13/Jun/01
XVI
Innsbruk-Salzburgo-Viena
Quizá este ha sido el día en que más callado ha
estado el camión. La gente nueva a la que no acabamos de integrar al grupo y la
enorme cruda que todos nos cargamos por el festejo de ayer, nos tumbaron a
todos en nuestros asientos, en los que vamos muy calladitos. Seguimos sin saber
qué fue lo que festejamos, nadie lo sabe, pero creo más bien fue un baño de
nostalgia que nos dieron en esa extraña celebración del teatro de Innsbruck y
nadie nos salvamos de la resaca: a unos nos dio física, dolor de cabeza y
flojera en el cuerpo. A otros, como a Andrés, física y moral, pues le hemos
relatado una y otra vez el espectáculo gratuito que nos dio por la noche a
chicos y grandes. Tal fue la huella que dejó, que por la mañana los primeros
viejitos que lo vieron se dirigieron a Andrés diciéndole “El Ji ji jí” (por lo
de Hi Lo Lei, Hi Hi).
Claro está que al cruel camión no le importa
nuestro estado físico o moral de cada mañana y sigue el itinerario como
auténtico inquisidor, de modo que temprano dejamos Innsbruk junto con sus
montañas.
Quizá te has dado cuenta que en estos días hemos
estado excesivamente por carretera. Prácticamente conocemos tres ciudades por
día con un radical “pisa y corre”, lo cual llega a ser pesado, pues no hay como
instalarse en un hotel, tomar un baño, estirar la pierna, rascarse un poco.
Pero esa fatiga sólo se siente dentro de el camión, por la noche y en la
mañana. Llegando a tal o cual ciudad, es tanta la curiosidad y el deseo por
conocer que hay en el lugar al que llegamos, que al cuerpo y mente se le olvida
lo cansado. Además no hay de otra, tenemos sólo un mes para conocer la mayor
parte de Europa Occidental y esta es la única forma que podemos lograrlo.
Una muy agradable sorpresa nos deparaba hoy:
Salzburgo. Ciudad austriaca del todo antigua y medieval. Es ahí donde nació el
gran Wolfang Amadeus Mozart. Locación también de la clásica Novicia Rebelde. Y
donde tantos y tantos príncipes han habitado con sus historias y leyendas de
todos tipos. En efecto, entramos a la que fue casa del maestro Mozart. Muy
pequeña, bien cuidada, interesante y con muchas curiosidades, aunque austera,
todo hay que decirlo: Su primer violín, su primer piano, sus cartas de amor,
sus obras en cuadernos pautados, muchas pinturas de él y de los miembros de su
familia, su peluca blanca, su ropa, etc.
Salimos rápido del lugar, pues había una larga
fila para entrar y uno tiene que ver rápido lo poco que había para apreciar. Ya
fuera decidimos dividirnos: Manuel y Andrés querían ir al castillo que está a
las alturas, arriba de un monte, mientras que Adrián y yo decidimos caminar por
las calles para ver qué nos encontrábamos. Y vaya que lo hicimos. Llegamos a una
inmensa catedral plagada de pinturas en sus muros y nos detuvimos para
apreciarlas. Cruzamos también sinfín de calles estrechas con decorados en sus
paredes y en sus puertas. Una ciudad tranquila, silenciosa. Tal como me gusta.
Pero más que nada, Adrián y yo nos sentamos en la plaza principal y nos
dedicamos a ver mujeres. Tenemos mucho sin hablar con alguna y comenzamos a
extrañar el entorno femenino junto con toda su belleza. Vimos niñas de 16, 17,
18, 19 años. No sé si sean austriacas o turistas o ambas ¡pero cómo brillaban!
Caminando elegantes por nuestra misma plaza y tan sonrientes. Con sus
seductores pasos, sus pieles blancas y pecosas, sus elegantes cuellos y andando
con tal seguridad que agigantaba tanto su atractivo. Es cierto que es del todo
bello el paisaje y la ciudad, pero no por eso dejo ignoro a estas musas de
belleza. Muy hermosas todas las austriacas, rara vez vi una fea y eso que soy
de gustos más bien estrictos, como si yo estuviera muy galán. Algo chicas para
mi, quizá, que apenas comienzo la veintena, pero de que me gustan, me gustan. Sabes
que soy un enamorado del arte, pero entre la mejor creación artística del mundo
y una hermosa mujer, me quedo, sin pensarlo dos veces, con la mujer. No son
comparables. La belleza femenina se impone, por mucho, a cualquier genialidad
del más grande artista en toda la historia de todos los tiempos.
Al menos Adrián y yo nos podemos deleitar
libremente, pues los dos cortamos antes de venir. Yo lo hice un mes antes y
Adrián mes y medio antes. Andrés tampoco tiene novia. Manuel sí. Pero éstos
últimos no vieron las bellezas que nosotros, porque se encontraban en el
castillo. Es cierto que mi corazón esta en Torreón, pero tampoco estoy ciego, y
si a eso le añades que me considero observador (despistado, pero observador),
pues pasamos realmente un muy buen rato.
Bueno, eso qué importa.
La mejor estaba por venir. Después de ver a las
guapas arias, Adrián y yo seguimos caminando y llegamos a un antiguo panteón.
Entramos. Las tumbas que tienen siglos y siglos sin que nadie las visite en
verdad imponen. Se siente como si te reclamaran algo en su antigüedad y olvido.
Como el panteón está a un lado de una monte, había catacumbas. Pagamos la
entrada a ellas y el acceso era por medio de unas escaleras construidas dentro
de una tenebroza cueva. Fuimos ingresando poco a poco al fondo de la tierra por
medio de ese estrecho túnel. Tomé fotos muy interesantes ahí (creo) porque la
escasa luz que teníamos me permitió captar en los tan añejos sepulcros un
delicioso toque misterioso. Se sientió tan extraño estar ahí abajo, con el
frío, la humedad, la oscuridad, el olor a antiguo, la piedra en las paredes, la
tierra, el color amarillento. Catacumbas. Parecía un set de una macabra
película de terror. De la nada el miedo nos invadió. Adrián y yo volteamos a
vernos mucho con cara de “mejor ya vámonos, ándale”, de modo que al escuchar el
primer ruido extraño, pronto y casi corriendo nos dimos a la fuga de tan
enterrado lugar medieval.
Otra vez en el camión y dijimos adiós con
agradecimiento a Salzburgo. Nos quedaban cuatro horas de carretera para llegar
a Viena. Pensando, sentado en mis dos lugares, con los pies estirados y la
cabeza recargada en la ventana, acordé que nosotros cuatro nacimos en uno de
los cuatro meses últimos del año, es decir: Manuel en septiembre, yo en
octubre, Adrián en noviembre y Andrés en diciembre. Tardé mucho en llegar a
esta conclusión, mis ideas y calculos estaban centrados sólo en este tema y
cuando lo descubrí me sentí sumamente satsifecho. De inmediato también descubrí
que esto no tenía la mayor relevancia, que era una bobería y que estaba a casi
nada de volverme loco en ese encierro. De modo que ya mejor nada pensé.
En la carretera hubo un fuerte choque y eso
atrasó una hora más nuestro destino, pero finalmente llegamos a Viena, aunque
hasta mañana lo conoceremos porque hoy es noche y estamos fulminados.
Además, organizamos otro partido de fut. Ahora
será en mi cuarto.
¿Nos oirán en gerencia esta vez?
Misma Noche
Creo descubrí el por qué cuando viajo no me
gusta nunca hablar a Torreón y asumo una actitud de gran independencia que a veces
llega a parecer indiferencia hacia mi familia. Por el simple hecho que cuando
me comunico me doy cuenta de que extraño mi hogar y a mi entorno. Como fuimos a
la estación del tren a conocer, mis primos aprovecharon para hablar a sus
casas. Yo lo hice también. Hablé con mi madre.
Después ellos hablaron con sus respectivas.
Manuel con su novia, Adrián con su ex, Andrés con su futura. Yo no hablé con
nadie más. Aunque claro que lo consideré:
-Sí, tal vez- pensé.
Pero al darme cuenta que si hablaba con ella y
la conversación resultaba amigable, sería muy difícil sacarla de mi cabeza en
lo que resta del tour. Y aunque en este viaje he meditado acerca de muchas
cosas sobre ese tema, quiero estar aquí. Es lo que me toca en este momento.
Aquí y no en otro lugar. Claro que en mi corazón siempre está.
Sucede que es de noche, que estoy en un remoto
país con un frío que llega a sentirse en la piel. Y que siento también que la
extraño. No sé qué vaya a pasar entre nosotros. A mí me toca dormir y a ella,
no sé, trabajar quizá, pues es de día en Torreón.
En esta noche austriaca la recuerdo como en
otras tantas la he recordado. Así, imáginandola frente a mí, con sus ojos miel
tan inmensos que tanto admiro, con su sonrisa tan suya, tan única. Con el gesto
tan tierno que pone cuando me escucha con atención, así, cerrando mis ojos y
guardando silencio, es la mejor forma de terminar esta carta.
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