viernes, 6 de junio de 2014

Carta XXIV

21/Jun/01


XXIV



Roma-Pisa-Mónaco-Montecarlo-Niza




Ha sido un día largo. Hemos estado despiertos desde las cinco de la mañana hasta la una y media de la madrugada del día siguiente. Casi 20 horas sin dormir y haciendo algo. Los días, lo sabemos, tienen 24 horas, pero tal parece que la guía quiere que duren más, pues tenemos que cumplir con el itinerario.

Como te dije, salimos temprano de Roma. Este iba a ser, nuevamente, un día de carretera, aunque con muchas paradas en puntos distintos.

Primero Pisa. Una ciudad muy pequeña con dos atractivos. Uno más que el otro. El otro, una iglesia-museo. El uno, la torre inclinada. Sabes a cuál torre inclinada me refiero, la conoces ya. Es la Torre de Pisa. Así que no hay mucho qué hacer: Llegas, ves la torre y dices:



- ¡Ah, mira!, la torre. ¡Sí es cierto, está inclinada!

Entonces le tomas una foto, la del recuerdo. Inmediatamente después se te ocurre otra foto, pero esta vez como si estuvieras deteniendo la torre, con una sobreposición de imágenes. Es decir, te colocas bastantes metros delante de la torre, pero de tal manera, que en el encuadre de la camara parezca que son tus brazos realmente los que la sostienen.

Te la toman y piensas:

-¡Qué padre foto se me ocurrió! Ya quiero que todos mis conocidos la vean.



De modo que continuamos viendo la torre inclinada, llenamos nuestros ojos de ella y ya no hay nada más qué hacer. Decidimos ponernos a caminar por las tiendas, que las hay de muchas cosas. Y en ese caminar, me di cuenta que la foto magnífica, original, espontánea y creativa que se me ocurrió, se les ocurrió también a los treinta mil turistas que también visitaron el lugar. Que se les ocurrió a los turistas que vinieron ayer y antier y se les ocurrirá a los que vendrán mañana y pasado mañana.




Comimos unas pizzas en Pisa. No buscamos el juego de palabras, ni la ironía, lo juro, simplemente ocurrió. De nuevo en la carretera y a esperar....

Por la tarde llegamos al Principado de Mónaco. Un estado independiente, muy lujoso. Es aquí en donde se encuentra el famoso barrio de Montecarlo, con sus legendarios casinos, casas de apuesta y lugar de esparcimiento de tanto magnate y famoso europeo. Mónaco se encuentra al borde del Mar Mediterráneo y tiene una vista impresionante. El mar con su azul tan característico, con esos azules en diferentes tonalidades no te deja duda que en donde te encuentras es en el Meditarráneo y punto. Amontonadas, pero bien diseñadas, se encuentran las contrucciones que decoran las calles: son grandes mansiones, desbordantes palacios y lujosos hoteles. La mayoría de la gente aquí, o es rica, o es famosa, o es ambas. Tienen en estos rumbos sus casas de descanso y de hecho caminamos por afuera de varias, pero me es tedioso mencionar tantos nombres; por poner ejemplos, pasamos por las residencias de Elton John, Madonna y Cher.

Nos enseñaron la casa del príncipe Raniero, donde con él habita Stephania (de Mónaco, obvio) y de Catalina (también de Mónaco y también obvio). Después de conocer y conocer casas de celebridades europeas y de portadas del Jet Set, por fin arribamos a ¡El Casino! Se nos estaba haciendo agua la boca. Nos hartamos un poco de las explicaciones de la arquitectura de las mansiones, lo que queríamos de una buena vez era llegar a Montecarlo para apostar y jugar.

Como Andrés tiene 18 años y no 21, que es la mayoría de edad aquí, no pudo entrar. Adrián y yo tenemos apenas los 21 (yo soy como 18 días mayor que Adrián). Manuel tiene 23.

El Casino de Montecarlo es un antiguo palacio, para no variar. Todo está decorado con hoja de oro en sus detalles. Pisos de mármol blanco y columnas de mármol rosa. Frescos en el techo y en algunas paredes, y todo con un sorprendente cuerpo de seguridad.

¿Uno va a un casino a angustiarse o a descansar? Me permití gastarme 50 francos, ganara o perdiera, pues la experiencia de apostar en el mismísimo corazón de Montecarlo hay que vivirla. Decidí irme a las maquinitas de la palanquita, pues en los juegos de cartas, como el poker o el jackblack, aunque me agradan bastante, pierdo más rápido. O gano. Pero casi siempre pierdo. En esta ocasión, como suele suceder, comencé ganando, ¡realmente llegué a emocionarme! Mi crédito subía y subía y ya andaba planeando comprar mansión por acá. Pero eso lo hacen sólo para engancharte y hacerte creer que tu vida puede cambiar. Llegó un momento en que tenía 175 francos, los cuales, claro, terminé perdiendo. Todos. Seguro ya sabes cómo salí del casino. Satisfecho pero cabizbajo a la vez, sin mis 50 francos apostados ni los 125 que supuestamente ya había ganado. Pero fue muy divertido y mi mente sí que descansó del tour, la carrtera, mis primos, museos y catedrales.

Manuel y Adrián no tuvieron mejor suerte. Los tres nos encontramos en el punto de reunión con risas tristes. No es que nos dé risa perder, pero no queda otra cosa mejor qué hacer o qué decir. Siempre existe el deseo de querer jugar más y más.

Y es por eso que menciono que hemos estado despiertos gran parte de hoy, pues el tiempo dentro del Casino se nos escurrió sin apenas darnos cuenta. Caminando, pasando por un lujoso bar en Montecarlo, vimos al tenista brasileño Gustavo Kuerten. Llegó en un impresionante carro, que parecía un platillo volador, se bajó con una escultural mujer y entró sin voltear a ver a nadie. No lo volvimos a ver, pero nos tomamos una foto con su vehículo. Impresionante ese carrito, aunque analizándolo bien, mi Caribe del 81 no le pide tanto. Los dos funcionan y transportan, ¿que no?




También estaba Fer, el cantante de Maná, acompañado de una mujer, sentados en una mesa tomando algo en otro de los bares. Pero nadie de nosotros lo admiramos y mejor ni nos acercamos. No lo saludaríamos ni encontrándonolo en la alameda de Torreón. Qué oso.

Más noche, después de haber recorrido la mayoría de los casinos y de ver los carros más lujosos que hay en Europa, llegamos a Niza. Una ciudad de playa y sol. Ciudad francesa, porque desde que entramos a Mónaco estamos de nuevo en Francia, cabe destacar.

Mañana tendremos el día libre y quizá vayamos a la playa. Nuestro cuarto es agradable, hemos abierto la ventana y se logra sentir la fresca brisa del mar.


No sé con lo poco que hemos dormido porque te sigo escribiendo, debo haber enloquecido o me volví escritor o las dos.




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