lunes, 19 de mayo de 2014

Carta XX

17/Jun/01


XX


Florencia




Estuve en Florencia y no vi el David de Miguel Ángel. Aquél David enorme. Aquél David de mármol tan famoso y tan perfectamente bien realizado. Muy blanco, muy grande, muy detallado, no lo vi.

Simple y sencillamente Florencia me ha fascinado. Como bien dicen, es un museo al aire libre. Todo es arte, ya sea en arquitectura, escultura o pintura.





Inició el recorrido con una visita panorámica desde el mirador. Fue como cualquier visita panorámica desde cualquier mirador: llegas, ves todo, señalas los lugares que te atraen, comentas algo, te tiras un pedo a escondidas, vuelves a mirar, tomas una o dos fotos, volteas por algo, comienzas a bobear y en pocos minutos ya estás haciendo otra cosa, menos viendo la ciudad.

Continuamos el recorrdio a pié cruzando un hermoso puente diseñado por Miguel Ángel para poder llegar a la Basílica Florentina, con su gran fachada de mármol en diversos colores para dar una grata impresión de elegancia. Por fuera es bellísima, pero por dentro no es la gran cosa. Demasiado austera.

Como suele suceder, me puse de genio. Es común que cuando me encuentro en un lugar donde he querido estar toda mi vida, me altero, nefasteo y me pongo de malas. Porque ese instante es un momento que soñé, que sólo hoy y ahora puedo vivir y porque no está sucediendo lo que quiero que suceda. Y es que hay tanto y tanto qué ver en Florencia que el tiempo no nos iba a alcanzar. Y, aunque el tiempo alcanzara, la mente no. Llega un momento en el que la mente se nubla de tanto museo, los ojos se cierran y duelen, las piernas arden, el cuello pesa y no es posible continuar.

Para no perder la costumbre del reparto en equipos, Adrián y Andrés se fueron por su lado, pues están un poco hastiados del arte. Manuel y yo sí que queríamos buscarlo y verlo. Primero comimos, encontramos un pequeño restaurante florentino muy típico en donde nos sentamos. Hemos caminado tanto durante estos días que sin pena pedimos una pizza mediana cada uno. Dice Manuel que me veo más gordo por tanto pan que nos han dado, pero eso es imposible. Yo nunca engordo ni enflaco, siempre estoy igual coma o deje de comer.

Tras comer y beber un buen vino, nos dirigimos al Museo Uffizi. Fue desesperante la entrada, pues esperamos aproximadamente una hora con cuarenta minutos para ingresar en una fila apenas móvil. Fuera de ahí se encuentra el Perseo de bronce oscuro levantando la cabeza de Medusa muerta en su mano. Me gusta esa historia. Me gustó la escultura. Me encantó la película. De modo que le tomé foto.







Una vez dentro del Uffizi, las pinturas: Leonardo y su perfección geométrica y colorida. Raphael y su cálida amabilidad. También tienen ahí la única pintura de Miguel Ángel. Quiero decir, la única realizada en un vastidor, porque vaya que hizo muchísimas pinturas en la Capilla Sixtina del Vaticano, que mañana o pasado veremos. Pero a eso más bien se le llama frescos, pues están hechos en la pared. Esta, por decirlo de otra manera, hasta burda, es la única que sí se puede mover de lugar, es un cuadro, tal cual, aunque redondo. Mismo que causó mucha polémica. La pintura se llama La Sagrada Familia en donde se encuentra la Virgen sentada entre las piernas abiertas de José y pasándose al niño Jesús de brazos a brazos. La cosa es que escandalizó la postura de ambos porque como que salen con mucha confianza, como noviando: José con las piernas abiertas y María sentada en medio de ellas muy oronda. Casi en picnic de la alameda.

Vi a Boticelli, casi toda su obra incluyendo El Nacimiento de Venus. Es de mis favoritas, por cierto. Esa Venus tan erótica me hace sentir observado, como si la Afrodita me invitara a entrar en el cuadro para posar a su lado y dirigirme algunas palabras con esa mirada. Claro que yo pintado ahí, y de paso desnudo, dejaría en el instante de ser una obra de arte. Así que como idea es mala maestro Boticelli.

La tarde continuó, pinturas y esculturas. Esculturas y pinturas hasta que terminó el recorrido por el museo. Merecíamos un descanso y decidimos ir por una nieve. Plátano con pistache, elegí. ¡Una delicia!






Hubo también una interesante y lenta procesión católica que se hace sólo una vez al año. Del baptisterio abrieron las puertas doradas de Ghibert, de las cuales, Miguel Ángel afirmó que seguramente así eran las puertas del cielo. Enseguida sacaron dos dedos de San Juan Bautista (según esto) y toda la gente florentina y creyente se puso a marchar detrás de la reliquia. Pobres personajes bíblicos, que los dejen descansar. Además, si son auténticos, ¿Qué hacen dos dedos con dos mil años de antigüedad, momificados, paseando por toda Florencia?

Bueno, no es mi asunto.

Por eso y otras cosas más, Manuel y yo bebimos una jarra de cerveza esta noche. Porque Florencia nos sorprendió y respiramos su arte. Sus calles son increíbles. Es un museo gigante. Lástima que cuando llegamos al David, lo acababan de cerrar, hacía diez minutos que lo habían cerrado. Y mañana dejamos Florencia demasiado temprano, no habrá David.

No nos quedó otra que ponernos a platicar de fútbol con una nueva pareja de brasileños que se agregaron en Frankfurt al tour. Al principio pensamos que él estaba un poco lelo, pues a simple distancia se ve más bien ñoño, pero ya vemos que no es así: pues él tiene 24 años y su novia 29, vienen juntos y solos. Su novia le pagó el viaje. Ella trabaja y gana bien, mientras que él se queda en casa estudiando o haciendo cualquier  cosa. De lelo no tiene nada, don vivillo.

Se ha vuelto costumbre que mientras escribo, Manuel duerme.


Me siento cansado y tan emocionado por estar en Florencia. Pasear por sus calles me dejó con un desconocido sentimiento de paz. Lo disfrutaré en silencio y por eso te dejaré de escribir, pero sólo por esta noche...





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