21/Jun/01
XXIV
Roma-Pisa-Mónaco-Montecarlo-Niza
Ha sido un día largo. Hemos estado despiertos
desde las cinco de la mañana hasta la una y media de la madrugada del día siguiente.
Casi 20 horas sin dormir y haciendo algo. Los días, lo sabemos, tienen 24
horas, pero tal parece que la guía quiere que duren más, pues tenemos que
cumplir con el itinerario.
Como te dije, salimos temprano de Roma. Este iba
a ser, nuevamente, un día de carretera, aunque con muchas paradas en puntos
distintos.
Primero Pisa. Una ciudad muy pequeña con dos
atractivos. Uno más que el otro. El otro, una iglesia-museo. El uno, la torre
inclinada. Sabes a cuál torre inclinada me refiero, la conoces ya. Es la Torre
de Pisa. Así que no hay mucho qué hacer: Llegas, ves la torre y dices:
- ¡Ah, mira!, la torre. ¡Sí es cierto, está
inclinada!
Entonces le tomas una foto, la del recuerdo.
Inmediatamente después se te ocurre otra foto, pero esta vez como si estuvieras
deteniendo la torre, con una sobreposición de imágenes. Es decir, te colocas bastantes
metros delante de la torre, pero de tal manera, que en el encuadre de la camara
parezca que son tus brazos realmente los que la sostienen.
Te la toman y piensas:
-¡Qué padre foto se me ocurrió! Ya quiero que
todos mis conocidos la vean.
De modo que continuamos viendo la torre
inclinada, llenamos nuestros ojos de ella y ya no hay nada más qué hacer. Decidimos
ponernos a caminar por las tiendas, que las hay de muchas cosas. Y en ese
caminar, me di cuenta que la foto magnífica, original, espontánea y creativa
que se me ocurrió, se les ocurrió también a los treinta mil turistas que también
visitaron el lugar. Que se les ocurrió a los turistas que vinieron ayer y
antier y se les ocurrirá a los que vendrán mañana y pasado mañana.
Comimos unas pizzas en Pisa. No buscamos el
juego de palabras, ni la ironía, lo juro, simplemente ocurrió. De nuevo en la
carretera y a esperar....
Por la tarde llegamos al Principado de Mónaco. Un
estado independiente, muy lujoso. Es aquí en donde se encuentra el famoso
barrio de Montecarlo, con sus legendarios casinos, casas de apuesta y lugar de
esparcimiento de tanto magnate y famoso europeo. Mónaco se encuentra al borde
del Mar Mediterráneo y tiene una vista impresionante. El mar con su azul tan
característico, con esos azules en diferentes tonalidades no te deja duda que
en donde te encuentras es en el Meditarráneo y punto. Amontonadas, pero bien
diseñadas, se encuentran las contrucciones que decoran las calles: son grandes
mansiones, desbordantes palacios y lujosos hoteles. La mayoría de la gente aquí,
o es rica, o es famosa, o es ambas. Tienen en estos rumbos sus casas de
descanso y de hecho caminamos por afuera de varias, pero me es tedioso mencionar
tantos nombres; por poner ejemplos, pasamos por las residencias de Elton John,
Madonna y Cher.
Nos enseñaron la casa del príncipe Raniero,
donde con él habita Stephania (de Mónaco, obvio) y de Catalina (también de
Mónaco y también obvio). Después de conocer y conocer casas de celebridades
europeas y de portadas del Jet Set, por fin arribamos a ¡El Casino! Se nos
estaba haciendo agua la boca. Nos hartamos un poco de las explicaciones de la
arquitectura de las mansiones, lo que queríamos de una buena vez era llegar a
Montecarlo para apostar y jugar.
Como Andrés tiene 18 años y no 21, que es la
mayoría de edad aquí, no pudo entrar. Adrián y yo tenemos apenas los 21 (yo soy
como 18 días mayor que Adrián). Manuel tiene 23.
El Casino de Montecarlo es un antiguo palacio,
para no variar. Todo está decorado con hoja de oro en sus detalles. Pisos de
mármol blanco y columnas de mármol rosa. Frescos en el techo y en algunas
paredes, y todo con un sorprendente cuerpo de seguridad.
¿Uno va a un casino a angustiarse o a descansar?
Me permití gastarme 50 francos, ganara o perdiera, pues la experiencia de
apostar en el mismísimo corazón de Montecarlo hay que vivirla. Decidí irme a las
maquinitas de la palanquita, pues en los juegos de cartas, como el poker o el
jackblack, aunque me agradan bastante, pierdo más rápido. O gano. Pero casi
siempre pierdo. En esta ocasión, como suele suceder, comencé ganando,
¡realmente llegué a emocionarme! Mi crédito subía y subía y ya andaba planeando
comprar mansión por acá. Pero eso lo hacen sólo para engancharte y hacerte
creer que tu vida puede cambiar. Llegó un momento en que tenía 175 francos, los
cuales, claro, terminé perdiendo. Todos. Seguro ya sabes cómo salí del casino.
Satisfecho pero cabizbajo a la vez, sin mis 50 francos apostados ni los 125 que
supuestamente ya había ganado. Pero fue muy divertido y mi mente sí que
descansó del tour, la carrtera, mis primos, museos y catedrales.
Manuel y Adrián no tuvieron mejor suerte. Los
tres nos encontramos en el punto de reunión con risas tristes. No es que nos dé
risa perder, pero no queda otra cosa mejor qué hacer o qué decir. Siempre
existe el deseo de querer jugar más y más.
Y es por eso que menciono que hemos estado
despiertos gran parte de hoy, pues el tiempo dentro del Casino se nos escurrió
sin apenas darnos cuenta. Caminando, pasando por un lujoso bar en Montecarlo,
vimos al tenista brasileño Gustavo Kuerten. Llegó en un impresionante carro,
que parecía un platillo volador, se bajó con una escultural mujer y entró sin
voltear a ver a nadie. No lo volvimos a ver, pero nos tomamos una foto con su vehículo.
Impresionante ese carrito, aunque analizándolo bien, mi Caribe del 81 no le
pide tanto. Los dos funcionan y transportan, ¿que no?
También estaba Fer, el cantante de Maná, acompañado
de una mujer, sentados en una mesa tomando algo en otro de los bares. Pero
nadie de nosotros lo admiramos y mejor ni nos acercamos. No lo saludaríamos ni
encontrándonolo en la alameda de Torreón. Qué oso.
Más noche, después de haber recorrido la mayoría
de los casinos y de ver los carros más lujosos que hay en Europa, llegamos a
Niza. Una ciudad de playa y sol. Ciudad francesa, porque desde que entramos a
Mónaco estamos de nuevo en Francia, cabe destacar.
Mañana tendremos el día libre y quizá vayamos a la
playa. Nuestro cuarto es agradable, hemos abierto la ventana y se logra sentir la
fresca brisa del mar.
No sé con lo poco que hemos dormido porque te
sigo escribiendo, debo haber enloquecido o me volví escritor o las dos.
.




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