Vaporeto se ha quedado comprando cosas.
Y cosas por el estilo.
De día Venecia es otra. Venecia con palomas. Cientos
y cientos de palomas por toda la plaza de San Marcos, lo que hace muy difícil
el caminar. Y no es nada raro que de pronto las palomas te ataquen, suban a tus
hombros, cabeza y revisen de bien a bien quién eres. A mí y a Andres se nos
posaron mucho durante la caminata, como si nuestra cara fuera de maíz.
También es cierto que Venecia huele un poco mal.
Nos lo habían advertido y es cierto. Algunos de sus canales son sucios, el agua
se estanca y huelen mal. Aunque eso no afea la ciudad, sino el olfato, pero
esto es tan sólo un pequeño detalle.
El recorrido comenzó con un paseo entre sus
estrechas calles y pequeños puentes. Te he dicho que hay decenas de estos y
cada uno es distinto, con diferentes decorados, diversos tamaños y formas. No
dejábamos de cruzar pequeños puentes. Apreciamos las calles de esta elegante
ciudad para llegar al punto donde teníamos que abordar la famosa góndola.
No hay mucho qué decir, la góndola avanzó y vimos
las paredes altas a nuestro alrededor. Paredes largas y antiguas. Pasamos por
debajo de los puentes, el gondolero comenzó a cantar y la vista fue
inmejorable. El momento fue espectacular: me encontraba en una góndola en Venecia,
¿qué más te podría decir? ¿o pedir? Bueno sí, compañía femenina no estaría mal.
Porque no fue lo mejor llegar tan joven a esta ciudad romántica, con todas sus
paredes, puentes y canales y subir a un paseo todavía más romántico, con un
primo a cada lado y el otro enfrente. Sin embargo fue un rato de lo más
agradable. Pasamos incluso por las que fueron casas de mi idolazo Casanova y del
gran Marco Polo.
Porque si no lo sabes, Casanova es de aquí, tan
veneciano. Fue de aquí, más bien. Hay una gran diferencia entre un Casanova y
un Don Juan, o Don Giovanni, como quieras decirle. Y esa es que Casanova quería
a las mujeres para hacerlas sentir amadas, las admiraba y les cantaba a su
belleza, mientras que Don Juan, perverso y maligno, aunque muy galán y con una
gran labia, las quería para enamorarlas hasta la locura, usarlas y abandonarlas
para dejarlas en sufrimiento. Así que uno decide a quién imita.
Manuel se compró el tricornio y la máscara de
Casanova, están pero con madres. Yo quería pero me queda poco dinero y muchos
días aquí. Qué miedo.
Bueno, una vez finalizado el paseo por la
góndola, nos dirigimos los cuatro a un puesto de sombreros. Cada uno de
nosotros compró un sombrero blanco con una cinta negra alrededor. Un sombrero
elegante. Un sombrero italiano. Como de gángster, con todo el estilo. Los
cuatro, paseando por las calles de Venecia, con sombreros blancos y bien
formados, caminando hacia la Catedral de San Marcos. Toda una postal.
Esta Catedral es imponente, seas creyente o no.
Es grande, tapizada con hoja de oro, en gran porcentaje de mosaico dorado. Toda
la iglesia está tapizada con pequeños mosaicos dorados. Sé que lo repetí, pero
es que no me lo creo. Los temas, pasajes bíblicos, sobretodo referentes a San
Marcos. Algunos de ellos sobre cómo le hicieron para traer su cuerpo aquí para
enterrarlo. ¿Te cuento cómo? Ya que Venecia perteneció en su momento al Imperio
Bizantino, por ende había muchos Musulmanes viviendo aquí y trabajando en
diferentes oficios, ente ellos, claro, la aduana. Pero había que traer el
cuerpo de San Marcos de contrabando, pues al ser de los primeros cristianos,
los musulmanes aduanales probablemente impedirían su paso. Y lo que hicieron
fue poner el cuerpo en el fondo del sarcófago y luego llenaron todo el
sarcófago de carne de puerco. Así que cuando los musulmanes abrieron la caja,
sólo vieron la carne de puerco, la cerraron inmediatamente muy asqueados,
comida que abominan, y les dieron el paso lo más rápido que pudieron para que
se llevaran esa porquería. Porquería para ellos. Y así fue como, rodeado de
puerco, San Marcos vino a parar aquí, a la ciudad de donde es patrón y donde se
erigue la Catedral de tan carismático evangelista.
Y de hecho, nos detuvimos en donde se supone
están sus restos, en una inmensa tumba dorada y llena de cosas. Nos detuvimos
en silencio y saludamos a tan bíblico personaje, todo un crack. Después subimos
otras escaleras y visitamos la planta superior, a manera de terraza, desde
donde se logra ver toda la plaza de San Marcos con su grandísima belleza, la
gran torre café como vecina en donde Galileo Galilei trabajó tanto observando
el cielo y en donde descubrió innumerables cosas clave para dar inicio a la
época moderna. Apreciendo y disfrutando Venecia, los cuatro, entre unos
caballos de bronce muy antiguos, alrededor de nosotros, que fueron traídos de
Constantinopla.
Había ahí un espejo. Me vi reflejado. Me di
cuenta que mi flamante sombrero blanco me caía bien. No me sentía Alejandro,
sino alguien ajeno a mí que disfrutaba Venecia. No dejaba de admirar mi
sombrero: fuerte, elegante, delineado, blanco, vistoso. Y no dejaba de sentirme
tan bien como pocas veces me he sentido en mi vida. ¡Ah, Italia! ¡Visitarte es
mejor que cualquier terapia, medicina o curso de autoayuda! ¡Italia, Italia,
con tu Venecia, qué enamorado estoy de ti! Te adelanto que mi sombrero blanco no
me lo quité en todo el día, bajo ninguna circunstancia y fui un hombre
sumamente dichoso. Otra víctima, quizá, del condicionamiento consumista, lo
acepto, pero estoy más que encantado con ser y estar aquí.
Aún dentro de la Basílica, llegó el momento de acercarnos
a la tumba de San Marcos, pues se puede tener otro acceso mucho más corto a
donde se encuenta. Y ahí estaba. Aquél hombre estaba muerto desde hace mucho
tiempo. Muerto. Inerte. Poco menos de dos mil años. Aquél hombre escribió uno
de los cuatro evangelios. Aquél hombre fue discípulo de Pedro. Habló con él.
Presenció aquella heróica época de los inicios del cristianismo, en donde todos
ellos fueron perseguidos o mártires. Fue partícipe de la historia del hombre.
De la historia de las escrituras. Y estaba ahí su cuerpo, muerto. Y delante de
él, inmensos y majestuosos objetos dorados. Y alrededor nuestro y por toda la
Basílica todo comenzó a tomar tonos dorados. Y San Marcos ahí muerto y todo
dorado, pero otra vez San Marcos y todo dorado y nosotros ahí, rodeados de
dorado. Venecia, Catedral, San Marcos, dorado, nosotros… Demasiado para mí,
pues a veces me dan ataques de pánico cuando no puedo comprender el significado
de las cosas, incluso sabiendo que en ocasiones no lo tienen.
Llegado el mediodía, tomamos nuevamente el
Vaporeto. ¡EL VAPORETO, EL VAPORETO! Seguía gritando el señor. Es decir, seguía
gritando El Vaporeto.
Dije adiós a Venecia con agradecimiento y
nostalgia. Venecia me hizo sentir tan vivo y dichoso. Agradezco tanto haberlo
conocido.
Por la tarde llegamos a Padua. Concretamente a
la Basílica de San Antonio. Otra maravilla. Mucho más grande y llena de
detalles en sus paredes. Hay incluso esculturas de Donatello, que admiramos. En
esta basílica, están las reliquias de San Antonio. Tienen en unos frascos de
oro la laringe, la lengua y la quijada de San Antonio. Cada cosa en un frasco
distinto. La gente va ahí y reza. Admiran las reliquias y pide algo a este
santo. No creo que eso resulte mucho, pero ahora sí que cada quién.
Si me conoces sabes que aunque soy un estudioso
de la historia de Jesús, no asisto a la Iglesia (en parte por lo mismo, uno se
da cuenta de tantas cosas) y se me ubica más bien como un joven desertor de la
casa de San Pedro, pero si nos ponemos a resumir el viaje, no ha pasado día sin
que visite iglesia, capilla, basílica o Catedral, y eso que aún falta el plato
más fuerte en este tema: Roma y El Vaticano. Y aunque esto no significa nada,
es sólo un apunte.
Dejamos Padua. Quedaban dos horas de camino para
llegar a Florencia: la tierra de mi gran y queridísimo Dante, ¡Ah, qué emoción!
De los Medici´s, la cuna del Renacimiento, la Florencia en donde tanto trabajó
Miguel Ángel. La Ciudad Museo, lugar que todo amante del arte desea conocer. Lo
más probable es que yo sea un ignorante, pero sé que amo el arte y esta misma
noche estoy en Florencia esperando a que amanezca y por fin poderla conocer.
Hoy hay que dormir, en esta oscura noche
florentina.
.





No hay comentarios:
Publicar un comentario